Excursiones y Travesías


TekkingMONCAYO

Un Oasis de Montaña


por Fco. Javier Souto Rubiales

 

Primeros de septiembre a las cinco de la tarde. La recta autovía parte en dos el desierto aragonés mientras nos aproximamos a la Almunia de Doña Godina, población que me trae numerosos recuerdos. Un año más, nos dirigimos a esa fuente inagotable de montañas que es el Pirineo, pero esta vez de forma distinta, vamos a aprovechar el viaje para acercarnos a conocer una montaña cuyo nombre nos suena mucho pero que nunca hemos visto: El Moncayo. El Moncayo es un monte grande y aislado que domina las resecas y planas tierras de la depresión del Ebro, constituyendo con sus 2.315 mts. el techo del Sistema Ibérico. Desde un punto de vista climático, el Moncayo es una "isla atlántica" situada en un medio semiárido, una auténtica pantalla receptora de las precipitaciones provenientes del Oeste, creyéndose popularmente que en ella nace el temido viento del cierzo.

El acceso a la zona lo hacemos desde la N-II, saliendo de la autovía a la altura de la mencionada población de la Almunia para tomar una carretera local que, pasando por Fuendejalón, conecta con la N-122. Una vez en esta ruta, pasaremos por el pueblo de Borja, conocido por sus buenos vinos criados en bodegas subterráneas, y llegaremos a Vera de Moncayo, donde debemos desviarnos hacia el Monasterio de la Veruela, auténtica puerta de entrada a nuestra montaña.

La Veruela es un monasterio cisterciense fundado en 1.146 y de estilo románico-gótico. Restaurado recientemente, en su interior se exponen obras de arte contemporáneo, por lo que bien merece una visita, como hicimos nosotros nada más llegar. De las inmediaciones de este noble edificio, parte una carreterilla que, tras 15 kms., sube al Santuario Virgen del Moncayo. El recorrido por ella resulta verdaderamente alucinante pues, según vamos subiendo contemplaremos los cambios de vegetación que se producen: primero el encinar, luego los robles (Quercus Pyrenaica), y más tarde un bellísimo hayedo a través del cual circulamos por una carretera que seguramente no debería existir. Pasado el bosque de hayas encontramos una zona de enormes pinos negros hasta que de pronto el asfalto se acaba. Tan sólo restan unos 500 metros de pista mala de tierra para llegar al Santuario, vetusto edificio alojado bajo una pared de roca que sirve de centro de peregrinación de los pueblos del Somontano.

Junto al Santuario existe una vieja hospedería en la que vamos a pasar la noche. Mientras descargamos los bártulos, un precioso atardecer despide el largo y extenuante día de viaje en coche desde Jerez. Estamos en un auténtico balcón que domina toda la inmensa falda boscosa de la montaña a la que mañana vamos a subir. Por todo ello estamos cansados y contentos.

Amanece lloviendo y con nubes bajas, algo demasiado habitual para nosotros. Tras un momento de duda decidimos intentar la ascensión pues sabemos que es corta y, según el dueño de la hospedería, existe un sendero bien marcado hasta arriba. Así pues, tras un buen desayuno, nos enfundamos nuestra capa impermeable y salimos al exterior para iniciar la subida, todo hay que decirlo, sin demasiada convicción.

La primera parte de la senda discurre bajo un bonito bosque de pinos por el que ganamos altura rápidamente. Poco a poco la arboleda se va aclarando y llegamos a la base del Circo del Cucharón, claro vestigio del paso de los glaciales por esta montaña. Este Circo, unido a los otros dos que existen en la vertiente norteña del macizo, el de San Gaudioso y el de Morca, confieren un carácter y un aspecto al Moncayo algo más alpino de lo que en principio todos esperábamos.

El camino se bifurca y, mientras el de la derecha se introduce en el Circo, nosotros tomamos el izquierdo, que encara una loma por la que subimos bien recto en terreno de pedreras. Ha cesado de llover pero las nubes nos envuelven poco a poco. Al llegar al collado, la visibilidad resulta nula y el viento muy fuerte. El sendero se pierde y casi a ciegas buscamos la cumbre por un terreno prácticamente llano. Tras un rato de despiste general y cuando alguno ya pensaba en volverse hacia abajo, entre la niebla aparece la estatua de la virgen del Pilar junto al vértice geodésico: estamos en la cima del Moncayo.

Poco tiempo después, ya en plena bajada, hay un momento en que las nubes tienen piedad de nosotros y quieren abrirse, permitiéndonos disfrutar un rato de la visión de la montaña y las amplísimas tierras ocres y llanas que la rodean, todo ello iluminado por unos cuantos rayos de sol que tímidamente intentan colarse. Estamos completamente solos, tal vez lo único bueno de subir con mal tiempo.

El descenso es muy rápido y ya de vuelta en la hospedería, nuestro anfitrión nos reserva la sorpresa de invitarnos a degustar unas setas que ha recolectado en el monte y que se venden a precio de oro en los restaurantes de la capital. Nosotros le devolvemos modestamente el gesto compartiendo una botella de Jerez, en medio de un ambiente distendido y con muchas risas. Nuestro viaje parece que comienza bien. Nos esperan los Pirineos, donde encontraremos más montañas, más buena gente y más tormentas.

 

DATOS PRACTICOS

Existe un servicio diario de autobuses que nos pueden acercar al Moncayo desde Soria o Zaragoza. Compañía THERPASA, Tel. 976/225723. Existen alojamientos y restaurantes en todos los pueblos de la zona, no muchos pero suficientes. De todas formas, para noso- tros lo más recomendable sin duda es la hospedería, sencilla pero en un lugar inmejora- ble.

La ascensión al Moncayo es corta y fácil en verano pero en temporada invernal puede tornarse peligrosa, de hecho ha habido algunos accidentes. Imprescindibles piolet y crampones.

 

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