VICERRECTORADO DE EXTENSION UNIVERSITARIA
UNIVERSIDAD DE CÁDIZ
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X Premio de Creación Literaria EL DRAG
año 2000

Poesía PRIMER PREMIO:
“SANTO DOMINGO,27” presentado por Gonzalo Sánchez Gardey
Relato Corto PRIMER PREMIO:
“EL CHARCO” presentado por Izumini Martínez González
Cómic PRIMER PREMIO:
“MANERAS DE VIVIR” presentado por José María Arauz Garzón


PRIMER PREMIO POESÍA
Título: Santo Somingo, 27
Gonzalo Sánchez Gardey

Cansado de mirar al cielo
de dominar triste la acera,
romperás la luz contra tu pecho,
compañero de las sombras paralelas.

Firme en tu blando abrazo de hierro,
separas la ciudad de la alameda,
la lágrima más triste del dintel hacia dentro,
la sonrisa más bella del hogar por fuera.

Forjado de ilusión, trenzado de miseria,
puntual cumplidor de primaveras,
sigue acariciando el aire entre tus rejas,
sigue dejando rocío al mar llorar en tus enredaderas.

La historia de esta ciudad vive en tu calle,
eterna biblioteca de balcones,
sombrero y embozo, reflejo de acero desnudo
bajo el hierro vertical de tus renglones.

Frente a tu mirada, en el camino,
nada más inútil que intentar llevar la vista al cielo,
pues después de doblar la esquina,
de tu rincón entre el sol y la acera,
no queda nada por encima de todo aquello
a lo que sólo pueden responder tus rejas.


PRIMER PREMIO RELATO CORTO
Lema: "El charco"
Izumini Martínez González

Está sentada en el asfalto, casi hipnotizada por el parpadeo secreto de las estrellas. Acaba de llover y un charco de agua sucia le acaricia húmedo las piernas. Sola.

Más allá de la ondulación de sus caderas el bolso yace desparramado e inmóvil, cuvierto de rocío. Agua, cristal difuminado y estremecido, como las lentejuelas desvaídas de su pecho, temblorosas al ritmo de una respiración desfallecida.

Baja la mirada del cielo con un parapadeo turbio y se mira a sí misma recostada en una carretera encharcada, cubierta de rocío y sudor perdido, sin fuerzas siquiera para alcanzar el bolso, con  el corazón latiendo enardecido en su garganta, amargo.

Entre nubes vacías, la luna alarga su brillo por la superficie tersa y pálida de las medias, que le devuelven a la luna un aliento tibio de tiempo vacío e inexorable; un silencio opaco desgarrado por carretillas inoportunas.

Cierra los ojos, con las pestañas empañadas de rimel, lágrimas y agua de lluvia y siente las punzadas de la gravilla en sus codos. Cómo el barro le araña las muñecas y la cubre con una sensación gélida y desamparada.

Intenta mover las manos, agarrotadas e inconscientes, inertes. y así, con los ojos cerrados y la barbilla apoyada débil en el pecho, intenta escuchar el latido de su corazón entre el frío y esa sensualidad desgarrada que la sacude. Contiene la respiración con los labios apretados y el cálido compás de su pecho la estremece entre el viento.

Y el sonido esforzado del motor del coche vuelve a ella con un portazo y el impacto brusco del asfalto contra su cuerpo. Y el último baile de luces en su cabeza, zarandeada por la inercia frente a un charco turbio y salpicado por un cuerpo arrojado desde un coche, el maldito coche.

Su propia respiración jadeante la devuelve a la visión abstrayente del cielo y el horizonte confuso más allá del serpenteo mareante de la carretera. Allí. Una luz. Está muy lejos, más allá del puente y la curva grande. Está todo muy borroso, ahora ha desaparecido, una alucinación o una estrella escondida a la orilla del cielo. Será eso.

No importa. Pero sigue con la mirada confundida en un mar de sombras, al borde del cielo, expectante.

Siente la bruma del alcohol entre cada latido, deslizándose entre su respiración desfallecida, persistente y opaca a cada pestañeo. Turbia.

Había estado bebiendo toda la noche, con ellos. El chofer también había bebido. Casi se matan contra un camión. No hubiera estado mal...

Sonríe y la ironía se le escurre ácida entre los labios. Habría muerto feliz. Cuando el chirrido de los frenos los sacudió frente al camión con un giro brusco, aún vivía embriagada de monotonía y seguridad esforzada. Inconsciente del peligro agresivo de sus ojos negros. Feliz.

Y ahora está tirada en la carretera. Aún tiene las lágrimas ardiendo rabiosas en las mejillas. Ha gritado, ha llorado aferrada a su cuerpo, luego a su chaqueta y al manillar de la puerta. Y más tarde al suelo frío, lejos ya del coche y de la violencia embriagada de su mirada.

Va a volver. Siempre lo hace. Una vez la dejó en una calle de la ciudad, en los suburbios, gritando como un perro acorralado. Y luego regresó en una hora, al mismo sitio, calmado y con la mirada arrepentida.

Suspira aturullada por el recuerdo. Y una desazón de luz de luna le llena los ojos de lágrimas. No puede más. Su pecho vapuleado de incertidumbre la acorrala de rendición con un grito, y los brazos le fallan y siente su cabeza contra el asfalto con una salpicadura de agua embarrada. Tumbada, su espalda abraza la húmeda gravilla con un escalofrío y el cuello descansa expuesto a un cielo cuajado de estrellas.

Sus párpados se cierran con el ardor de una luz en movimiento. Se está acercando. No era una estrella. Es la luz blanca de un coche que ya ha pasado la curva y el puente. Quizá sea él. Abre los ojos con el corazón sobresaltado. Si es él no quiere que la encuentre. Tiene que apartarse de la carretera y esconderse entre los matorrales del arcén. No puede encontarla y llamarla quejumbroso tras una puerta entreabierta. No, porque no podrá resistirse a las promesas de su boca y subirá, volverá a él y a esa ella de la que ahora huye entre lágrimas.

Entumecida, agarrotados sus músculos por el frío y el dolor, se incorpora con un quejido y lanza una mirada desvaida a los matorrales.

Allí, a la derecha, más allá del bolso y la línea blanca. No está tan lejos. Sólo tiene que alargar la mano hacia el bolso y recoger el dinero y el maquillaje, y luego levantarse y dar dos pasos. Sólo eso.

Coge aire. Quiere llenar su pecho de luz de luna y asfalto empapado, fresco. Las nauseas le nublan la vista y golpean su estómago. Maldito alcohol.

El coche está cada vez más cerca, ya se distinguen las dos luces emerger tras una curva. A cuatro patas sobre el charco, roza con los dedos el asa del bolso. Las medias se desgarran bajo la presión aguda del asfalto y los muslos tiemblan desfallecidos. El vestido le cuelga empapado y opaco mientras sobre el charco las lentejuelas desprendidas compiten con el brillo de las estrellas.

Ya lo tiene, lo arrastra hacia sí con una sonrisa de triunfo y alarga la mano a la barra de labios y luego al espejo roto y a los billetes. Y apremiada por el sonido de un motor, se levanta. Su cuerpo, tembloroso y desgarbado, se tambalea sobre los tacones. Siente las rodillas vibrar mientras que toda ella se escurre de agua sobre la piel. Y entonces abre los ojos a la luz de la luna y sonríe desmadejada. Los dos faros emergen de la cuesta con un bramor esforzado de motores. No la va a encontrar, antes de que llegue ella ya estará en los matorrales, sólo tiene que dar dos pasos. Y un rayo de luna se desliza sobre los faros y dibuja en la oscuridad la silueta inmensa de un camión. No es él.

Paralizada, la visión del camión en movimiento tras los faros le inyecta un veneno ácido. No ha vuelto a buscarme. No va a volver nunca, y su pecho tiembla y llora y no se da cuenta de que está de pie en mitad de una carretera, con los tacones clavados en un charco cuajado de lentejuelas desgarradas. Que el camión va a ochenta y en la cabina el conductor está tatareando    una balada. Obcecada en una soledad eterna se estremece inmóvil frente a una luz blanca que la ciega. Está ahí y en tres segundos será nada, pero es demasiado tarde y el cuerpo resignado se entrega, como había hecho tantas veces húmedo entre las sábanas, amoratado entre los golpes y sólo entre el alcohol y el humo ácido de la realidad. Pero aún el alma se retuerce extasiada y araña el pecho para huir de una entrega involuntaria. La última. El bolso se le escurre entre los dedos, rendidos como otras veces, vacíos de voluntad y conciencia, y se hunde aturdido en el charco. Y ella, esclava como tantas veces, recibe con una sonrisa a la muerte, con la misma trágica complacencia de una voluntad atenazada y desgarrada, que aún late en su pecho rendida y pequeña, disminuida por el tiempo y el aliento corrosivo de la impotencia. Impotente. Impotente a la vida y a sí misma. Sola y resignada, a dos pasos del arcén.


PRIMER PREMIO CÓMIC
Lema: Maneras de vivir.
José María Arauz Garzón.