Reportajes
TRAVESIA
DEL ANNAPURNA"Dedicado a Consuelo, Javier y Faustino, mis compañeros de aventura"

Un violento golpe me despierta sobresaltado. El pequeño camión sobre cuya batea viajamos hacinadas más de 20 personas ha ido a empotrar una de sus ruedas en un profundo bache de la pista y no queda más remedio que continuar a pie... ¡Vaya forma de comenzar un trekking!
Aquella noche, mientras intentaba conciliar el sueño en un desvencijado
catre de un desvencijado chamizo en la aldea de Phalesangu me dediqué
a reconstruir nuestro azaroso viaje: el autobús nocturno Jerez-Madrid,
el vuelo a Amman, las esperas, el vuelo a Delhi, luego a
Katmandú, los trámites, las compras, el autocar a
Dumre, (5 horas para 100 kms...), y por último, el camioncito
por la pista. Antes de comenzar nuestra caminata teníamos ya los
huesos molidos. Pero nada importaba, estábamos al fin en el Himalaya,
a los pies del Annapurna, como dice John Cleare, ."lo máximo
en montañas". El macizo del Annapurna levanta sus 60 kms. de
blanca muralla al filo de la mítica barrera de los 8.000 metros,
constituyendo una salvaje región, prácticamente desconocida
hasta los años 50, en que Maurice Herzog penetraba por los
valles de Kali Gandaki al frente de la expedición francesa
que conseguiría la cima del Annapurna I. Pero no sería hasta
1.977 cuando las autoridades nepalíes se decidieron a abrir el paso
a los altos valles de Manang, como quien dice, hace dos días.
EL RIO MARSYANDI
Por fin, una mañana soleada, nuestros porteadores cargan los petates
y Dendi Sherpa, el Sirdar, indica con un gesto el inicio de nuestro
caminar. El trekking ha comenzado. El profundo valle de Marsyandi Khola
se abre ante nosotros, entre hermosas plantaciones de arroz en plena cosecha,
una exhuberante selva de montaña y la majestuosa silueta del Manaslu
recortándose sobre las nubes del horizonte. Nuestras primeras
etapas discurren plácidamente, entre una aldea y otra, con distancias
de unos 20 kms. y sin excesivos desniveles. En nuestro sendero, nos cruzamos
con mujeres y niños cargados con enormes haces de arroz, y con pequeños
y rudos porteadores que van y vienen, algunos con cargas sobrehumanas.
A media tarde, finalizamos nuestra jornada en alguna aldea, alojándonos
en alguno de los muchos "hoteles" que existen, pues así es como
presuntamente llaman aquí. a las casas que sirven comida y alojamiento,
entiéndase un camastro de dudoso aspecto y de comer, el infalible
Dhal Bhaat, (arroz cocido, salsa y algo de verdura).
Los Newari, habitantes del valle, están de fiesta y los niños
se acercan en grupos a cantarnos el "bailore", repetitivo canción
que no cesa hasta que se les hace algún regalo. Por las noches,
la fiesta continúa y entre canciones que medio vamos aprendiendo,
nuestro Sírdar nos hace bailar, animados por el chang, la cerveza
local, por supuesto elaborada también de arroz. En una de estas
primeras etapas llegamos al pueblo de Tal, situado en el fondo plano
del valle, en lo que antes constituía el lecho de un lago. De pronto,
la vegetación ha cambiado, desaparecieron el bambú y los
frondosos pípales para dar paso a los primeros abetos.
Al mismo tiempo, entramos
en una zona de mayor influencia tibetana, lo que se nota en la arquitectura
de las casas y en la presencia de chortens, banderas y molinos de
oración, propios de la religión budista.
LA
ESCALADA.
Al quinto día de caminata, al girar una curva pronunciada del sendero,
aparece ante nosotros, descomunal, la vertiente norte,del Annapurna
II, de casi 8.000 m, aguda conjunción de aristas decorada con
masas de hielo. Estamos entrando en la zona de alta montaña, el
agreste y perdido valle de Manang, protegido de las tormentas por
la barrera de los Himalayas, lo que le confiere unas características
y una sensación de aislamiento muy particulares. Llegamos al pueblo
de Pisang, a 3.000 m. de altitud y comenzamos a preparar todo para
la ascensión al Pisang Peak, cima de 6.100, m. para la cual
sólo se exige un permiso de escalada, mucho, más económico
y fácil de conseguir que el de expedición. Así pues,
comenzamos nuestra ascensión al Campamento Base de la montaña,
ubicado a 4.200 m., por lo que debemos salvar un fuerte desnivel por un
sendero zigzagueante que, tras un considerable esfuerzo, nos deposita en
una especie de balcón asomado al valle y rodeado de verdes pastos.
En este punto, nuestros porteadores detienen su ayuda y se bajan al pueblo,
tal como estaba acordado, quedándonos definitivamente solos frente
a la montaña. El atardecer desde esta atalaya resulta indescriptible,
con toda la cadena de los Annapurnas frente a nosotros tiñéndose
poco a poco de rojo, mientras las nubes que suben del fondo del valle nos
envuelven. Entre fotos y más fotos, y algún que otro té
aguantamos hasta que el intenso frío nos obliga a refugiarnos en
las tiendas. Tras un día de aclimatación en el Campo Base,
continuamos nuestra subida hacia el Campamento de Altura, a 5.200 m., situado
en una desolada terraza de piedras al pie de los glaciares. Nuestra cumbre,
un cono casi perfecto de hielo, parece al alcance de la mano. La luz en
este lugar resulta cegadora y la altura deja sentir sus efectos sobre nosotros.
Por la tarde, mientras nos afanamos en derretir hielo para beber, la temperatura
baja ferozmente y antes de oscurecer ya estamos metidos en los sacos. Después
de una mala noche, con problemas de respiración, iniciamos por la
mañana el ataque a la cima. Trepamos primero hasta una arista rocosa
para pasar luego al hielo por un tramo bastante aéreo. Con lentitud
y dando largos de cuerda salimos a las pendientes finales que se yerguen
con 50 grados de inclinación hasta la cumbre. Mientras avanzamos
no nos damos cuenta de que las nubes del fondo del valle nos están
rodeando. Hacia abajo apenas se distingue nada y se hace tarde, por lo
que hay que tomar una decisión. Llegamos a la cota de los 6000 metros
y, tras un último intento, optamos por volvernos. No hemos pisado
el punto culminante pero valorando los riesgos posibles, tomamos la elección
más segura. El tiempo, justo un año después, nos daría
la razón.
.LA MISTERIOSA TIERRA DE LO
Nuestro trekking prosigue y, tras bajar de la montaña, nos encaminamos
a Manang, capital del alto valle, población próspera
habitada por comerciantes de las caravanas, y ubicada al pie mismo del
glaciar del Gangapurna. Tras un merecido descanso y algunas compras,
nos preparamos para afrontar el paso clave del trekking, el collado del
Thorong. Para nosotros, aclimatados ya por la escalada, la cosa
va sobre ruedas y en un sólo día nos plantamos en Thorong
Phedi, al pie del paso, donde un nutrido grupo de trekkinistas se prepara
para cruzar. El primer occidental en pasar el Thorong La fue Gaston
Rebuffat en 1.950, y desde entonces el mismo ha sido escenario de frecuentes
accidentes provocados por tormentas, mal de altura y el temido viento del
oeste, por lo que todos lo afrontamos con respeto. A las 4. 00 h. de la
madrugada una hilera de luces serpentea por la pedrera. Vamos en silencio,
mientras el frío y el cansancio hacen mella. El amanecer resulta
irreal, coloreando las cumbres de diversas tonalidades. Parece que llegamos
a lo más alto, pero se trata de un engaño, una sucesión
de "falsos collados" hasta que por fin aparece el punto culminante marcado
por un cúmulo de piedras con inscripciones - "Om mani padre hum"
- y banderas de oración. Hacia el oeste se abre un paisaje extraño
y sobrecogedor. Montañas peladas, tierras semidesértica,
desoladas, hacia las que nos dirigimos en veloz bajada. Es el valle de
Mustang, la puerta del Tíbet, a un paso de la ciudad prohibida
de Lo Mantang.

REGRESO AL SUELO
En una bajada interminable,
llegamos al santuario de Muktinath, centro de peregrinación
y lugar sagrado para budistas e hinduístas, donde somos ungidos
con pinturas y aceites entre oraciones ininteligibles.
Caminamos por senderos polvorientos en dirección al valle del Kali
Gandaki, la garganta más profunda de la tierra, que separa el
Annapurna del Dhaulaghiri. Nos cruzamos con caravanas de
mulas que se dirigen a China, igual que hace milenios. Lentamente, nuestro
trekking va finalizando. Hacemos nuestra última etapa a lomos de
caballos, protegiéndonos el rostro con pañuelos del temido
y seco viento del valle. De esta forma llegaríamos a Jomoson,
capital administrativa de Mustang, donde un destartalado aeródromo
permite el despegue diario de pequeñas avionetas hacia Pokhara,
siempre que no sople el viento. Ello supuso dos días de espera,
que aprovecharíamos para descansar, despedir a nuestros porteadores,
a los que llam bamos con cariñosos motes, "pelopincho",
"chulín", "canijo", ... y disfrutar un poco
más de esta embriagadora luz de los Himalayas. No acabarían
aquí nuestras aventuras en Nepal, pero esas son ya otras historias,
...
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