XI Premio de Creación Literaria EL DRAG
año 2001

Poesía PRIMER PREMIO:
“FATIGADO SUEÑO NOCTURNO” presentado por Sergio Castañeira Revuelta
Relato Corto PRIMER PREMIO:
“HISTORIA DE UN ESPEJO” presentado por Juan Manuel Pizano Sánchez
 


PRIMER PREMIO POESÍA
Título: Fatigado sueño nocturno (insomnio)
Sergio Castañeira Revuelta

PARÁBOLA

Clavos de 35 centímetros apuntalados en la vieja madera.
Simbolismos prohibidos en el delgado aire.
Suspiros que llegan a sentir la crudeza de los colores.
En la silla me siento impaciente,
Y espero desde la cocina entrar por la ventana,
El polvo del Ángel,
El polvo del dios caído.
Cisnes que nunca han sido reconocidos bellos más allá de la inútil visión de nuestros ojos.
Algo se acerca desde el suelo hacia mí;
¿Su mano o una sombra negra de mi imaginación?.
Flores pisoteadas que desprenden desde el hostil suelo aromas llenos de olores imborrables en esa frágil y fraudulenta memoria.
En la silla me siento impaciente,
Y espero desde la cocina entrar por la ventana,
El polvo del ángel,
El polvo del dios caído.
 

DIA SUCIO

El semáforo en ámbar
Hoy me sumerjo en un día sucio.
Sus labios y su piel suave sobrepuestos detrás de una sombra chinesca.
Mi mente pensando en la fundición de los cuerpos bajo el agua salada.
Si nada ganado, sin nada perdido, algo huele a podrido en el oasis del invierno frío.
Maravillosos olores a incienso en el recinto de los olvidados.
Palabras que se cruzan sin llegar a tener sentido.
Callejones oscuros.
Escaleras hacia el sótano.
Demagogia llena de esterilidad.
Jarrones rotos con sangre en su interior.
Hoy, sencillamente, me sumerjo en un día sucio.
 

EVACUACIÓN

Necesito espacio en este mundo lleno de mensajes ocultos.
Hay tantos días de soledad en el gigantesco universo.
Creo que el destino me sigue atrapando en las mismas viejas paredes.
Hoy me gustaría estar acariciando cada palmo de tu cuerpo con la playa como fondo.
A años luz millones de estrellas, algunas muertas, otras empezando a nacer para caminar sin compañía alguna.
Siento que podría aparecer en el mismo lugar pero no sé realmente para qué.
La hierba florece ante los espasmos de vida del diablo.
Observo pupilas que se enlazan en el cosmos de segundos infinitos.
Ojalá volvieran esos ácidos verdes del cielo para volar y olvidar la misma melancolía de siempre.
Palpito, miro al horizonte  del océano y sólo veo:
Rayas prohibidas, plantas curativas, deseos inalcanzables, rivales estúpidos, presión y como fondo ese ejército que hace que reprimamos todo lo que llevamos de inocencia en nuestro interior.
 

LA NOCHE DE LOS CUERPOS

La leche quema sencillamente tu piel.
A tu lado veo como puedo sentir más.
Tu aliento forma un perfecto círculo en mi cabeza.
La confusión y el miedo tienen a su lado oscuro de atracción.
La saliva empieza a derramarse por todo el suelo.
Esta noche dejaremos que el vacío limpie nuestros cuerpos de nuevo.
Puede que queramos jadear como perros después de correr.
En el aire partículas que contienen el placer de los gemidos.
Las sombras empiezan a violarse sin escrúpulo alguno.
Tu cuerpo sobre mi cuerpo generando un campo de influencias mientras nuestros átomos se abrazan en la penumbra.
El viento se calma y desde mi interior el odio vuela lejos.
Ahógate en mí una y otra vez.
Todo fácil sin presiones, olvidándonos simplemente de que vivimos.
Entrando con la puerta bien abierta.
El fuego hace desaparecer las absurdas máscaras de la apariencia.
Ahógate en mí una y otra vez.
Y mostrémonos como somos, dos pájaros en busca de esa falsa libertad.
 

ESPIRAL

Todo se cae, se esparce por el suelo de forma vertiginosa.
Espero una señal del cielo.
La lluvia ha limpiado la ciudad de ese aparente ambiente homicida de cotidianidad.
El olor en las calles es diferente, la pureza parece que puede llegar a existir por momentos en la tierra de la falsa alegría.
Las paredes se agolpan detrás de mí, con sus puertas y ventanas llenas de cerraduras y dueños, puertas y ventanas que no miran a ese vagabundo que en un charco tirado no para de balbucear locuras mientras agarra con la mano una botella de vino barato.
En el arco del triunfo la fe se hermana a la esperanza, se visten de amarillo, y van a buscar a las mismas  viejas murallas de siempre que no las dejan navegar tranquilas.
El reloj apunta hacia el norte.
En ese preciso instante escucho a ese pequeño pájaro rojo que sale de mi interior sólo en momentos de soledad.
Ese pájaro me susurra sigilosamente al oído, me dice que desaparezca hacia las montañas glaciales del  amor, que huya hacia esas montañas donde cada paso terrenal es fuente emanante de vida.
Ese pájaro me dice que desaparezca, mientras todo arda sin substancia alguna en los mares alejados del color de la magia suprema, el color púrpura.
 

ATRÁS QUEDÓ TODO

Lejos aparece ya la saliva.
Atrás quedó todo.
La nieve se adentró en tu cúpula repleta de vanidad.
Encima de la pequeña cascada de mi cuerpo cayo al vacío sin ti.
Depresivo el lamento inútil de la mentira.
Mira la niebla, porque me es fácil ocultarme en ella para que no me veas.
En la esquina el diablo esperando con golosos billetes llenos de destino.
Las ramas de un drago se enfrascan en mi memoria llena de cavidades interiores tuyas.
Atrás quedó todo.
La moneda se lanzó en el aire y salió cruz.
El pájaro vuela sutilmente hacia su nido.
En la arena el caballo no cabalga por ninguna de mis venas.
La estrella negra se acercó dolorosamente hacia tus labios.
Miedos, suspiros, adrenalínico amor.
Atrás quedó todo.
 

AUSENCIA

Erecto paisaje gris urbano.
Huellas dactilares tuyas en el espejo.
Lentitud de los sentidos ante la temperatura cálida.
Sombra salvadora de lágrimas.
Manos lejanas, aliento difuminado.
Tu cuerpo en otro espacio distinto al mío.
Oscura suciedad en sábanas blancas.
Alaridos envueltos en girasoles muertos.
Ausencia.
Deseo simple hacia tus labios.
 


PRIMER PREMIO RELATO CORTO
Lema: "Historia de un espejo"
por Juan Manuel Pizano Sánchez

    La madrugada del 18 de Julio de 1933, los italianos Lorenzo Grimaldi y Vitorio Pinazzi caminaban hacia el extremo del muelle de la Bland Lines, en donde les esperaba un hidroavión modelo Saunders-Roe Windover. Llegaron a Gibraltar un mes antes, procedentes de Nápoles. Lorenzo, expulsado de la Escuela de Aviación por indisciplina reiterada; Vittorio, hastiado de la mediocridad de los bajos fondos napolitanos, ansioso por ascender al estatus que otorgan la pitillera de plata y el traje de alpaca.
- Vamos Vittorio, no te retrases. No comprendo por qué siempre caminas detrás de mí.
- Así me cubre la delantera, Lorenzo. No te enfades. Además, el avión no puede despegar sin nosotros- dijo Vittorio, tirando al suelo una colilla consumida hasta las uñas.
    El aspecto de ambos era similar al de cualquier trabajador  de los astilleros, pero debajo del mono grasiento y de la gorra descolorida se ocultaban los cuerpos de dos individuos con problemas. Apenas les alcanzaría el dinero para una semana más, y comer, para ellos, era secundario, acostumbrados a comer poco, ligero y mal, pero lo que era impensable e inadmisible que ocurriese, era el quedarse sin cuartos para tabaco y cervezas en las tabernas de la Main Street. La solución a esta penuria, a esta mala vida aceptada por incompatibilidades con la normal, tenía alas y motor. Si no ocurría ningún imprevisto la suerte de ambos ascendería hasta el cielo abierto, dejando en tierra los aprietos y un lastre de míseras monedas.
    El hidroavión les causó una primera impresión favorable. Tenía buen aspecto, salvando algo de corrosión en el encastre de las alas. Lorenzo no había pilotado un hidroavión en su vida, pero imaginó que poca diferencia habría con un avión convencional. Su carácter optimista y osado supliría la falta de experiencia. Vittorio confiaba  en él, y además, sólo era un avión. El mismo optimismo que les hermanaba, en su caso a veces se tornaba inconsciencia. En ningún momento se le pasó por la cabeza que la operación pudiera salir mal.
- ¿Te quedan cigarros, Lorenzo?
- Sólo tres, y será mejor que los guardemos para más tarde- le contestó éste  en un tono neutro, mecánico. Su atención iba dirigida al mar, a la aún inmóvil y somnolienta bahía.
- Pero es ahora cuando necesito un cigarro, no más tarde- insistió Vittorio, tirándole de la manga del mono.
- Pues te aguantas.
    Faltaban cinco minutos para que llegara la barca con el cargamento. Lorenzo se impacientaba al mismo ritmo que se encendían las primeras luces de la ciudad. El sol naciente ascendía poco a poco por la ladera opuesta del peñón y ya recortaba su arriscada silueta.  En teoría, la noche anterior se ultimaron todos los detalles. El cabecilla de la operación era un genovés nacido en Gibraltar, con modales británicos y la apariencia de un andaluz acomodado. A Lorenzo y Vittorio les resultó cómico el italiano que hablaba, un italiano recién sacado del baúl  de los bisabuelos, arrugado y con un regusto a alcanfor. Más que hablar, leía en sus recuerdos.
    Todo estaba arreglado y no había por qué preocuparse. “¿El hidroavión?. Nada, unas deudas con un colega tangerino”. Y que no, que nadie les negaría la entrada al muelle, “el dinero es la mejor llave maestra y no hay mordaza que lo iguale”. El único inconveniente fue que no quiso desvelar el tipo de carga que iban a transportar. No le dieron excesiva importancia, al fin y al cabo el trabajo de ellos consistía en llevarla hasta Sevilla, en donde les pagarían la otra mitad del dinero pactado.
-Bien, ahí vienen, Vittorio, ¡nuestro dinero!- exclamó Lorenzo al ver cómo se acercaba una embarcación a remos.
    En pocos minutos ésta recorrió los escasos doscientos metros que separaban el puerto de la boca del muelle. El azul plomizo de la noche se diluía gradualmente. Era hora de despegar. El Peñón no contendría por mucho más tiempo la imparable escalada del sol. Muy pronto su luz se derramaría ladera abajo inundando la bahía y entonces las sombras de Lorenzo y Vittorio no valdrían ni una libra esterlina cada una.
    Los secuaces del genovés actuaron con celeridad. Vestían como dos pobres marineros. Uno de ellos abrió el candado oxidado que encadenaba al hidroplano, y el otro, ayudado por Vittorio, metió en el compartimento de carga doce cajas de madera con remaches metálicos.
    Lorenzo ya esperaba a los mandos, tenso, con una expresión triunfante en la mirada. Al parecer, había perdido el miedo a ser descubierto, pues, de buenas a primeras, le gritó a Vittorio que montase, y reía, y continuó gritando que de Sevilla volarían hasta América. Los portadores de las boinas saltaron a la barca, asustados. El italiano se había vuelto loco. “A la América, Vittorio, a la América”. Encendió el motor y acto seguido un cigarro para celebrarlo. Vittorio, para  hacer realidad ese sueño, le gritó estúpido, que aún les tenían que dar el dinero, y esto fue lo que le dijo a los de las boinas, en castellano, “dinero, dinero”, contagiado de la alegría de su amigo, acentuando la sagrada palabra uniendo los diez dedos de las manos. Uno de ellos le entregó a Vittorio un sobre abultado y le recriminó la falta de profesionalidad, y que le no cupiera duda de que iba a dar parte al genovés. ¿A qué tanto miedo, si en cien metros a la redonda sólo estaban ellos y los peces? Subió al hidroplano y Lorenzo le dio a fumar la mitad de su pitillo.
    El pequeño Saunders, trazando una curva cerrada, se separó del muelle y salió a mar abierto. En ese instante ya eran visibles la ciudad de Algeciras y sus montes. El sol coronaba la cima de la Roca. Cuando el hidroavión alcanzó la velocidad adecuada se levantó de la superficie prendido de espuma, hambriento de aire, como un albatros que sale de caza.
- Manuela, habrá que encender el fuego. Está amaneciendo.
- Si, Juan, ya me levanto- contestó Manuela aún del otro lado, incorporando a su cuerpo las primeras sensaciones del día; la luz intuida a través de los párpados, la respiración cadenciosa de Juan, la tibieza del colchón de lana …
    La habitación en la que despertaron Manuela y Juan tenía forma rectangular pero con las esquinas redondeadas, y sólo dos ventanas diminutas, ojitos de buey, por las que se colaban dos columnas de luz, que venían a confluir casualmente en la palangana de latón. Su altura podía medirse con un bostezo de Juan.  Si éste se desperezaba sus dedos alcanzaban el vértice del techo a dos aguas, construído con ramas de enea superpuestas. Las dimensiones de la habitación las imponía en realidad el mobiliario, que no era otro que una cama, un arcón de madera de cerezo, la pieza  más fina y lujosa del ajuar de Manuela, y una silla.
La estrechez y carestía de la habitación, llamémosle ya cabaña, eran compensadas con creces si se echaba un vistazo a través de los ventanucos: alcornoques, quejigos, fresnos, rododendros, y un omnipresente manto de helechos. Un poco más abajo discurría el arroyo del Tiradero, de donde obtenían el agua más pura del valle de Ojén.
Este arroyo fue motivo de discusión entre ellos pocos días antes, por la triste razón de que era el único lugar donde podía acudir Manuela para verse reflejada. El espejo de mano en el que se peinaba normalmente, hacía ya dos semanas que eran meros cristales rotos recompuestos por Juan con muy buena intención pero con escasa funcionalidad. Desde que se casaron, dos años atrás, ninguno de ellos volvió a verse de cuerpo entero en ningún espejo. Juan le prometió uno nuevo pero le pidió paciencia. El carbón picón les aportaba lo imprescindible. Un espejo significaba robarle horas al día, darle una cuchillada al bosque, aunque éste, la verdad, no necesitaba contemplarse en ninguno.
- Venga, mujer, que nos coge el sol aquí en la cama- dijo Juan, remolón, zarandeándola por la cadera.
- Pues que nos coja, hoy es sábado.
- Los sábados también se come, reina. ¿O es que quieres subir al monte por mí?
No, no quería subir al monte, sólo deseaba estar un ratito más en la cama, estirando esa modorra que sigue al despertar, como le había gustado hacer desde que era una niña. Juan le consintió cinco minutos, tiempo que dedicó a acariciarle la espalda con sus manos fuertes y rugosas. Nunca dejaba de sorprenderse al ver el contraste que hacían éstas con la piel blanca y tersa de su mujer.
    Allí, en su espalda, recobraban la humanidad que perdían cuando trabajaban.
    Manuela se dio la vuelta y encaró las caricias de su marido. Aún mantenía los ojos cerrados.
    Sus manos eran las manos de un carbonero, y de tanto tratar con el negro elemento, habían adquirido algunas de sus propiedades, además de una cierta y desagradable semejanza; su piel estaba cuarteada por finísimas grietas en las que se incrustaba el hollín. Ni el agua del arroyo, la más pura, era capaz de eliminarlo. Juan no le daba importancia, era algo natural. Al contrario, se sentía orgulloso de ellas, pues talaban árboles, cortaban ramas, prendían fuego; transmutaban la vida del bosque en calor para las personas.
    Manuela, después de abrir los ojos y de responder a las caricias con caricias, transcurridos cinco minutos de jadeos y achuchones, dio muestras de que aquello era cierto. Era otra forma  de obtener carbón.
    Una repentina explosión les separó y miraron instintivamente hacia los ventanucos. Se levantaron de la cama acelerados por el temor a que se repitiera, pero no se volvió a producir otra detonación. Ninguno de los dos sospechaba cuál podría haber sido la causa, pero sabían que se trataba de algo fuera de los normal. No oyeron ruido alguno que les alertara; la explosión se produjo segundos después de que ambos hubieran alcanzado el orgasmo. Juan se puso pantalones y botas a toda prisa y salió disparado.
    Una fina y oscura columna de humo, dos colinas valle abajo, le indicó el camino a seguir. Cuando estuvo a cien metros de la humareda, y jadeando por segunda vez desde que se despertara, la incredulidad se adueñó de su rostro. Una extraña avioneta, envuelta en llamas, yacía en lo alto de la colina como una enorme cigarra accidentada. Juan corrió hacia ella para socorrer a los tripulantes, pero no hizo falta. Tuvo tiempo de ver, en la pelada ladera opuesta, a dos hombres huyendo del siniestro. Uno de ellos cojeaba mientras el otro lo sostenía por la cintura. “Eh, vosotros”, les gritó. Miraron hacia atrás sorprendidos de que alguien en aquel lugar hubiera acudido con tanta rapidez, pero siguieron adelante con más ahínco. Poco después desaparecieron tragados por la arboleda. Juan sospechó que fueran contrabandistas, si no hubieran esperado para recibir ayuda, malheridos como iban, al menos uno de los dos.
    Al mirar al suelo su sospecha adquirió consistencia. Se agachó, y sus perplejos dedos cogieron un botón de nácar. Había cientos, miles de botones de nácar esparcidos alrededor de la avioneta. En algunos sitios incluso se podían coger a manos llenas. en ese momento llegó Manuela, jadeante también, con los ojos llenos de preguntas. No había tiempo para responderlas. Manuela se quitó el delantal, lo extendió en el suelo y poco a poco lo fueron cubriendo de la increíble cosecha caída del cielo. Cada botón de nácar significaba una futura imagen en el futuro espejo de cuerpo entero que iban a poseer. Las llamas no eran ya tan violentas, pero empezaban a extenderse por los cardos borriqueros.