Reportajes 


Alta MontaņaTRAVESIA DEL ANNAPURNA

"Un mundo de montañas"


por Fco. Javier Souto Rubiales

 

"Dedicado a Consuelo, Javier y Faustino, mis compañeros de aventura"

 
Mapa1
 

    Un violento golpe me despierta sobresaltado. El pequeño camión sobre cuya batea viajamos hacinadas más de 20 personas ha ido a empotrar una de sus ruedas en un profundo bache de la pista y no queda más remedio que continuar a pie... ¡Vaya forma de comenzar un trekking!

Pisang7    Aquella noche, mientras intentaba conciliar el sueño en un desvencijado catre de un desvencijado chamizo en la aldea de Phalesangu me dediqué a reconstruir nuestro azaroso viaje: el autobús nocturno Jerez-Madrid, el vuelo a Amman, las esperas, el vuelo a Delhi, luego a Katmandú, los trámites, las compras, el autocar a Dumre, (5 horas para 100 kms...), y por último, el camioncito por la pista. Antes de comenzar nuestra caminata teníamos ya los huesos molidos. Pero nada importaba, estábamos al fin en el Himalaya, a los pies del Annapurna, como dice John Cleare, ."lo máximo en montañas". El macizo del Annapurna levanta sus 60 kms. de blanca muralla al filo de la mítica barrera de los 8.000 metros, constituyendo una salvaje región, prácticamente desconocida hasta los años 50, en que Maurice Herzog penetraba por los valles de Kali Gandaki al frente de la expedición francesa que conseguiría la cima del Annapurna I. Pero no sería hasta 1.977 cuando las autoridades nepalíes se decidieron a abrir el paso a los altos valles de Manang, como quien dice, hace dos días.

 EL RIO MARSYANDI

 Pisang1    Por fin, una mañana soleada, nuestros porteadores cargan los petates y Dendi Sherpa, el Sirdar, indica con un gesto el inicio de nuestro caminar. El trekking ha comenzado. El profundo valle de Marsyandi Khola se abre ante nosotros, entre hermosas plantaciones de arroz en plena cosecha, una exhuberante selva de montaña y la majestuosa silueta del Manaslu recortándose sobre las nubes del horizonte. Nuestras primeras etapas discurren plácidamente, entre una aldea y otra, con distancias de unos 20 kms. y sin excesivos desniveles. En nuestro sendero, nos cruzamos con mujeres y niños cargados con enormes haces de arroz, y con pequeños y rudos porteadores que van y vienen, algunos con cargas sobrehumanas. A media tarde, finalizamos nuestra jornada en alguna aldea, alojándonos en alguno de los muchos "hoteles" que existen, pues así es como presuntamente llaman aquí. a las casas que sirven comida y alojamiento, entiéndase un camastro de dudoso aspecto y de comer, el infalible Dhal Bhaat, (arroz cocido, salsa y algo de verdura).

Pisang6    Los Newari, habitantes del valle, están de fiesta y los niños se acercan en grupos a cantarnos el "bailore", repetitivo canción que no cesa hasta que se les hace algún regalo. Por las noches, la fiesta continúa y entre canciones que medio vamos aprendiendo, nuestro Sírdar nos hace bailar, animados por el chang, la cerveza local, por supuesto elaborada también de arroz. En una de estas primeras etapas llegamos al pueblo de Tal, situado en el fondo plano del valle, en lo que antes constituía el lecho de un lago. De pronto, la vegetación ha cambiado, desaparecieron el bambú y los frondosos pípales para dar paso a los primeros abetos.Pisang2
    Al mismo tiempo, entramos en una zona de mayor influencia tibetana, lo que se nota en la arquitectura de las casas y en la presencia de chortens, banderas y molinos de oración, propios de la religión budista.


LA ESCALADA.

Annapurna    Al quinto día de caminata, al girar una curva pronunciada del sendero, aparece ante nosotros, descomunal, la vertiente norte,del Annapurna II, de casi 8.000 m, aguda conjunción de aristas decorada con masas de hielo. Estamos entrando en la zona de alta montaña, el agreste y perdido valle de Manang, protegido de las tormentas por la barrera de los Himalayas, lo que le confiere unas características y una sensación de aislamiento muy particulares. Llegamos al pueblo de Pisang, a 3.000 m. de altitud y comenzamos a preparar todo para la ascensión al Pisang Peak, cima de 6.100, m. para la cual sólo se exige un permiso de escalada, mucho, más económico y fácil de conseguir que el de expedición. Así pues, comenzamos nuestra ascensión al Campamento Base de la montaña, ubicado a 4.200 m., por lo que debemos salvar un fuerte desnivel por un sendero zigzagueante que, tras un considerable esfuerzo, nos deposita en una especie de balcón asomado al valle y rodeado de verdes pastos.Pisang4 En este punto, nuestros porteadores detienen su ayuda y se bajan al pueblo, tal como estaba acordado, quedándonos definitivamente solos frente a la montaña. El atardecer desde esta atalaya resulta indescriptible, con toda la cadena de los Annapurnas frente a nosotros tiñéndose poco a poco de rojo, mientras las nubes que suben del fondo del valle nos envuelven. Entre fotos y más fotos, y algún que otro té aguantamos hasta que el intenso frío nos obliga a refugiarnos en las tiendas. Tras un día de aclimatación en el Campo Base, continuamos nuestra subida hacia el Campamento de Altura, a 5.200 m., situado en una desolada terraza de piedras al pie de los glaciares. Nuestra cumbre, un cono casi perfecto de hielo, parece al alcance de la mano. La luz en este lugar resulta cegadora y la altura deja sentir sus efectos sobre nosotros. Por la tarde, mientras nos afanamos en derretir hielo para beber, la temperatura baja ferozmente y antes de oscurecer ya estamos metidos en los sacos. Después de una mala noche, con problemas de respiración, iniciamos por la mañana el ataque a la cima. Trepamos primero hasta una arista rocosa para pasar luego al hielo por un tramo bastante aéreo. Con lentitud y dando largos de cuerda salimos a las pendientes finales que se yerguen con 50 grados de inclinación hasta la cumbre. Mientras avanzamos no nos damos cuenta de que las nubes del fondo del valle nos están rodeando. Hacia abajo apenas se distingue nada y se hace tarde, por lo que hay que tomar una decisión. Llegamos a la cota de los 6000 metros y, tras un último intento, optamos por volvernos. No hemos pisado el punto culminante pero valorando los riesgos posibles, tomamos la elección más segura. El tiempo, justo un año después, nos daría la razón.
 

Perfil

.LA MISTERIOSA TIERRA DE LO

 Pisang5    Nuestro trekking prosigue y, tras bajar de la montaña, nos encaminamos a Manang, capital del alto valle, población próspera habitada por comerciantes de las caravanas, y ubicada al pie mismo del glaciar del Gangapurna. Tras un merecido descanso y algunas compras, nos preparamos para afrontar el paso clave del trekking, el collado del Thorong. Para nosotros, aclimatados ya por la escalada, la cosa va sobre ruedas y en un sólo día nos plantamos en Thorong Phedi, al pie del paso, donde un nutrido grupo de trekkinistas se prepara para cruzar. El primer occidental en pasar el Thorong La fue Gaston Rebuffat en 1.950, y desde entonces el mismo ha sido escenario de frecuentes accidentes provocados por tormentas, mal de altura y el temido viento del oeste, por lo que todos lo afrontamos con respeto. A las 4. 00 h. de la madrugada una hilera de luces serpentea por la pedrera. Vamos en silencio, mientras el frío y el cansancio hacen mella. El amanecer resulta irreal, coloreando las cumbres de diversas tonalidades. Parece que llegamos a lo más alto, pero se trata de un engaño, una sucesión de "falsos collados" hasta que por fin aparece el punto culminante marcado por un cúmulo de piedras con inscripciones - "Om mani padre hum" - y banderas de oración. Hacia el oeste se abre un paisaje extraño y sobrecogedor. Montañas peladas, tierras semidesértica, desoladas, hacia las que nos dirigimos en veloz bajada. Es el valle de Mustang, la puerta del Tíbet, a un paso de la ciudad prohibida de Lo Mantang.

Mapa 2

 REGRESO AL SUELO

    En una bajada interminable, llegamos al santuario de Muktinath, centro de peregrinación y lugar sagrado para budistas e hinduístas, donde somos ungidos con pinturas y aceites entre oraciones ininteligibles.Pisang3 Caminamos por senderos polvorientos en dirección al valle del Kali Gandaki, la garganta más profunda de la tierra, que separa el Annapurna del Dhaulaghiri. Nos cruzamos con caravanas de mulas que se dirigen a China, igual que hace milenios. Lentamente, nuestro trekking va finalizando. Hacemos nuestra última etapa a lomos de caballos, protegiéndonos el rostro con pañuelos del temido y seco viento del valle. De esta forma llegaríamos a Jomoson, capital administrativa de Mustang, donde un destartalado aeródromo permite el despegue diario de pequeñas avionetas hacia Pokhara, siempre que no sople el viento. Ello supuso dos días de espera, que aprovecharíamos para descansar, despedir a nuestros porteadores, a los que llam bamos con cariñosos motes,  "pelopincho", "chulín", "canijo", ...  y disfrutar un poco más de esta embriagadora luz de los Himalayas. No acabarían aquí nuestras aventuras en Nepal, pero esas son ya otras historias, ...

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