XIII Premio de Creación Literaria EL DRAG
año 2003

 

 
NADA ES DE TODOS presentado por Sergio Vidal Carretero
 

 

     Las 5.45: no sé cómo, pero gano la partida de billar con cuatro precisos y divinos golpes. Son las 6.05: miro por encima del hombro de mi amigo Carlos. Me explica que tiene que marcar la zona defectuosa de los azulejos, que pasan como días ante sus ojos. 6.25: una desconocida me pregunta la hora muy de madrugada. Me besa, me aprieta le aprieto los pechos. Es Sonia: Sube a casa. Rodamos por la cama, la contemplo: Me encanta cuando está ausente. Alguien llama insistentemente al timbre de la puerta. Miro la hora, las 6.45: Paro la alarma del móvil, me levanto y caigo de bruces reventando en el suelo la bolsa de los sueños. Me he abierto el labio y llego tarde al trabajo. Mientras me visto, preparo un café que bebo por el camino. Me sabe tan amargo como el de todos los días. Y aún la alarma zumbándome en la cabeza. Pienso en Carlos, cómo le irá por Villarreal, en la nueva fábrica. Tropiezo con Sonia al doblar la esquina, me saluda. Le digo que lo del labio no es nada. Se abre la puerta trasera y avanzamos apresuradamente hacia los vestuarios. Pido un cigarro a Mario. Nunca tiene. Pienso en mi cita diaria con la obligación, con la misma puerta, las mismas voces, el camión que espera ser descargado, la rigidez del uniforme, la lámpara del techo siempre parpadeante que amenaza con fundirse y que alguien se niega a cambiar, el olor a pescado de la taquilla de Benjamín, los Pikolinos viejos de Antonio Raluna, el fuerte olor a orín y el cartel de todos los días: No tirar colillas u otros objetos en el urinario. Números 1 es de todos. La dirección. Mis ojos en el espejo. En ellos, el tedio que me consume gramo a gramo. Nuevamente la voz insoportable de Maite. Ya voy, pero sigue. Lo he estado pensando, quiero hablar con ella. Maite, no lo soporto más. Primero, el cambio: me relevas en línea de caja y me incorporas al equipo de repuestos sin consultármelo. Porqué. Seguramente necesitas mi experiencia. Claro, mi experiencia. También será que tengo el espíritu de empresa que has modelado con tus teorías sobre el rendimiento. Ni hablar. Me ofendes cuando empleas esas frases tan miméticas que disimulan mi realidad tan asquerosamente jerarquizada. Además, me revienta esa pragmática tuya, planificada para manipular al último eslabón de esta cadena, que soy yo. Me altera hasta el punto de que siento una extraña, pero intensa sensación de náusea. ¿Lo entiendes? De  vomitarte. De desear que te tragues tu lenguaje de miserabilísima verdad y todo eso que aprendiste en tus cursos de formación. Pero siento que cada una de mis frases tiene el mismo regusto amargo del café. Todas las mañanas me parecen iguales. La gomina se corre con el sudor, se me pega a las cejas, me sonrío, me hundo meticulosamente los dedos en el pelo, los llevo desde la frente hasta la nuca para rebajar la humedad, me limpio las manos en el espejo y lo araño pensando que, de un tiempo a esta parte, no soy exactamente el mismo.

     Hoy es un día de tensiones y nervios, esperamos la visita de los inspectores, algo así como un reconocimiento general que sirve para mantener el buen funcionamiento de los supermercados. Estos inspectores recorren todas las tiendas de la provincia elaborando informes que, si son favorables, posibilitan el estudio de nuevas aperturas. Nosotros debemos cuidar hasta el más mínimo detalle. Los empleados de frescos deben encajarse su gorro blanco, el mandil, los guantes, fingir de vez en cuando una sonrisa, no ausentarse, aunque no haya clientes en tienda, como tampoco retirarse hasta que todo esté recogido, ordenado y fregado. Realmente, son para mí días de extrañas contradicciones. Apretados en sus trajes caros pasean la vista por la tienda y formulan desaprobaciones mediante gestos abiertos, como esos escaparatistas de las tiendas de moda. Esto sobra, eso falta, que hace aquí, debe ir allí. Lo cierto es que cuando hay visita todo se moviliza a revoluciones forzadas, igual que si se le diera con la mano al pedal de una bicicleta, y la rueda girara cada vez más rápido. Y yo me pregunto para qué. A mí no van a ofrecerme ni los buenos días, porque estos virtuosos, tan lejos de mi escalón en la pirámide, no se molestan en mirarme. Cuando vienen los inspectores, nosotros, los auxiliares, somos obligados a doblar nuestro horario de trabajo. Son horas que no me van a pagar, tal vez, me las devuelvan en días libres, pero hay falta de personal y es abundante el trabajo, así que me hago a la idea de que tampoco las recuperaré.

     A las 19:00 el Señor Gerente nos informa: La cita con los inspectores se ha aplazado para mañana. Nuevamente doblamos y nadie protesta. Yo, al final de esta jornada, me encuentro con la almohada doblada bajo la cabeza, fumándome a deshora las volutas de mi tiempo libre, dando vueltas y vueltas a los números de mi nómina. Busco lecturas diferentes, más justas, más honestas, porque hay cosas que no logro entender. Me pagan mi salario base, la parte proporcional de las pagas extras que me corresponden, e incluyen, además, mi cotización por desempleo y la retención del I.R.P.F; en total, suman los devengos un total de 457, 81 €. Pues con las deducciones pertinentes, se resume mi trabajo en la cifra exacta de 419,35 € mensuales. Lo que yo me pregunto es cuánto aumentarían mis números si me ofreciera entero, quiero decir, cuánto valdría yo en mi totalidad. Cuánto cotizaría mi estancamiento personal, a qué precio mi cansancio físico y espiritual, porque la columna de conceptos no incluye mi empeño y mi entrega ¿Qué hay de mi motivación? ¿Qué de mis aspiraciones consumidas? Me gustaría saber por qué no me pagan la buena persona que soy, mi buen humor, mi compañía. ¿No puedo acaso exigir un plus por las posibles secuelas capitalistas y, otro, por los ápices de alienación, que se incrementan con cada renovación de contrato? Nada de esto tiene valor. Y no encuentro el sueño pensando en que no me han llamado para la entrevista los de Recursos Humanos. No sé si quiero firmar el contrato indefinido. Por otro lado, no estoy en condiciones de rechazar oportunidades como ésta. Atravesar la frontera de los treinta es una peligrosa aventura de la que empiezo a ser consciente. De todos modos, me lo he ganado yo, me lo he merecido, ha sido un año de esfuerzos que ahora se me recompensa.

 

     He llegado bastante temprano. Antes que mis otros compañeros y me he puesto a ordenar el almacén no he dejado de pensar en lo poco que sirvieron mis intentos de ayer por llenar al máximo todos los pasillos. La tarde entera, hasta el cierre, la pasé reponiendo, frenteando, montando de nuevo las pirámides y arreglando el desorden que la clientela había dejado en las horas fuertes de venta. Hoy lo mismo: el camión, desmonta, repón la mercancía, ordena el almacén, vuelve por la tarde, que no me preocupe, me lo devolverán en días libres; que estoy acumulando puntos para mi puesto fijo en la empresa y que ya está concertada, para la próxima semana, mi entrevista con los del Departamento de Recursos Humanos.

     Mi trabajo consiste, básicamente, en restablecer el orden del supermercado. Es una labor sencilla, mecánica, diría yo, que sólo requiere rapidez y constancia pero, también, es la receta más insípida con la que agotar el tiempo muerto de las primeras horas de la mañana. Me gusta perderme en los pasillos. Recupero recuerdos y les doy nuevas formas. La amena monotonía de mis horas en la caja dio para mucho; nueve meses de saluda, contabiliza los artículos, cobra, efectúa el cambio, despide al cliente, sonríe y de  repite lo mismo cientos de veces. De todas las horas, la sobremesa era el momento más aburrido, aunque yo tenía mis propios sortilegios para evitar los frecuentes ostracismos. A veces, pasaba un cliente y retenía mentalmente el importe de su compra. Las cifras me evocaban diferentes fechas y me ayudaban a rememorar las heroicas horas con los amigos o las citas importantes. Otras veces se me acercaba Sonia, víctima también del aburrimiento, y me hacía llegar algún cotilleo mutilador sobre el gerente.

     Hablábamos bastante de la relación que manteníamos con la clientela. El continuo roce nos permitía analizar el carácter de las personas, su templanza, su paciencia, la voluntad, sus gestos cuando hablaban, cuando escuchaban, su modo de mirar y, ciertamente, éramos todos muy diferentes. Por el tipo de compra se evidencia, también, la personalidad de cada uno: que si el champú, este detergente no, mi ropa es delicada, suavizantes concentrados; la leche President para paladares exquisitos, el pan de leña, jamás la masa ultracongelada, en fin, cada uno se dibujaba el perfil que quería con la enorme variedad que les ofrecía  Números 1. Sonia y yo solíamos pensar en cómo definiríamos a nuestro cliente ideal. Pujábamos sobre los ojos más maravillosos, la nariz más atractiva, la voz más profunda, qué inquietante boca recortaríamos y qué cuerpo vestiríamos. Mi cuerpo ideal era de cintura no demasiado estrecha, pero apretada, con los muslos ni blandos ni duros, pero con un contorno suave de caderas. Por eso, me encantaba la nieta de Doña Inés. Sonia, por esa dulce mezcla de celos y orgullo, me la devolvía con Pacual, el monitor de Allmuscle. Apoyaba la barbilla en mi hombro y perdía la mirada en sus impresionantes bíceps. Pero hasta yo, que me considero hetero cien por cien, me sentía irreverentemente atraído por el equilibrio de formas que subía desde sus femorales llenos, a los altos trapecios que casi alcanzaban el lóbulo de las orejas. Ahora bien, el rostro más envolvente de este hemisferio urbano era de Eva, la sustituta de la Expert People, aunque, en cierta manera, necesitaba del anhelo fetichista de Leonor, toda una mujer Cosmopolitan. La simbiosis de ambas, en cambio, daba una  resolución perfecta: la belleza de una chica de a pie, fundida con el glamour más elitista. Se dotaban, de este modo, sus nutridas curvas con la precisión del detalle, por la decidida apuesta del juego tenue de luces, en el matiz calculado de la arruga, y por la influyente extravagancia de quien se siente diferente en cada momento del día. En otro sentido, este organismo que estábamos creando, necesitaba una bomba que latiera con fuerza y que lo mantuviera vivo. Serviría el corazón de cualquier madre primeriza. Pero también se nos antojaba la educación y las buenas maneras (que ya quisieran nuestros subordinantes), con las que Don Julián, Catedrático de no sé qué Universidad, se dirigía a nosotros. Y, de un modo cómico, modelábamos las manos de nuestra criatura con dedos de diferentes personas, le rizábamos el pelo de la nuca y le alisábamos el flequillo, incluso le llegamos a incorporar un lexicón que registraba desde las voces más arcaicas del caló hasta los ribetes palatinos del vuestra merced, todo ello con el retoricismo barato de los políticos más recientes y la pronunciación heroica del vallisoletano. De este modo, triunfábamos en un intento de evasión hasta que llegaban de nuevo los clientes.

     Pero la monotonía –que me subía por las piernas como el musgo- no era sólo el resultado de la feroz transformación del tiempo. Era una reformulación continua. La insistencia de los colores, de los ruidos, la repetición de las formas, la continuidad del brillo del suelo, el olor a pan del horno, las voces, las ropas, los movimientos del personal y los mismos clientes, que era, en resumen, la fría estrategia con la que la empresa atraía al cliente y que, de algún modo, prefabricaba su consumidor ideal. Aparentemente, los esquemas de venta son diseñados para que el comprador se beneficie. Es la función esencial de las ofertas, que buscan al comprador en los anuncios de televisión, lo esperan al salir de casa, en la parada del autobús, lo asaltan al encender la radio, porque a muchos nos atrae eso de escatimar lo máximo posible en la compra. Lo que ocurre es que, raramente, los primeros días de una promoción, los artículos rebajados registran el nuevo precio. Vienen aquí las amables señoras y se dejan querer creyendo que ahorran. Luego, pasan por caja ignorando que no sólo no se benefician, sino que, además, se perjudican,  porque pagan los artículos en oferta al precio que marcaban antes de la promoción. Como la cantidad es de un valor mínimo, acaso 3 céntimos, por no parecer mezquinas, ni siquiera se molestan en reclamarlo. De este modo, la empresa se embolsa el beneficio -un beneficio capaz de multiplicarse con el de cada sucursal del país- y los clientes se marchan sonriendo, pensando que un error lo tiene cualquiera, que el chico o la chica de la caja no son culpables de nada. Pero desconocen a todas luces que ésa es su pequeña contribución a las arcas infinitas de los que no tienen rostro.

     Y entre tantos recuerdos vagos me percato de que ya estamos cerrados, de que el día se ha ido, que ya sólo quedamos en tienda, Sonia y yo. Los responsables cierran, mientras tanto, balances en oficina. Voy con retraso pero es poco lo que me falta. Ella está terminando de arquear la Caja Central y de ordenar las retiradas de fondos. Me gusta pensar que la belleza de Sonia tiene algo que ver con la de los ángeles. Su cara es delgada pero preciosa. Cuando separa sus labios descubre una ligera desviación de la dentadura con respecto al mentón, que le hace siempre esbozar una media sonrisa. Me gusta contemplarla en silencio. Por un descuido rompo un bote de cristal. Sonrío al mirarla y advierto que tiene abierto el cajón de los archivos y hojea algunos documentos. Siento repentinamente un fuerte ardor que me sube a la garganta. Camino hacia ella dejando atrás los cristales rotos. Levanta la cabeza para mirarme y con el rostro contraído le pregunto si tienen ya los cuadros de los horarios de la próxima semana. No dice nada. Me los deja delante, me pellizca la barbilla y se marcha. No me renuevan el contrato. Debería estar en los cuadros, como todos los demás, y no estoy. Me dijeron que el Departamento de Recursos Humanos me había aceptado para la entrevista. Me han mentido. Me han mentido como a tantos otros. Guardo toda mi indignación en la maleta dejando que se arrugue con el uniforme y salgo sin decir adiós.

 

     La noche ha sido algo parecido a una boca silbándome sin cesar al oído. Apenas he pegado ojo. Como de costumbre he salido de casa sin ver el color del día, pero ver el cielo tan despejado y lleno de estrellas, me hace sentir bien porque pienso en el sol que me espera al salir del trabajo, y me empuja a cumplir un día más con mi rutina. Me siento muy cansado. Ya es el tercer día que doblo, mi contrato ha terminado y nadie me da una explicación. Hoy no pienso subir. Esperaré aquí en los vestuarios hasta que llegue el gerente. Necesito un porqué. Maite me ha increpado y le he dado con la puerta en las narices. Hoy no: soy una calle cortada. Al entrar he visto que mis compañeros estaban montado un enorme estante en cada cabecera de pasillo con el lema: “Una manzana por la vida”. Otra campaña contra el hambre. Por la compra de una manzana colabore usted con los niños del Tercer Mundo. Hombres y mujeres llenan sus cestas rojas con el fruto verde sin preguntarse qué pensarán las madres de esos niños acerca de la caridad ¿Por qué no se les envía directamente la cantidad que se gasta la empresa en comprar esas manzanas? Es obvio. La empresa gana el triple de lo que aporta. Pero el cliente no lo entiende. Su compasión se activa con la palabra “ayuda”, lo que refuerza aún más el lazo que una la miseria y la misericordia. Ayude al pobre. Ayúdenos a ser más ricos. Tan absorto estaba en el humo de mi cigarro que el señor Gerente ha entrado en los vestuarios y ni lo he sentido. Por su cara, deduzco que Maite debe haberle puesto al tanto de la situación. Tampoco hay seguridad de que vengan hoy los inspectores. Esto es el colmo. Querrá que eche horas extras de nuevo. Me agradece infinitamente mi esfuerzo pero todo sucede demasiado rápido. Le he levantado dos veces la voz, me pide que me calme. Interpone que los de Recursos Humanos rechazan la propuesta argumentando “falta de eficacia”. Solicitaron los cuadros sobre mi productividad. Pocas veces superabas los 1.000 artículos por hora estimados para la línea de caja, me dice. Me defiendo: el problema no es mío, es la falta de personal, la sobrecarga de trabajo. Lo entiende todo perfectamente, pero que el asunto ya no está en sus manos, y que el informe de Maite tampoco fue favorable. Claro, Maite. Advertía en su voz, como un eco cavernario, el perfil del pequeño empresario, la rigidez de sus planteamientos, la inquebrantable constancia, su sumisión ante esta espiral en la que, como en la cola de un látigo, solamente peligran los últimos. Me ha explotado igual que un negrero anónimo siendo consciente, además, de mis estipendios, de todo lo que se me ha exigido a cambio, de los desagravios de los subordinantes, que me han tratado como un improbable recuerdo, como si yo fuera el hueco que otro ocupara con mi misma resignación. Yo, que buscaba iracundamente la estabilidad y la frágil prosperidad, me entregué, y mi candidez resultó ser su mejor arma, y mi necesidad su mejor pretexto. Me han estirado y desgarrado el sudor a cambio de nada, en todo este tiempo no he recibido una simple frase que me gratificara por mi empeño o que me agradeciera el tiempo que les he dedicado.

     Todos estos pensamientos fluyen con demasiada rapidez y siento que empiezo a marearme, pero él continúa hablando. Señor, le digo, soy puntual, eficaz, cumplo con mis obligaciones, respeto el espíritu de la empresa, busco la mejoría. Le prometo esforzarme en todo lo que haga falta. Necesito este trabajo ¿No me entiende? No puede decirme que la decisión está tomada ¿Lo lamentamos? ¿Quién? ¿Todos? A Maite no le importo una mierda ¿Y a mis compañeros? Qué más les da a mis compañeros que yo me quede o me vaya. Desean correr la suerte que no he tenido. Ya acostumbrados a ver cómo van y vienen los frustrados como yo, como todos ellos. No pienso calmarme. Qué ocurre ahora con todo eso que me explicaron sobre el espíritu de empresa. Todos éramos la empresa ¿verdad? y formábamos una parte fundamental de ella. Ahora entiendo esta ilusión, esta gran mentira de circo. Aquí nada es de todos ¿Verdad? Solamente es una máxima que fortalece el rendimiento. A fin de cuentas, es lo que a usted le interesa. Míreme ¿Dónde voy? ¿De qué viviré? ¡Un año trabajando para usted y ahora no es asunto suyo! No quiero el dinero del paro, no quiero que me vuelvan a llamar dentro de seis meses. ¡Necesito ahora esta maldita estabilidad! ¿No lo entiende? No tengo futuro. No me diga más que me calme y quíteme la mano de encima. Sólo espero no volver a verle jamás.

     Un sabor agrio me llena la boca y la garganta se me inflama. Tratando de quitármela, rompo la camisa entre gemidos y me desprendo de ella. Se la tiro a los pies llorando y retrocede impulsivamente. Me dice temblando que debería irme a casa y descansar. Que vuelva otro día más relajado para firmar el finiquito. Por supuesto que me voy a casa, le digo con la voz rota y sin poder contener un llanto de vergüenza, de derrota, de final. Abandono los vestuarios y subo las escaleras. Me ordena a voces que me ponga la camisa, le digo que apesta tanto como sus vestuarios. Y pienso que él también apesta. Salgo a la tienda con la corbata arrugada en la mano. Veo a Maite observándome de lejos. Me bajo los pantalones y los dejo en los congeladores. El frío que sale de ellos se me enreda en los muslos. No logro escuchar qué me dice, pero me señala violentamente. He perdido el control. Todos me miran. Quisiera explicar mis razones, pero no me salen las palabras. Deseo que me comprendan, que me apoyen. Siempre pensé que la mejor forma de llevar a cabo una protesta laboral era atacando a la propiedad privada, que con el elemento fuerte, el diálogo no servía, pero empezaba a entender que otras formas eran posibles. Sonia me mira asustada cuando llego a la línea de cajas. Le digo: Ya ves, dejamos de ser compañeros, es hora de que me vaya. Puedes ver lo que queda de mí bajo el uniforme que me ha deshabitado tanto tiempo, que me ha ocultado como una segunda piel, la de mentira, la piel que no es mía, que es de otro. Sonia, ya no soy el minúsculo tornillo de esta maquinaria. ¿Sabes? Después de tanto tiempo, tengo la convicción de que no sé absolutamente nada de ella. No quiero más inyecciones de miel, no quiero más prólogos para más finales de contrato.

     Y avanzo hacia fuera. A dos pasos de la puerta me detengo. A través de los cristales entra la luz del día confundiéndose con la de los fluorescentes. Me bajo el slip y quedo completamente desnudo, helado y satisfecho. En ese momento, se abren las puertas y entra la comitiva de los inspectores. Ni siquiera me miran a los ojos, pero contemplan fijamente el monstruo que tengo entre las piernas.

 

-Buenos días –les digo cortésmente. Estábamos esperándoles. Números 1 les da la bienvenida.

 

     Y me aventuro al exterior temblando. Y el humo negro de los coches se mete en mi boca, y los semáforos se pierden en el horizonte gris del asfalto. Me miran desde otros comercios, las bocas se acercan a los oídos hablando con toda seguridad de mí. Las señoras cambian de acera. Se preguntan el porqué, se ríen, me señalan, otros me aplauden. Pero yo no miro a nadie. Me alejo pensando que todo tiene un precio y que no sé hasta qué punto me repercutirá en otros trabajos futuros. No me preocupa, estoy a tiempo de marchar a otra ciudad, con Carlos, por ejemplo. Tal vez no sirva para soportar imposiciones tan férreas. Miro al sol entendiendo la brevedad de todo y que, yo solo, con mis pensamientos efervescentes, me ataba de nuevo la eterna cadena que acababa de romper

 

Sergio Vidal Carretero