Reportajes


Alta MontaņaNELTNER

Macizo del Toubkal
(Impresiones de un Treking)

por Eloy Lopez Cerdeño

(Corresponde a un capítulo del relato "En el Atlas Central" de marzo de 1977)

Aroumd, a unos dos mil metros sobre el nivel del mar, es la última población de aproximación al Toubkal. Situada dominando el valle del Mizane que, en este lugar, adopta la forma de un abanico de deyección, recogiendo las aguas y los materiales arrastrados de las grandes cumbres que lo rodean, proporciona un lugar de contemplación y disfrute de la naturaleza, por lo menos, singular.

MapaTras unas tormentosas tarde y noche de lluvia, que nos hace temer por nuestro itinerario del siguiente día, amanece radiante de sol. Nada más levantarnos, corremos a la terraza del albergue para contemplar el espectáculo que se desvelaba: la visión, casi al alcance de la mano, del circo de las cumbres montañosas cubiertas de nieve, Ad Adj, Aguelzim, Tazaghart, Toubkal, Tickki, Tamadot...es tan imponente y hermosa que tenemos dificultad en dejar de contemplarla, hasta el punto de que el desayuno, a pesar del frío de la mañana, lo tomamos allí.

De las posibilidades que aquel día nos ofrece Omar para realizar adoptamos la que, en principio, tenía más acuerdo en el grupo y ésta fue la ascensión al refugio Neltner, situado a 3.267 m. sobre el nivel del mar, lugar necesario para alcanzar el Toubkal, novecientos metros aún por encima. La elección como veríamos, mereció la pena, y hacia ella nos dirigimos a primeras horas de la mañana.

Tras descender al valle, que aquí adopta una forma llana, resultado de la sedimentación de los materiales arrastrados por el Mizane o precipitados desde las alturas -tierras y rocas redondeadas y fragmentadas-, dejamos a nuestra derecha el sendero que permite la ascensión al Ad Adj y al Aguelzim que delimitan nuestro camino. Ascendemos por el nuestro, a través de un paisaje de grandes y amenazantes rocas negras sobre profundas angosturas serpenteantes por donde se precipitan, frías y poderosas, las aguas del Mizane.

Nuestra ascensión se hace lenta; nos maravilla y aturde, simultáneamente, tanta grandiosidad y fuerza desplegadas por la Naturaleza: gigantescas paredes rocosas verticales, picachos innacesibles, rumor ensordecedor del agua, blanca y espumeante, en continuo combate con la dura orografía.

Foto 1

A medida que nos elevamos redescubrimos nuevos paisajes algunos de gran belleza, resultado de las múltiples combinaciones de los mismos elementos naturales intervinientes: rocas, agua, nieve y cielo. Todo cambia y, al mismo tiempo, todo permanece, aunque contradiga al filósofo griego.

La ascensión nos anima, la montaña nos hace copartícipes de su dominio a medida que nuestra visión, desde la altura conquistada, amplía su horizonte y nuevos paisajes, antes ocultos, se nos muestran.

Llegamos a Chamharouch, donde se sitúa un morabito, lugar sagrado para los musulmanes, en el que bajo una gran roca encalada de la que emerge una bandera marroquR, al lado de un curso de agua, se encuentra enterrado un santo. Por un puentecito un grupo de mujeres de multicolores vestidos salen de realizar sus oraciones y se dirigen a unas de las pocas y pobres casas del lugar adaptadas a la recogida de los peregrinos que, según Omar, vienen de todo el país. A nosotros, los infieles, no nos es permitido acercarnos a la tumba.

Desde este punto el ascenso se hace mas pronunciado y las oscuras rocas, de tintes verduzcos, ocres o violáceos que acompañan nuestra subida, aparecen, ya, cubiertas de nieve: escasa y aborregada, en un principio; con espesura y continuidad, un poco mas adelante. Seguimos un sendero, o lo que adivinamos que lo fuera, por las huellas dejadas por anteriores montañeros, a media ladera de un blanquísimo valle ascendente, de fondo redondeado y paredes que se elevan hasta las cumbres. Por lo más hondo del mismo se adivina el discurrir del Mizane, cubierto ahora de nieve, que, en ocasiones, aflora ruidosamente bajo el oscuro hueco abierto en la blancura.

El sol radiante de la mañana ha desaparecido; las nieblas, que se han ido formando entre los picachos en el transcurso de la mañana, giran y evolucionan a su alrededor, ascienden o descienden, en una danza de gigantes, ocultando nuestras vistas o se desgarran desvelando retazos azules de cielo o de aristas montañosas. A medida que ascendemos, el valle por el que avanzamos se hace menos profundo, semejando el fondo de una blanquísima, inmensa y petrificada ola de la que, lateralmente, a uno y otro lado, emergen entre la nieve, negras, las últimas cumbres.

Próximos, ya, al collado que accedería a la cara sur del macizo, con nieve hasta las rodillas y el grupo muy separado por el esfuerzo, entre la alta meseta de Tazaghart y la cumbre del Toubkal, aparece, sobre el fondo blanco de la nieve, el refugio Neltner. Es el final de un esfuerzo recompensado ampliamente por la belleza de la naturaleza descubierta.

De pequeñas dimensiones, construido en piedra y cubierta fuertemente inclinada, el refugio nos recuerda a las edificaciones centroeuropeas. También sus ocupantes, en este caso -franceses y alemanes en su mayoría- por la realidad concordante. Allí almorzamos y nos repusimos de la sed, del cansancio y del frío acumulados. El té azucarado con hierbabuena, como lo preparó Hassán, es, en estos casos, de inmejorables resultados.

La subida al Toubkal, tras pasar la noche en el refugio, hubiera sido, al menos para mí, lo deseable. No estaba así planificado por el grupo ni, tampoco, teníamos el equipamiento conveniente, y a ello me acomodé. Me quedó entonces este reto y espero algún día poder cumplirlo.

Dibujo

Tras unas fotos de recuerdo ante el refugio iniciamos el descenso por el mismo sendero. Continuamos entonces gozando del grandioso espectáculo que nos ofrecía la Naturaleza, ahora, desde otra perspectiva. A nuestro paso por Chamharouch, y después de tomarnos un té en un mísero chamizo del santuario, Omar nos cuenta las leyendas que envuelven el lugar sobre tesoros escondidos, no sé si por el santo venerado, destinados a ser descubiertos sólo por la fieles firmemente creyentes y virtuosos: el Paraíso anticipado en la tierra.

La noche aquella en el albergue, Gite D'Etape, de Aroumd fue especial por ser la última de nuestra estancia en aquellos parajes. Lahcen, con quien habíamos contratado la travesía, nos había preparado una fiesta de despedida. Después de una cena mas abundante y delicada de lo habitual -harira, cuscús, dulces de harina de almendra y miel que me recuerdan a nuestros mazapanes- acompañada de vino marroquí, presenciamos los cánticos y bailes bereberes que nos ofrecieron un grupo de mujeres y hombres jóvenes del lugar. Ellas, muy jóvenes, vestidas con caftanes de colores intensos y adornadas de collares, pendientes y abalorios de orfebrería bereber, se sentaron alineadas frente a otro grupo de hombres, sin indumentaria especial que, también sentados, tocaban los instrumentos de percusión y de cuerda. En la ejecución de las canciones, muy rítmicas y moduladas, alternaban las agudas voces femeninas con las mas graves de los hombres en una especie de juego conversatorio e incitante. Omar nos explicaría que las letras eran de contenido amoroso y comprendimos mejor aquel juego y aquellos sonrientes y cómplices rostros. Su musicalidad y ritmo me parecieron de influencias sub-saharianas, aunque tal vez ello no tenga fundamento. En cualquier caso denotaban una clara diferenciación de la más septentrional y mediterránea. Sea como fuere, quedamos muy impresionados y agradecidos al grupo por la exhibición ante nosotros de sus tradiciones musicales que, al decir de alguna autoridad, constituyen el alma de los pueblos, posiblemente por el modo de expresión de los sentimientos de la colectividad a la que pertenecen y a su evanescencia.

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