XIV Premio de Creación Literaria EL DRAG
año 2004

 

14/12/2004 Reunido el Jurado del Premio de Creación Literaria EL DRAG, formado por la  profesora Nieves Vázquez y el escritor Manuel Ruiz Torres,  decidió otorgar el premio a la obra "El trenillo" de Jacinto Gutiérrez Arévalo. Si quieres ver el acta, pulsa aquí. Por su especial valía el Jurado recomendó la publicación en esta web del poemario La Ciudad del Duque de Guillermo Portillo Sharfhause. Pulsa aquí para leerlo.

 

 

 

 

 

EL TRENILLO presentado por Jacinto Gutiérrez Arévalo
 

            El trenillo no paraba en mi pueblo. Hoy, seguramente, mi nieto preguntaría de inmediato: “¿Por qué no para el tren, abuelo?”. Pero entonces, sobre el año cuarenta y ocho, los niños hacíamos menos preguntas que ahora.  El sol se ponía y con él íbamos a la cama sin protestar, o eso hubiéramos querido, porque los inviernos en La Mancha hacían pasar frío al hielo. Los sonidos de mi infancia han dejado de existir, como se fue ella fuéronse : los redobles de los cascos de las caballerías al pisar las calles empedradas, las esquilas de las ovejas y el tolón de los cencerros vacunos, el chascar del pastor y el silbido del vaquero, el timbrecillo trémulo de las bicicletas de guardabarros y transportín, el ¡agua fresca! ofrecida por el bendito aguador en los veranos tórridos en que sólo se podía vivir de amanecida, las campanas serias y cadenciosas de la muerte, las alarmantes de a rebato, las jocosas de las fiestas, las horarias tan monótonas y aburridas, y el silbido inconfundible y lejano del trenillo que unía la minera Puertollano con la vinatera Valdepeñas.

            El tren de vía estrecha que no paraba en mi pueblo, lo hacía a tres kilómetros, en el apeadero de Granátula de Calatrava, que era y es como se llama mi pueblo. La razón por la que la estación de Granátula estaba a tres kilómetros era que a esa distancia estaba, y seguirá estando, la explotación agrícola de don fulano. De tal modo que para montar en tren teníamos que recorrer más camino las casi dos mil almas que por aquel entonces poblábamos el municipio, que las ovejas, el trigo y la uva de don fulano.  Lo bueno del trenillo era que no lo veíamos, esquivaba los contornos del pueblo, pasaba por unos carrizales, luego se metía entre peñas y todo lo más, y eso sólo lo podían decir los que tuviesen mejor vista, se le podía ver hecho un juguete en la lejanía borrosa cuando doblaba su tamaño al reflejarse en las charcas del común. Cuando salía de las peñas, si estaba de turno Sebastián, el hijo de La Paquira, aquél saludaba a ésta con tres pitidos largos y tres cortos, y así quedábamos saludados todos los del pueblo, porque Sebastián por mucho que fuera el hijo de La Paquira, después lo era de Granátula, y Granátula lo éramos todos como decía el señor cura a la hora de pedir dineros para lo que hiciese falta: “No pido para mí, ni para la iglesia, os pido para vosotros mismos que sois la verdadera Iglesia de Dios. Amén”, y como iglesia e Iglesia dichas de viva voz suenan igual, pues la gente se rascaba los bolsillos sin entender mucho de aquello y , velados los ojos con la venda de la fe, depositaban los cuartos en el cesto del cura, que ese sí que era solo y exclusivamente de él. Distinto era cuando a lo lejos, la chifla triple y bien larga seguida de la trina corta se hacían oír. Entonces sí que estaba claro que todos quedábamos felizmente saludados y honrados de saber que uno del pueblo iba en los puestos de mayor responsabilidad del ingenio mecánico más portentoso creado por el hombre hasta la fecha, como así lo había llamado el Ingeniero Jefe el día en que se hicieron los discursos solemnes y el señor Gobernador Civil de Ciudad Real en persona ofreció las tijeras de plata a la marquesa de Las Lagunas de Ruidera para que nos hiciera el honor de cortar la cinta rojigualda que permitiría a la locomotora comenzar su andadura entre Puertollano y Valdepeñas, llenando aquellas tierras de bienaventuranzas y progreso imparable para todos. “¡He dicho!”, y tire vuestra excelencia la botella con más fuerza. Catacrash; “Y que toque la banda ¡Maestro!”. Yo creo que fue aquella la primera vez que vi llorar a mi padre. El tren de vía estrecha hizo su primer viaje entre las dos cabeceras de partido a velocidad de marcha. La gente se apiñaba en los pueblos por los que sí pasaba y paraba, y los vendedores de arropías, pirulíes de la Habana, cotufas y manzanas carameladas hicieron su agosto, en abril. Y el único que no vendió nada como de costumbre fue El Agustinín, que vendía los helados más malos del mundo y que trataba de llamar la atención de la clientela gritando desde su carrillo: “ De uno en uno, que no me entiendo. ¡ El heladero! A perrilla, a perrilla. ¡Cu-cu!... De uno en uno... “ pero ni por esas conseguía endosar una bola de escarcha coloreada a ningún paisano. “¿Qué querrán por una perrilla?” se iba diciendo de mal talante, pedaleando en su carrillo hasta el pueblo siguiente. El maquinista, don Serapio, que era vasco y mal hablado, sacrílego y soltero, se salvó del apiole en la Guerra gracias a sus conocimientos en máquinas de vapor y, aunque cada vez blasfemaba menos, mantenía la soltería a capa y espada y así vivía cómoda y holgadamente. Fogoneros había cuatro, entre los que estaba Sebastián, el de La Paquira, al que don Serapio permitía el juego de la chifla, a la que sólo él tenía derecho, por ser conocedor de que al marido de La Paquira, El Paquiro, sí lo fusilaron contra una tapia porque al parecer era de ideas y no tenía una profesión que lo hiciera imprescindible en aquellos tiempos de ganapanes en que la vida de un cerdo tenía más valor que la de tres hombres.

            A la banda de música de Tomelloso le buscaron acomodo en el último vagón, un escenario rodante sin más techo que el cielo escrupulosamente azul de abril. Estrenaban uniforme, y se notaba cierta rigidez de movimientos en los músicos de viento, que suelen ser los más atildados y presumidos en las bandas de pueblo. El director no encontraba su sitio. Hubo  de renunciar a la peana por temor a una caída grotesca, desmerecedora de tan regio acontecimiento, que podría haberle sobrevenido en cualquier parada o apeadero en el que hiciese alto el convoy de manera brusca, para recoger los ramos de flores que entregaban las bellezas locales, que iban siendo depositados en el último vagón, junto al gordo Lumbreras, que tocaba el bombo mientras sudaba a chorros bajo su gorra azul azafata viendo cómo se estaba poniendo aquello de abejas con tanta flor. A la par que la guapa ofrecía las flores, subía a bordo del trenillo una representación local de lo más florido del lugar, es decir: alcalde, cura, boticario, médico, comandante de puesto de la Guardia Civil... y junto a ellos, el cronista oficial del pueblo que fuese voceaba unos versos para terminada la copla bajarse corriendo del tren del progreso azuzado por los prebostes. Ahí fue cuando mi padre se echó a llorar.

            Hasta el apeadero de Granátula habíamos ido las casi dos mil almas que habitábamos el lugar en procesión, cargados de pan, embutidos, quesos, vinos y pasteles. El alcalde sacó un bando, que como tal fue leído a gritos por El Tenorio, nuestro pregonero, según el cual, se hacía saber que: de orden del señor Alcalde, con motivo de la inauguración de la línea férrea Puertollano-Valdepeñas, se da solaz al personal obrero, oséase a los currantes (tradujo El Tenorio), y se advierte que si bien no es obligatoria la asistencia al evento, sería muy, pero que muy conveniente que todo aquel lugareño al que la salud no le impida moverse, acuda a saludar al cortejo en el que ni más ni menos vendrán el señor Gobernador Civil de Ciudad Real y señora, el señor obispo y sobrino, teniente coronel del acuartelamiento “Valor y Coraje” y señora, así como alcaldes, curas, boticarios, médicos y comandantes de puesto con sus respectivas señoras y sobrinos, ... si cupiesen, de todas aquellas poblaciones por las que el tren tenga a bien pasar (Vamos, que se pasará lista, volvió a terciar El Tenorio). Las banderas y banderines salutatorios se podrán recoger a partir de las tres de la tarde de mañana, dejando dicho bien claro de parte de quién se va y cuántas enseñas se retiran por familia. Las citadas banderas se devolverán al día siguiente del evento en el mismo estado en el que se entregaron, oséase, bien limpias y planchás. Es voluntad mía y del Caudillo que así se haga y deseándoles un muy feliz día de asueto, les saluda  afectísimo su alcalde, que lo es y será por muchos años si Dios le da salud y gobierno.

            En Granátula de Calatrava a diecisiete de abril del año de gracia de mil novecientos cuarenta y ocho.

            El Alcalde: ¡He dicho!- dijo el Tenorio por él mismo y por el alcalde.

            Mi padre se había echado a llorar abrazado a mi madre. Mientras, pasaba el trenillo a los acordes del pasodoble compuesto en honor de Martín Lalanda, con un cada vez más alterado Lumbreras en el vagón trasero, casi cubierto de flores y sobrevolado por un verdadero enjambre de abejas golosas, y un director de banda que se había quitado los zapatos por el calor, y que sentado con los pies colgando canturreaba la letra del inmortal pasodoble, en tanto dejaba atrás los racimos de cabezas humanas y las banderitas rojigualdas que a lo lejos se veían reverberar. Yo no sabía por qué mi padre se había echado a llorar abrazado a mi madre. No sé si era porque él era el maestro del pueblo y no lo habían invitado a subir, o si se emocionó al ver la máquina de acero alemán pintada de negro brillante con los vagones de madera pulida pintados de verde botella y los estribos rojos, detrás. O porque le entró algo de humo en los ojos. El caso era que allí estuvo llorando como una Magdalena hasta que se le pasó la llantina y se agachó para tomarme en brazos, pese a mis buenos diez años cumplidos, y decirme:

            -Hijo mío, ya viste lo que hicieron con don Román, el cronista. No lo dejaron ni terminar, En este país las letras irán siempre a pie para que desde el tren del progreso sirvan de mofa y diversión a las gentes que viven de cultivar la incultura del pueblo.

            Aquello me sonó a chino, porque yo tenía muy claro que si mi padre había sido maestro, y mi abuelo, y mi bisabuelo, pues que yo también habría de serlo algún día. Pero con el tiempo me di cuenta de que él me prefería ver muerto antes que dedicado a la enseñanza.

            Después de muchos años, cuando tomar el tren de vía estrecha seguía siendo una fiesta pero no tanto, le pregunté a mi padre, mientras íbamos en la tartanilla que le prestó Andrés camino del apeadero con los ojos puestos entre las orejas tiesas de la mula, y las narices despejadas y frescas por el olor de la menta y la mejorana, que por qué se había echado a llorar aquel día. Y entonces, de buenas a primeras me pasó la bota de blanco y la cigarrera donde guardaba los porros de caldo de gallina, y diciéndome que sabía que fumaba, me habló del examen que yo habría de hacer al día siguiente en Valdepeñas después de dormir en casa de la tía Petra, de la puntualidad y el escrúpulo con los que debía actuar ante el tribunal, de la concisión y retórica de las que debía hacer gala para salir airoso de la prueba, de que me jugaba la vida entera ante aquellos tres hombres, de que tras Valdepeñas, estación final del trenillo y de mi Bachillerato, había que ir hasta Alcázar de San Juan para engancharse a la vía ancha y sin límite que me llevaría a Madrid, a la Universidad y al auténtico progreso que no era otra cosa que la comodidad en su más amplio significado; y que se hartó de llorar aquel día de banderines obligados y fulanorras engalanadas por todo lo que él y mi madre iban a dejar de hacer en sus vidas, que no era otra cosa que vivir; y que allí, abrazados, llorando mientras se alejaba el trenillo con el gordo Lumbreras aporreando el bombo con tanta saña como si estuviera aplastando abejas enloquecidas, decidieron invertir sus vidas en la mía. Esa fue la segunda vez que lo vi llorar. Y no sé si fue por el humo ladino del porro de caldo de gallina que se le metió en los ojos. O si fue porque pese a su agnosticismo, o precisamente por ello, al final terminase dándome una estampita de San Pancracio y otra de Santo Tomás de Aquino que mi madre se había empeñado en que yo llevase al examen. O porque sabía que su hijo sí iba a coger el trenillo al que él y su mujer no pudieron subir, y que lo haría en representación de ellos, de su estirpe de maestros muertos de hambre.

            Allí quedaría La Mancha, más cruel y nítida que nunca, vista desde la lejanía; una mancha putrescente en el horizonte sin fin de Castilla, sobre la que se elevaba la figura del hombre pardo y su parda y escuálida caballería. Y hoy, viajando desde Madrid a Sevilla, curiosamente en un tren que casi no toca los raíles en su vuelo, se me fue la cabeza al pasar por tantas ciudades en las que este ave no para. Y me acordé del trenillo de Granátula, que al menos paraba a tres kilómetros, al montarse en Córdoba una chica delgada y guapa que no sé por qué me recordó a mi madre. Tras pasar de largo ante las caras rijosas de los ejecutivos de vaivén que se la comían con los ojos, tuvo la deferencia de sentarse a mi lado, seguramente por las canas y la medio sonrisa melancólica que de seguro le debí mostrar, y se quedó dormida de puro cansancio sobre mi hombro en menos de cinco minutos, desparramándome sobre la hombrera de la chaqueta su cabellera clara que olía a maderas y a fruta y al hombre que la estaría esperando.


La Ciudad del Duque presentado por Guillermo Portillo

 

PREGÓN DE CARACOLES

 

Caracoles.

Vendo rubios caracoles

de secos cañaverales

amarillos como soles.

 

Chiquitos pero sabrosos...

Que son los gustos carnales

los que son más peligrosos

y no es mala la advertencia...!

Vendo baratos y hermosos

para comer con paciencia

caracoles...

 

Y si es mucha la querencia

tengo escogidas cabrillas.

No hace falta mucha ciencia

para lograr maravillas

haciéndolas con tomate

y un poquito de hinojo...

 

Cabrillas y caracoles.

Caracolillos de antojo.

Niña, tate

compra que me doy el tole...

 

EL BUSCADOR DE ESPÁRRAGOS

 

La gorrilla sobre la tez cetrina.

La lona atada fuerte a la cintura

para llevar la carga bien segura

en el zurrón de palma en que termina.

 

Va ofreciendo, pausado, la marina

masa de brotes verdes y se apura

cuando ve al comprador que se apresura

y hacia el coche, insensible, se encamina.

 

Sujetos por las cintas de palmito

vendió, por fin, tres mazos apretados

de jugosos espárragos trigueros.

 

Deja el cruce por que ha marcado un hito.

Mañana, Dios dirá, que son contados

para comer caliente, los dineros...

 

EL QUE COGE TAGARNINAS

 

Si tanto sufre el uno con la espina

de la tupida y densa esparraguera

viendo los tallos nuevos desde fuera

sin encontrar un hueco ni una esquina

 

peor lo tiene el que sin disciplina

con escardillo al hombro, a su manera

con paso y golpe, hace carretera

del campo, por coger la tagarnina...

 

Espinadas las manos al limpiarlas

no tiene fuerzas ya para alabarlas

para la berza, en singular provecho.

 

Y como es negra la venta en este oficio

sólo, a veces, le queda el beneficio

de comerlas, con rabia y con despecho...

 

PERCHERO A LA FUERZA

 

Condenado a ejercer como perchero

porque hay que ganar algo en la jornada

sin resolver, al fin y al cabo, nada

o menos que el espárrago triguero

 

no es el mayor desastre el del dinero

ni el engaño, la huída o la emboscada

ni la sorpresa por lo bien guardada

si no el ser matarife pajarero.

 

A media luz del alba, en bicicleta

alborotando el campo y la puñeta

del frío aire que da los sabañones

 

armar perchas con mucho sufrimiento

escaparse las lúas con el viento

por tres parchitos y unos gorriones.

 

FUENTE CANALEJA

A Paca Briceño

 

El camino, cada día

descendía hasta la fuente

en busca del agua fría.

 

Y en sus caderas brillaba

el cántaro gentilmente

cada vez que un paso daba.

 

Silueta contra el viento

con ritmo de una canción

que aún está en mi pensamiento.

 

Dorada su piel morena

tras el pequeño mantón

que no tapaba su pena.

 

Y hoy sigue el agua en el caño

tan clara y fría en la corriente

en la que mis manos baño

 

mientras vuelve su figura

y sus ojos a mi mente

igual que este agua pura...

 

EL ALCAUCIL

 

Las brácteas verdes, firmes y alargadas

como una piña cómoda a la mano

le dan carácter de alcaucil romano

a tus erguidas testas elevadas.

 

Al deshojarte quedan consagradas

por lo blanco en la unión y por lo sano

de tu suave amargor, el simple y llano

dulzor cculto de aguas asombradas...

 

Tu distinguida prima, la alcachofa

por redonda temiendo quedar fofa

envidia tu compacto masculino.

 

Mas la ignoras siguiendo en tu rudeza

antigua por que o manda la cabeza

o el malva corazón tan tierno y fino.

 

EL CARDO

 

Cacillo hirsuto, grueso y espinoso

dulce amargor de bráctea inexpugnable

de envoltura leñosa inatacable

y corazón deleite y generoso.

 

Revienta tu pompón por lo dichoso

de tu azulón y malva mas amable

y entre rizadas hojas muestra estable

tu tallo gris, traidor por lo velloso.

 

Padre del alcaucil, Primo lejano

de la punzante tagarnina verde

y Superior del cardo borriquero

 

libre en el campo estás, mas a la mano

cardillo que más gana cuando pierde

por el sabor, al hombre y al jilguero..

 

 

 

En la casa de La Flora, sobre la repisa de

la chimenea había varios morteros y en el

centro, uno más grande de metal dorado...

 

Almirez es tu pecho

mano tu corazón...

 

De blanco mármol es tu carne dura

almofariz tallado, pistadero

pecho cruel que a golpes de mortero

de corazón, me maja la locura.

 

Con la ilusión desnuda que tritura

el conacho...y la sal con el majero

se hace la pulpa del machacadero

en carne viva y piel sin envoltura.

 

Al bronce, a la cerámica o al barro

y hasta al seco duramen de madera

el ajo y perejil, que el tejolote

 

lleva hasta el mocajete, como un carro

traqueteante y pilón y corredera

lucha que me condena a galeote.