Reportajes


TrekkingPor el sendero del Dios
de la lluvia

La Travesía De Tres Valles Pirinaicos

por Enrique A. Marín Fernández

Mapa

Durante el tórrido verano del sur siempre es necesario escaparse, si quiera sea brevemente, hacia latitudes más norteñas. Se trata, ante todo, de un ejercicio de reconciliación con la propia manera de pensar ya que el aplastante calor anula hasta eso mismo: el pensar. En los Pirineos es posible esto y muchas cosas más …

i os encontráis en un refugio tal como el del Respumoso (a la vuelta, por ejemplo, de Los Infiernos, del Balaitus, de la Gran Facha …) y os enteráis de que el tiempo va a cambiar para los próximos días, no hay que abatirse por ello. Lo que en estos casos debe hacerse es adaptarse a los caprichos de vuestros anfitriones, que en este caso son los Pirineos. lo mejor es elegir una travesía de media o baja altitud por valles, bosques o a lo sumo collados que no implique los problemas (y desencantos) que puede conllevar el mal tiempo en las grandes alturas. El relato que sigue es la descripción de una travesía realizada en condiciones de mal tiempo (o bueno, según se mire), con total autosuficiencia (tienda y comida), en el transcurso de tres días y a lo largo de unos 60 Kms. por los valles de Lutour, Gaube y Marcadau en el Pirineo central francés.


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 1ª jornada

Los preparativos de una gran tormenta.

 En el Col de l´Aubisque un furioso, templado y seco viento del sur nos da la bienvenida al suelo francés. El aire no está limpio y además en el fondo de los valles, y debido a un inusualmente bajo mar de nubes, el ambiente es húmedo y algo sofocante.

En las proximidades de Pont d´Espagne, en un control del Parque Nacional, se nos advierte que dejar el coche en el macro-aparcamiento existente aguas abajo del célebre y turístico lugar cuesta alrededor de 500 pts. al día. Como no queremos pasar por el aro (y porque no llevamos un solo franco …), y nos volvemos sobre nuestros pasos y tras largas deliberaciones y consultas a los mapas y guías, decidimos subir hasta La Fruitière en el vecino valle de Lutour. En La Fruitière (1371 m.) la invasión automovilística nos asusta pero encontramos fácilmente (!y gratis!) aparcamiento. Probablemente muchos son "rebotados", como nosotros de Pont d´Espagne. Tras almolzar brevemente y a las tres de la tarde, emprendemos la marcha a pie aguas arriba del valle de Lutour hacia el lago de Estom y el Col d´Araillé pero sin un final de etapa predeterminado. Tanto la subida en coche desde Cauterets hasta La Fruitière como todo el resto del valle de Lutour es espectacular. Se trata, como todos, de un valle glaciar excavado en una bella roca granítica (que nos acompañará durante casi todo el resto de la travesía) perteneciente al batolito de Cauterets uno de cuyos apéndices alcanza al Balaitús. Sus agudos picos (el más alto de ellos, el Ardiden, con 2998 m.), su cristalino y gran torrente y sus magníficos bosques de abetos y pinos negros le confieren un aire de valle de las Rocosas. También su concurrido y buen camino le otorgan un ambiente de parque nacional norteamericano. Entre el Pourteil de Limurás (1458 m., pequño umbral en el curso del valle) y la bifurcación hacia el refugio Russell y el Pic d´Ardiden, se encuentra la simpática cabaña de Pouey-Caut, antigua construcción de madera y metal adosada a un gigantesco bloque errático en sorprendente y relativo buen estado de conservación y limpieza pese a hallarse a pie de un camino tan transitado. Pienso que por nuestras latitudes, este cobijo en caso de necesidad, ya habría sido reducido a escombros …Pronto veremos la utilidad que tuvo para nosotros al final de la travesía y sus tres duros días.

En suave ascenso y tras una abrumadora sucesión de potentes cascadas y bosques llegamos hacia las seis de la tarde al refugio (privado) y lago de Estom (1804 m.), coincidiendo como por arte de magia con la brusca desaparición de absolutamente todo el "personal" que hasta aquí nos había acompañado. Supongo que para ellos se acercaba la hora de la cena, pero para nosotros ese momento estaba aún lejos…Hasta el momento el cielo se había mantenido con intervalos de nubes de cierto desarrollo pero ahora se había cubierto; el viento arreciaba y en él se mezclaban rachas cálidas y frescas (típico del föehm) con algunas gotas de lluvia y originaba una pequeña marejada en la superficie gris-esmeralda del lago que hundido en el agreste circo mostraba un aire algo siniestro.

En total soledad ascendimos por el camino (balizado P.R.) del Col d´Araillé dejando a nuestra izquierda los caminos del Col de Labas y Col de las Gencianas: El nuestro en una espectacular trazada salvaba un considerable desnivel (más de 700 m.) evitando neveros y canchales bajo la desafiante vigilancia del Pic de l´Estibet d´Estom (2692 m.).

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Tras algún que otro chubasco que no nos inoportunó, alcanzamos el Col d´Araillé (2583 m.) hacia la 8,30 de la tarde, momento en el que se hace visible la descomunal cara norte de Vignemale (que desde aquí tiene una soberbia perspectiva). Parecía un paisaje no perteneciente a nuestro planeta bajo el infujo de una extraña luz producto de una puesta de sol, entre unas nubes altas no menos extrañas. A partir de aquí, el camino se lanzaba "a tumba abierta" hacia las Oulettes de Gaube. Atravesamos unos neveros y algún laguito helado más abajo franqueamos un torrente sin tomar las debidas precauciones, para abreviar, con lo que acabamos mojándonos los pies.

A la mortecina luz de aquella extraña puesta de sol montamos nuestra tienda, labor que se vio enormemente dificultada por el viento racheado que nos inoportunó durante casi todo el día. Las praderas próximas al refugio des Oulettes de Gaube (2151 m.) fueron nuestra cama aquella noche.

2ª jornada

el diluvio

 Transcurrió la noche en un duermevela, a pesar del cansancio acumulado, debido al persistente viento y a las intermitentes lloviznas que crepitaban en el doble techo de la tienda. A la mañana siguiente estaba encapotado con nubes cuya base no rozaban la cumbre de la prodigiosa Pique Longue (3298 m.). Una vez terminado nuestro desayuno y cuando nos disponíamos a levantar campo, un intenso chaparrón nos mantuvo acogotados durante media hora dentro de la tienda. Después, con la rapidez propia del clima de un país tropical, cesó y despejó casi por completo salvo por unos algodonosos jirones de niebla en los alrededores del Couloir de Gaube y la Pique Longue: la visión de la gran norte de Vignemale con esos retazos de niebla sobre el fondo azul del cielo y el verde brillante, perlado por las gotas de la reciente lluvia, de las praderas de les Oulettes, era sencillamente mayestática. Luego, con resignación, dimos la espalda a tan soberbia montaña y fácilmente bajamos por el camino que recorre tan bien presidido valle, almorzando a mediodía a orillas del lago de Gaube (1725 m.), por momentos más concurrido. Una vez bajamos a Pont d´Espagne (1500 m., estación inferior del telesilla del lago) abandonamos el G.R. 10 que utilizamos para bajar del refugio des Oulettes y recorrimos el valle de Marcadau junto a su Gave por su margen derecha orográfica hasta el Pont de Cayan, dejando la margen izquierda (Plateau du Clot) para el regreso. El valle de Marcadau es tan boscoso como el de Lutour pero, no obstante, distinto de aquel y en este día, al menos, más tranquilo. Lo recorre un ancho y suavemente ascendente camino hasta el refugio Wallon (C.A.F.), nuestra meta del día. El tiempo tan apacible que quedó después del chaparrón matutino era ya historia: densos nubarrones habían cubierto el cielo desde el sur, lloviznaba con intermitencia e incluso tronaba esporádicamente. Y entonces sucedió. Media hora antes de alcanzar el refugio Wallon, desde el fondo del valle, avanzó una espesa muralla gris tras la cuál no se veía absolutamente nada. Se lo advertí a mi compañero y en un abrir y cerrar de ojos estábamos dentro de la vorágine: una lluvia y granizo de violencia inaudita. No se veía ni a diez metros, sólo los relámpagos que iluminaban con luz lívida aquella atmósfera líquida en la que buceábamos. Mis piernas, a pesar de la capa de lluvia, canalizaba el agua hacia las botas y mis pies nadaban dentro de ellas a despecho de todo el gore-tex del mundo con el que estuvieran hechas. Por el camino, ahora convertido en torrente, seguimos andando como zombies y en las proximidades del refugio amainó hasta que antes de trasponer su puerta cesó casi por completo. Para recuperarnos del vapuleo que habíamos recibido, semejante al que nos hubieran propinado unos gamberros, entramos en el refugio aunque no nos fuésemos a quedar en él. Dentro, los risueños rostros que se observaban tras la puerta de cristales del comedor parecían completamente ajenos a la "tragedia" que habíamos vivido. Para colmo, la corriente que hacía en la puerta de entrada multiplicaba por mil el frío mortal que comenzábamos a sentir como consecuencia de la mojada. Rápidamente montamos la tienda en la zona permitida, a unos 300 metros del refugio Wallon (1865 m.), un vetusto caserón que me recuerda al refugio de La Renclusa (Valle de Benasque). El lugar se trataba, como no, de una pradera encharcada junto a la Gave de Marcadau (Pla de la Gole). Atropelladamente entramos en nuestra improvisada casa porque las nubes todavía tenían mucho que decir …

3ª jornada

bosques, lagos y nieblas.

 Pasamos una noche razonablemente confortable, gracias a la muda de ropa seca que llevábamos en la mochila (la "parte" menos mojada de nosotros). Pero dormir era otra cosa: el viento y la lluvia castigaron a la tienda sin piedad y los rayos con sus correspondientes truenos completaron el espectáculo audiovisual. No obstante, es difícil olvidar la imagen (aunque fulgurante) de la Gran Facha (3005 m.) iluminada por la luz violeta de los relámpagos.

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Por la mañana, antes de las nueve, desayunamos y desmontamos la tienda (hora límite de acampada en el Parque Nacional) comprobando que 2 ó 3 tiendas nos habían acompañado (no se si con mejor o peor fortuna) en esta especie de naufragio terrestre; la nuestra, al menos, se portó magníficamente.

El camino de subida a los lagos de Marcadau (no son los aquí señalados los únicos) se iniciaba a la espalda del refugio Wallon (hacia el W.) entre un balsámico bosque de pinos negros que, recientemente mojados, despedían un olor a Naturaleza virgen. Más arriba, al entrar en el dominio de las praderas alpinas, la visión se ampliaba desde la cara W. de Vignemale a la Gran Facha, pasando por los Pics A´Arratille, Chabarrou, Falisse, Pequeña Facha, Cambalès, entre otros. También se ampliaba la visión sobre las nubes …: antes del Lac Nère (2309 m.) dos chubascos nos obligaron a ponernos las capas. Pero el sol quiso salir radiante al pisar la orilla del Lac de Pourtet (2420 m.), punto culminante del recorrido de los lagos. Se trata de dos hermosos lagos de tamaño medio: el primero, solitario y salvaje; el segundo, bajo las Agujas de Pic Arrouy, un conocido lugar de escalada en roca. Durante el descenso pasamos primero por las cascadas de desagüe del Lac de Pourtet, después por dos lagos pequeños e innominados y finalmente junto a los dos lagos d´Embarrat situados bajo las Agujas de Castet-Abarca. A partir de aquí el camino se lanzaba vertiginoso nuevamente hacia el valle de Marcadau, por el que avanzaba en silenciosa procesión un espectacular mar de nubes que iba rápidamente a nuestro encuentro. El descenso por los bosques del Marcadau entre abetos, pinos y nieblas forma parte de los mejores recuerdos de la travesía.

A mediodía pisamos los praderíos junto al Pont du Cayan (1630 m.), donde almorzamos. Posteriormente descendimos hacia Pont d´Espagne por la margen izquierda de la Gave de Marcadau, es decir, por el Plateau du Clot, en un ambiente casi escocés protagonizado por la niebla. Nuevamente en Pont d´Espagne nos mezclamos con los turistas que, como nosotros, admiraban unos instantes el famoso puente y la impresionante masa de agua que pasa bajo su arco. Poco después iniciamos el descenso que nos conducirá nuevamente a nuestro punto de partida: La Fruitière. No es aconsejable seguir la carretera. Los coches nos pueden molestar pero, sobre todo, nos perderíamos uno de los mejores tramos de este recorrido circular. Así por el Pont de Boussès (1380 m.) pasamos a la margen izquierda (G.R. 10) y a partir de aquí, una sucesión de maravillas nos acompañaron en este descenso de aproximadamente una hora hasta el establecimiento termal de Cauterets. En este camino, no se sabe qué admirar más. La poderosa Gave de Marcadau despliega toda la magia del agua en movimiento a lo largo de cuatro grandes cascadas (cataratas diría yo) y otros saltos y rápidos menores. Miles de toneladas de agua se precipitan con un estruendo tal que, en este camino, casi se hace imposible la comunicación oral, cosa que pos otra parte sería innecesaria dado que, a estas alturas, ya habremos enmudecido de asombro al contemplar los umbríos y oscuros bosques de abetos y hayas que, un común habitante sureño jamás podría imaginar que existiesen.

La niebla que nos envolvía y penetraba con dedos sutiles a través del bosque se resolvió en una persistente y caladera lluvia y la sensación de irrealidad fue ya total, rota sólo cuando nos detuvimos a contemplar la superlativa cascada del Ceriset. El ensueño tocó a su fin al cruzar el puente de Benques junto a la fuente termal de Griffons, cuyo fuerte olor sulfuroso impregnaba todo el ambiente. allí estábamos de nuevo en la carretera (D. 920) y sus coches y, fuera de la protección del bosque, bajo una fuerte lluvia.

aneto

En la segunda curva a la derecha (según se sube de nuevo a Pont d´Espagne) tomamos, por casualidad o intuición, un camino no señalizado que tras cruzar por un puente la Gave de Lutour (junto a la cascada del mismo nombre) remontaba, en fuerte pendiente, por un bosque aclarado por la explotación forestal. La pista moría en cruce de caminos, desde el cuál (tomando la bifurcación de la derecha) pudimos alcanzar La Fruitière en una hora ó menos, no sin antes haber atravesado un espeso hayedo sumido en la niebla.

Así cerramos este bello circuito. Pero una vez más, la lluvia fue protagonista; bajo ella no podíamos montar la tienda en condiciones. Así que decidimos remontar de nuevo el valle de Lutour y pasar la noche en la cabaña de Pouey-Caut, alargando nuestro camino algo menos de una hora. La propina para las piernas tuvo su recompensa. allí, a pesar de algunas goteras, pasamos una tarde-noche descansando y contemplando cómo la lluvia, la niebla y alguna lejana tormenta se hacían dueñas de estos valles y montañas que recorrimos en estos tres días.

 Estamos de vuelta, al otro lado de la frontera nuevamente; también aquí llueve. En el soportal de una cafetería contemplamos cómo gotea el agua de las tejas mientras esperamos que escampe. Un turista se queja con manidos y estúpidos comentarios del persistente mal tiempo y no le presto mucha atención. Me llega, mezclado con el olor de la tierra mojada, el aroma de una chimenea lejana (!encendida en el mes de julio!) que quizás queme madera de roble. Pienso en el tiempo que me queda para volver a vivir las sensaciones de estos días en las sierras y montañas de mi tierra.

A la hora de escribir estas líneas (finales de octubre), el dios de la lluvia no nos ha bendecido.

Datos Prácticos

Dada la claridad en la señalización en el P.N., la descripción hecha en éste relato es suficiente; no obstante, puede ser interesante consultar:

Cartografía: hoja 1647 OT de la serie TOP 25 del IGN francés (E=1:25000).

Bibliografía: tomos II y III de "Pirineos 1000 ascenciones" de M. Angulo, Editorial Elkar


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