VICERRECTORADO DE EXTENSION UNIVERSITARIA
UNIVERSIDAD DE CÁDIZ
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II Premio de Creación Literaria EL DRAG
año 1992

Poesía PRIMER PREMIO:
“LA TIERRA ENCENDIDA ” presentado por Fermín Gámez Hernández
Relato Corto PRIMER PREMIO:
“CHOCOLATE, COMPOTAS Y CANDIELES” presentado por Jesús Romero González
Cómic PRIMER PREMIO:
“NORTE Y SUR” presentado por José Miguel Morales García


PRIMER PREMIO POESÍA
Título: LA TIERRA ENCENDIDA
Fermín Gámez Hernández

Al morirme se encenderá mi hoguera,
otra vez arderá después de ardida
la ceniza que me hizo a su medida;
será el fuego que fue mi calavera.

 Se hará reguero tanta sementera,
toda la tierra quedará encendida;
se irá acercando mi llama a la vida
y empezaré a vivir sin que yo muera.

La luz me acabará sustituyendo:
a tanta noche sólo pido el día,
a un resplandor aspira mi ceguera.

Con esta brasa moriré viviendo.
No rondará el helor la fosa fría
si yazgo por vivir de esta manera.

¿no ves, muerte, que no tenemos liza;
que donde tú hieres yo no batallo,
que nos miramos sólo de soslayo
sin que mi llama llegue a tu ceniza?

Por más que tu guadaña profundiza
no te ofrezco carnaza; no me hallo
donde tú vienes. Ni soy tu vasallo
ni pierdo si eres también perdididza.

No te conozco, no sé a quién saludo,
si ignoro incluso lo que de ti espero,
si cuanto espero de ti es cuanto ignoro.

Sólo puedes aguardar mi desnudo;
a mí tú no me sabes pues si muero
no es mi vida en las astas de tu toro.

Si sé que muero de qué me aprovecha
sin entender eso que aún no puedo,
si soy ceniza bajo de mi miedo,
si lo que ha de venir sólo es sospecha.

De qué me vale calcular la fecha
para salir de donde ahora me hospedo,
si he de perder todo lo que me quedo,
si la fosa cada vez más se estrecha.

Más me valiera el ignorar que yago,
que vivo a condición de que me muera,
que tengo que morir para la vida.

Con esto creo que bastante pago,
con esperar lo que no tiene espera,
con no olvidar lo que nunca se olvida.

Será la muerte donde fue mi sueño.
Se irá durmiendo en mi pecho dormido,
la arropará del frío mi latido
sobre ese lecho del que fui yo dueño.

Ya a mi hálito acerca su beleño
y a mi piel su sopor desconocido.
Al poco narcotizará mi olvido,
en dejar yo de ser pone su empeño.

Alejará de mí esta duermevela,
todo este despertar para ser nada,
este ir a ningún lado por derecho.

Llegará y ya no habrá dolor que duela,
ni ceguera que ciegue la mirada,
ni herida que devore por mi pecho.
 


PRIMER PREMIO RELATO CORTO
Título: "CHOCOLATE, COMPOTAS Y CANDIELES"
Jesús Romero González

Los últimos días del verano nos dispensaron un ambiente enrarecido. El viento del Sur inundaba las mañanas de una niebla húmeda calurosa, apenas disiparda poco antes del Angelus. Avanzado el día, el calor se hacía asfixiante y era casi imposible circualr por la cuesta que llamaban del Carnero. Mi visita diaria a los enfermos cambió de ruta por evitar la subida de tal calle, comenzándola en el Barrio Alto para ir bajando a la par que el relente se licuaba con el influjo de las temperaturas.

 Desde que recibiera la comisión del Ilustre Colegio y me desplazara a aquel pueblo, sus gentes me bautizaron como “el médico de las calenturas”, costumbre extendida por estas tierras y a la que no presté ningún caso. Sin embargo, parecían ellos saber lo que yo aún desconocía. El atolondramiento de mis cortos saberes junto a lo impulsivo de mi ánimo vendaron mis ojos ante la evidencia de aquella ruina que amenazaba a la ciudadanía. Aquellos casos aislados no me impusieron la urgencia que hubiera menester. Un enfermo acá y otro enfermo allá me hicieron despreciar la verdadera intensidad de su mortal contagio. Pero no cabe que lamente ahora lo que entonces quise ignorar.

 En nuestro primer caso, los médicos de ordinario del pueblo coincidieron conmigo en que aquella mujer primera que murió, halló su suerte en la pérdida de sangre sobrevenida por su licenciosa vida y lo promiscuo de su estado, antes que en las fiebres estacionarias que padecía. contra su dolor dictaminamos los bebedizos de té y vinagretas cocidas, el aceite de almendra en manzanilla, pulpa de tamrindos, así como abundante agua de verbas emolientes. De nada sirvió aquel cuidado, en seis días nuestra esperanza se malogró con su vida. A ella siguieron en desgracia dos hombres de mediana edad, un viejo y una párvula endeble que en su mortaja presentaba un olor nauseabundo sobre un reguero de mancas amoratadas en el rostro. Estas señales me hicieron temer lo peor, y al volver a mi estancia releí las memorias de los médicos que atendieron a la población en la epidemia de Cádiz el año próximo pasado. La elocuencia del parecido me asustó y comencé a preparar mi ánimo. Sabía que el Cabildo rechazaría tal propuesta, pero no alcanzaba a sospechar que los mayores escollos estarían entre nuestros colegas. Paso a contarle como transcurrió aquella sesión.

 Hacia finales de septiembre sugerí por vez primera la posibilidad de tratarse de fiebre amarilla epidémica. la Junta de Sanidad dividió su opinión. Los médicos que junto a mí trataron los pocos casos existentes coincidieron en ese diagnóstico con las reservas propias que impone nuestra ciencia. Aquellos otros a los que más importaba las dispensas del Cabildo y la protección de sus pacientes adinerados que la pública salud, negaron tal propuesta con la fuerza que sus enmohecidos conocimientos les permitía. la Municipalidad tomó el parecer de estos últimos, sin duda, por sostener los ingresos que la entrada y salida de mercancías les reportaba: el alcalde poseía la muela y los concejales controlaban los abastos cobrando comisiones por cuanta arroba de trigo entraba al pueblo, cuanta nieve o cuanta sal cruzaran sus puertas.

 En tanto, al cabo de la calle crecía el terror con la extensión del número de inficionados. No se daban muchos casos de muerte todavía, pero  las  visitas se multiplicaron al punto de que ya éramos insuficientes. Los primeros enterramientos despejaron toda sonrisa de la población. Las iglesias se abarrotaban a todas horas. Parecía que perdiendo la salud se recobrara la  fe, y los curas vieron en estos gestos la vuelta del hijo pródigo, el regreso de las ovejas al redil del Señor, y aprovecharon tales ocasiones para machacar desde el púlpito, no tanto las bienaventuranzas, como los peligros inminentes que la disolución de las costumbres y la relajación de la virtud habían provocado. Desde allí se denunciaron tertulias y cenásculos que conspiraban contra las Leyes, protíbulos y casas de lenocinio donde campeaban las más bajas pasiones. Lugares, en fin, que si no todos conocían por su fecuente asistencia, respetaban por lo profuso y lujoso de sus moradores. En una ocasión, la policfía de barrio detuvo a una turba vociferante que después de los servicios se encaminó hacia una de estas casas con la infame intención de linchar a us propietaria. Este incidente y los dieciseis defenestrados hasta la fecha, movió a la Autoridad a cambiar de posición. Corrían ya los primeros días de Octubre, y si imprudente fue al inicio, la diligencia con que intimó a los vecinos de las disposiciones oportunas, logró que tanto yo como la cuadrilla de colegas que atendíamos a los desgraciados enfermos, pudiéramos trabajar con la certidumbre y luminosidad que las circunstancias aconsejaban.

 Se celebraba Junta todas las noches y se dispuso que médicos, curas y sirvientes cargados de comestibles fuéramos los únicos que entrasen en el barrio donde parecía localizarse el mal. A los sanos se les socorría con techo y alimento a los extramuros del pueblo, en las casas de campo que el Cabildo acomodó; a los enfermos e inquilinos de una misma casa se les encerraba en ellas para sufrir la cuarentena necesaria. Diariamente se llevaba pan y carne junto a las medicinas por nosotros prescritas. Los muertos se sacaban de noche hacia un cementerio campal habilitado a las afueras, sin Viático ni campanas por no cundir el pánico entre la población. Esta fue la mayor preocupación de los munícipes, controlar el orden social de los vecinos y perseguir todas aquellas supersticiones de que la obra del Diablo se encontraba en las entrañas del pueblo. Estos argumentaban la malicia de Satanás, aquellos el azote divino de Dios embravecido que castigaba a las culpas acumuladas, no unos ni otros hicieron mención de un contagio fortuito traído de la mano de algún arriero o extraño. La luz de nuestros tiempos no parecía iluminar a aquellas gentes.

 Las fogatas de ropas y enseres quemados y los sahumerios purificadores de azufre conferían a aquel barrio una estampa ruinosa. Repetidamente, bajo el efecto de la fatiga y el cansancio, me venían a la mente aquellos cuadros flamencos que vi durante mi estancia en la Sorbona. La muerte desgarraba el lienzo, y yo ya no sabía administrar mis pócimas. Así transcurrieron días y noches de insomnio.

 No recuerdo, Señoría, el número exacto de muertos de la catástrofe, de ello le darán noticia en el Consistorio a poco que usted se dirija al médico delegado. lo que sí le contaré, por último, es el extraordinario suceso que presencié durante la epidemia y al que aún hoy no encuentro explicación. Una mañana, camino del Barrio Bajo, vi como unos vecinos apaleaban y maltrataban a un joven que halló refugio en el zaguán de una casa del Barrio Alto. Mi intervención despejó a la multitud por temor de que yo les pudiera contagiar, y si el joven no corrió fue porque sus fuerzas la abandonaron y el descoyuntamiento de su esqueleto se lo impedía. Después de administrarle los cuidados de mi entendimiento, me indicó la casa donde su madre y un hermano yacían enfermos desde hacia tres días. Hacia allí me dispuse no sin antes presenciar como varios cerdos ardían en una pira improvisada en la plazuela de las Tablas. El gentío lanzaba gritos de ¡animles inmundos, demonios del infierno!, mezclando sus insultos con los berridos desgarrqdos de la inocente animalería. La sinrazón era el peor peligro de contagio, y parecía que de ello estaban todos enfermos. Aquella mañana lloré desconsoladamente por lo exiguo de mis remedios y por el mucho mal a que nos enfrentábamos. Me encaminé de nuevo hacia aquella dirección, disimulando el abatimiento con el abundante humo de aire, más espeso a medida que me adentraba en el barrio.

 Encontré a la mujer disuelta en vómito oscuro y con los síntomas inequívocos que a fuerza de amargura fui aprendiendo, amarillez de piel, repugnancia a todo alimento, inquietud, fuerte dolor de miembros. El hijo, de complexión fuerte y que había soportado bien las primeras fiebres, me auxilió en las tareas de la curación. Después de examinarla, ordené a éste que fuera al puesto de guardia y trajese chocolate, compotas y candieles, al tiempo que yo quedé preparando zumo de limón y otros líquidos contenedores. Probado todo ello, y pareciendo la paciente venir a mejor, indiqué al muchacho como debía administrar a la madre la solución de opio que le dejaba, y marché con la esperanza de un pronto alivio.

 A la tarde, después de tomar mi dieta cocida, visité de nuevo a esta enferma, encontrándome el desolador paisaje de su rostro. Su tez amarilla contrastaba con los ojos rojos brillantes, y su boca despedía el hedor de los cuerpos descompuestos. Inexorablemente abocada a su amarga muerte, desistí del empeño de salvarla no sin antes agotar celosamente la herencia de mis maeestros. Coloqué sanguijuelas tras sus orejas, así como paños de nieve en la frente, con la intención de bajar el febril abultamiento de su compostura. Ningún remedio parecía parar sus lejanía. Cuando ya mi ciencia no llegaba, dejé paso a los Ministros de la Iglesioa a quienes entregué la mujer a sus cuidados con la firme intuición de una fatalidad segura.

 Pasó aquella tarde y el día siguiente completo, y ya en la mañana del segundo día conocí los detalles del fabuloso milagro que nos asistía. Aquella mujer que dejé postrada en el lecho de su mjerte había sido ganada para el reino de los vivos por la misma mano del Creador. Al parecer, en le momento de recibir la Comunión, el pàn se hizo cuerpo en su boca y el vino bajó a manera de sangre por su garganta.
Relato tan increíble hizo tambalear los escépticos cimientos de mis enseñanza, la imposibilidad física del suceso se enfrentó en mi cabeza al no menos imposible de la curación. El pan bien pudiera parecerle carne dado lo abultado de su lengua, y el vino sangre al paso de este por sus múltiples llagas interiores, pero el relato de su total curación rebasa el límite de los conocimientos recionales. Aún no llego a entender como aquella humilde mujer fatalmente entregada a su destino burló la sentencia de su suerte.

 Este y otros hechos increíbles que mi memoria no alcanza a retener configuran mi historia de la epidemia. Si en principio fue mi propósito contar en un volumen todas aquellas vivencias médicas que experimentamos, el sólo recuerdo de esos días me sobrecoge tan grandemente que creo aconsejable desistir de tl empeño. Excúseme su Señoría del encargo, pero siento que me faltan fuerzas para ello. No obstate, y en aras de la ciencia que profesamos, remítase a las actas de la Junta de Sanidad del pueblo, allí encontrará el testimonio diario de nuestros pareceres, argumentando nuestros postulados contra las rigideces de nuestros contrincantes. No ilusione el ánimo su Señoría, pues fue más celebrada la intervención divina que acabo de relatarle, que las decenas de enfermos que hallaron su curación en nuestros remedios. La ciencia, ilustre colega, habrá de hallar su más importante medicamento contra estas creencias de la mente si quiere seguir librando las batallas del cuerpo.
 
 


PRIMER PREMIO CÓMIC
Título: "NORTE Y SUR"
José Miguel Morales García