Reportajes

Trekking
 

EL SIRWA

Un volcán entre el Atlas y el desierto


por José Manuel Amarillo Vargas





 "El núcleo volcánico del Sirwa (Siróua) es un macizo imponente, cuyas cimas pasan los 3.000 mt., y que recuerda por sus dimensiones al Etna: es un formidable faro que, antes de la aparición del hombre, iluminaba la inmensidad del Sahara"

Louis Emil Gentil
Explorador, geólogo y geógrafo francés (1.868 - 1.925)

 
 





    Cae la fría noche en la inmensidad de la Hamada, predesierto de piedra, tan sólo rota por el leve bullicio del mercado de Tazenakht. Esta pequeña población bereber se encuentra al sur del Alto Atlas, de hecho está a más de 1.000 mt. de altitud aunque por lo raso del terreno no lo aparente. Por algunas elevaciones de escoria negra y llanos de ceniza gris podemos advertir que nos encontramos en una zona de origen volcánico. De seguro que nuestro objetivo está cercano, aunque la oscuridad de una noche sin luna no deje ver el relieve del macizo volcánico del Sirwa (se pronuncia Siróua) que según el mapa queda al noroeste, casi a mitad de camino entre donde nos encontramos y el gran macizo del Toubkal. Tras pasar el siempre impresionante Puerto de Tiehka y refrescarnos en el río Asif Iríri, que como un espejismo por estos lares lleva agua, tiene peces y alberga algún ave acuática, nuestra ruta por la carretera del Sous ha ido describiendo una enorme curva o arco de asfalto para así rodear y evitar el laberinto de cumbres y deyecciones que forman el macizo del Sirwa. La noche en Tazenakht la pasamos en el único "hotelucho", para más señas el "Zenaga", que podemos encontrar. Las instalaciones son deplorables pero el cocinero-dueño-recepcionista-camarero nos prepara un couscous para cenar de los mejores que hemos probado. Como somos los únicos clientes en varias semanas el servicio se esmera y nos dejan elegir habitaciones, Pero el aseo y retrete es único para todos y no existe una ducha o algo que se le parezca. Al día siguiente, tras unas horas más de carretera, llegamos a nuestro punto de base, Taliwine. Antes de llegar, ya hemos podido apreciar a lo lejos la cumbre del Sírwa, que sobresale poco de una línea de varias cimas que deben superar también los tres mil metros. También hemos advertido algo que nos decepciona, y es que no hay ni un copo de nieve que blanquee las negras crestas del macizo, a pesar de que estamos en época invernal. Por lo tanto se desvanece la idea predeterminada que traíamos de pisar la nieve más cercana al desierto que pueda darse en el norte de Africa. De todas formas nos animamos y decidimos adentrarnos en la zona tras dejar los aperos de alta montaña en la consigna del "Souktana", un acogedor albergue que regenta una francesa casada con un lugareño y que hace de campo base y punto de encuentro de los pocos montañeros y grupos de trekking que se aventuran por esta zona, algo alejada de otras más tradicionales del Gran Atlas. Una pista, casi impracticable para la furgoneta, hace que en ocasiones nos bajemos para hacer tramos andando y así aligerar peso y no romper los bajos. En casi 40 kilómetros no nos cruzamos con nadie por lo que llevamos el temor constante de ir equivocados o no habernos enterado bien de las indicaciones que nos dieron en Taliwine.

    Un mapa de la zona a escala 1:100.000 nos dice que estamos a unos 1.600 metros de altitud y tras un último puerto debe aparecer ante nosotros el valle del Assif Wamrane, poblado por algunas aldeas como Tamgout, Mazwad y Ti-n-iddr (pronunciado tinendir). Por suerte es así y volvemos a ver zona habitada. La pista mejora ostensiblemente y seguimos valle arriba. El valle se va cerrando hasta que el carril queda como un auténtico escalón en una pared casi vertical que sólo pudo, construirse a base de barrenar con dinamita. Finalmente en Tin-n-Iddr, la pista ya sólo es practicable a pie o en caballería. En esta aldea debemos contactar con Mohamed "Charlot"; no es éste su apellido sino el sobrenombre que todo el que viene aquí le da por su asombroso parecido con el conocido cómico británico. Nos cuenta que en cierta ocasión estuvo en Casablanca y fue a ver una película de Chaplin, y le gustó tanto su famoso doble que se dejó un bigote idéntico que aún luce, con lo que su cara ya es un puro calco; de todas formas su aspecto general es el de un auténtico bereber de la tribu Masmuda que viste chilaba y sólo habla su dialecto y algún chapurreo en francés. Mohamed Charlot es el "guía oficial" de esta vertiente del Sirwa; en diciembre normalmente nunca tiene clientes, su "época fuerte" es la primavera y el otoño, por lo que ahora se dedica a labores propias de un campesino. Cuando nosotros llegamos, unos niños fueron a buscarle y apareció muy contento de vernos y de pensar en los dirhams extras qué no esperaba casi acabando el año. Le comentamos nuestra intención de hacer cumbre, y no un trekking que es lo habitual, y él se alegró de que para ese objetivo tuviésemos suerte de que no hubiese nieve. Sonreímos disimuladamente. Nos indica una parte de su vivienda que tiene acondicionada para visitantes, donde nos hacemos la cena y pasaremos la noche. Muy temprano la mujer de Mohamed, joven bereber que está criando gemelos de pocos meses, hornea unas tortas de pan ázimo que nos llevaremos a la montaña. Tras levantarnos preparamos las mochilas y tiendas para subirlas a lomos de una mula que nos hará de porteador. La aldea de Tí-n-Iddr está a 1.700 mt. de altitud y por encima, a unos 15 minutos de marcha, está Atougha. Es la última aldea y está justo en la cabecera del valle, donde éste se cierra con una larga y estrecha cascada de un río deseoso que lleguen las nieves, y por ende la abundancia de agua.

    En Atougha nos paramos sobre los bancales que los bereberes han labrado a golpe de azada y que nos impresionan por su desnivel y verticalidad. Contamos hasta 40 escalones consecutivos, cubiertos de un manto verde y a veces sombreados por frutales que le dan un atractivo aspecto de "huertos colgantes". El punto más alto de Atougha es su "agadir", granero comunal; detrás, el camino se enrosca como una escalera de caracol en una fuerte pendiente que nos traslada a otro escalón climático por encima del valle. La vegetación se reduce al mínimo, tan sólo la de porte rastrero y ningún árbol, y entramos en el reino de la medía-alta montaña. Algunos puntos verdes denotan la presencia de fuentes o manantiales. Marchamos a media ladera y paralelos al río Wami-ane, que por debajo de nosotros ya sólo es un arroyo de montaña. Tras varias horas de marcha nos acercamos a unos rediles de piedra junto al curso de agua y Mohamed nos lo señala como nuestro destino para vivaquear. Estamos a unos 2.500 metros, no hemos ganado mucha altura, la montaña es muy extensa y para ganar altitud hay que recorrer grandes distancias gastando bastantes horas de marcha. Esta es la tónica habitual de las grandes montañas de Marruecos. Frente a nosotros se levanta el pico Guíliz (2.905 mt.), que es el único que alcanzamos a ver desde nuestro vivac que está en una zona encajonada entre paredones de roca. La idea para el siguiente día es la de hacer cumbre, bajar a Ti-n-Iddr y recorrer la pista de vuelta a Talíwine donde nos atrae la idea de un baño con agua caliente, buena cena y sábanas limpias en el acogedor albergue Souktana. Hacerlo así será duro pero queremos ganar tiempo para intentar hacer algo con nieve más al norte del país, de regreso a la península.

    Apurando un último té que nos prepara Mohamed decidimos salir de madrugada y subir con frontales. Son las cinco de la mañana y ya estamos en plena ascensión, por suerte una luna creciente nos ayuda a orientarnos mejor. Mohamed se queda en el vivac, con la mula, para recoger todo y estar listo para el descenso. En ocasiones hay tramos de vereda y en otras la perdemos o decidimos atajar con algunas trepadas. Amaneciendo llegamos a los nacederos del Wamrane, un lugar idílico que nos recuerda a los borreguiles sierranevadenses. Estamos casi a 3.000 mt. y adivinamos la cresta ideal que nos llevará al Sirwa, aunque aún se nos tapa la cumbre. Por fin hay buena luz para hacer fotos cuando aparecen ante nosotros unas curiosas rocas volcánicas con forma de seta. Poco después estamos sobre un cordal en el que sobresale el máximo punto de este volcán del desierto. La vista es impresionante cuando el sol empieza a calentar un poco. Hacia el norte el Alto Atlas con el Toubkal, que ya ha recibido algunas nevadas, y hacia el sur la gran llanura del Dra. La cota máxima no está en el filo de un cráter. El Sirwa es un volcán totalmente inactivo, su vértice se encuentra en un cono de basalto que en su día debió taponar el cráter principal y que ha quedado al descubierto por efecto de siglos de erosión. Este bloque de basalto nos recuerda a los "roques" canarios, de hecho su orogenia es la misma. Otros conos basálticos sobresalen, como peñones, en las laderas como testigos de cráteres secundarios. Antes de bajar se nos antoja estar en un punto intermedio de dos mundos tan diferentes como la alta montaña y el desierto. Estamos en la cima de un antiguo volcán de 3.305 metros s.n.d.m. cuyas torrenteras de lava, hoy petrificadas, se desparramaron entre la nieve del Atlas y la arena del Sahara.
 
 

Volver al índice de la revista

Volver a la página principal del CMSP


Montaña Sur