Montaña y Naturaleza


Ecología                  Título

por Juan Clavero

Los ríos son cauces que llevan agua, las marismas terrenos inundables y las lagunas depresiones que se llenan de agua. Estas verdades de perogrullo han sido obviadas durante décadas por los responsables de la política hidráulica y urbanística en nuestro país.

En las riberas del Guadalete, Hozgarganta o Guadiaro, en las marismas de Chiclana, El Puerto o Los Barrios, y en las lagunas desecadas de Chiclana y Jerez se han construido viviendas tan ilegales como consentidas, y urbanizaciones y polígonos industriales irresponsablemente autorizados. Todo por alcaldes que ahora piden que se declare zona catastrófica sus términos municipales, cuando lo único catastrófico ha sido la negligencia de las administraciones. Se han construido carreteras, algunas en rebajas preelectorales, que han cortado los drenajes naturales, puentes con una luz que no soporta una mínima avenida, muros que se convierten en trampas mortales ante las trombas de agua. Las Confederaciones Hidrográficas han olvidado que la Ley de Aguas contempla una zona de protección en la riberas de los ríos, zona que jamás ha sido respetada ante la absoluta inoperancia e incapacidad de estos organismos.

El desarrollismo desaforado y la rentabilidad a corto plazo han llevado a desforestar miles de hectáreas en vegas y campiñas. Los encauzamientos han destruido muchos de los bosques de ribera, que son el mejor sistema para frenar las avenidas. Los temporales provocan un autentico alud de fango que arrasa viviendas e infraestructuras. Millones de toneladas de tierra, arrancadas de suelos sin protección , son arrastradas hasta los pantanos, disminuyendo año tras año su capacidad de embalse. Muchos de los que claman contra las inundaciones, políticos y grandes propietarios agrícolas, son los principales responsables de la desforestación de las cuencas de nuestros ríos. La desolación de las cuencas de los Ríos Guadalporcún, Salado de Espera o Iro son ejemplo de lo que nunca se debió consentir. Los vecinos de Alcalá del Valle, Arcos y Chiclana lo están pagando ahora.

Los tecnócratas y las grandes empresas constructoras que diseñan la política hidráulica han centrado sus esfuerzos en domesticar los ríos a base de hormigón. El fracaso es evidente: tenemos inundaciones cuando llueve y restricciones cuando no llueve. Han pretendido encajonar los ríos entre muros, desviar sus cauces, entubarlos o reducir su anchura hasta el ridículo, quizás con el convencimiento que nunca mas llovería. Pero la naturaleza es tozuda y las aguas vuelven a su cauce, ocupando de nuevo su espacio natural. Estas lluvias pueden que sirvan para remojar tanta soberbia ingenieril. En un clima tan irregular como el mediterráneo la política hidráulica debe tener como objetivos prioritarios la ralentización , laminación dirían los hidrólogos, de los flujos de agua superficiales y el aumento de las infiltraciones. La obsesión por los embalses, en esto han cambiado poco las cosas desde Primo de Rivera y Franco, debo ceder paso a un nuevo concepto integral del ciclo del agua. En los ríos de la provincia de Cádiz no se pueden construir mas embalses. El único previsto, el del Hozgarganta, destruiría uno de los valles mas bellos del país. La única opción que queda es potenciar la recarga de los acuíferos, creando gigantescos embalses subterráneos que serán las mejores reservas estratégicas en época de sequías. Resultaría difícil inaugurar un acuífero, y en esto puede que estribe la resistencia de muchos responsables públicos a cambiar la política hidráulica.

Los bosques deben ser considerados como infraestructuras básicas en nuestro sistema hidrológico. Son esponjas que disminuyen las escorrentias, reducen la erosión y favorecen la recarga de los acuíferos.

Mientras que se demanden mas y mas obras para prevenir nuevas inundaciones, se siguen destruyendo nuestros bosques, matorrales y dehesas. La Junta de Andalucia va a dedicar una de cada mil pesetas de su presupuesto, unos 2.000 millones de pesetas, a repoblaciones forestales, cantidad ridícula y muy inferior al valor de los daños causados por las inundaciones. Las Confederaciones Hidrográficas no van a deslindar ni un kilómetro de ribera el próximo año; su usurpación y destrucción aumentarán las probabilidades de nuevas catástrofes .

La conservación y regeneración de los terrenos forestales, la recuperación de los bosques de ribera y el respeto a las zonas de dominio público hidráulico, son los mejores seguros que tendremos para paliar sequías y reducir los efectos de las inundaciones. Es hora de prevenir, no de lamentar.

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