VICERRECTORADO DE EXTENSION UNIVERSITARIA
UNIVERSIDAD DE CÁDIZ
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III Premio de Creación Literaria EL DRAG
año 1993

Poesía PRIMER PREMIO:
“AMONÍACO” presentado por Rosa María Rodríguez Fernández
Relato Corto PRIMER PREMIO:
“EL RINCONCILLO” presentado por Beatriz Piñero Guerrero
Cómic PRIMER PREMIO:
“LA DEPRE DEL DOMINGO” presentado por Cédric Roul Liat


PRIMER PREMIO POESÍA
Título: "AMONÍACO"
Rosa María Rodríguez Fernández

Ahuequemos el lagrimal
evitando, en lo posible,
que se note.
Sólo nos queda la sombra
y tú lo sabes
Escapemos más rápido
del día que del aburrimiento
No sea que descubran
y nos acribillen
a chinchetazos de normalidad

Suena la música
vaciándose entre notas
espolvoreándose
por la casa
que huele a sensatez
ma non troppo
Igual que la albahaca
que se cruza de brazos
en la ventana
indiferente.
Como los niños,
jugando siempre a la
utopía.
Mientras me hago
la autopista diaria
y como diariamente
sólo descubro,
una vez más,
que el tiempo
es el asesino.

He de reconocer que el cielo está encapotado
y…¿quién lo desencapotará?
Igualmente anoto en mi calendario
que estoy anquilosada
Ah! Pero de seguro antes llegará el torero
que dé la verónica definitiva al sol
que el fuego que derrita mis esquinas
y permita, por fin,
que me desnude.

Echáte al olvido.
Al fin y al cabo
un vaso más de tristeza
no atraganta a nadie.
ya se sabe que los niños crecen
que la hierba crece
geométricamente.
Pero ni por esas puedes evitar
el sentirse menos ausente.
más remoto.
Y al fin sólo queda
ese regusto amargo
al que acabas acostumbrándote.
Que te besa las sienes,
te hace agua.
No olvides, de todas formas,
abrocharte el sentimiento de seguridad.
Podemos aterrizar bruscamente.

Contigo me he apostado yo.
Yo estoy en juego.
Y me estoy perdiendo.

Contigo me he apestado yo.
Yo estoy en jugo
Y me estoy pudriendo.

Probablemente se pueden hacer versos
como se ensartan frustraciones ¿o no?
Por supuesto, ya sabía que no iban
a preguntar en que sedal se enganchan
Pero me queda la satisfacción
de haberlos tenido, a ustedes
por un momento,
mordiéndome el anzuelo.

Es verdad que la rabia se apodera de uno
como la noche.
Cae de repente,
con o sin contenido.
Yo mismo puedo notarla
cuando tecleteo palabras.
Cuando golpeo la luna
la ventana
el mar ausente.
Cuando vapuleo sin piedad
esta tremenda ausencia
que hoy me disfruta.

Partió a guardas sus ojos en las órbitas.
Sacóse del bolsillo la mano
desgarrando, de paso, la chaqueta.
Soliviantó su boca, su garganta
que en ese punto sólo sabía a hueco.
Ahuecó el paso, el ala y la marea.
Lanzóse hacia la tierra más enorme
y se adentró,
despacio,
al infinito.

Adentrarme despacio en tu infinito
adentellarme en tu cuello y tu columna vertebral
vertebrarme en lo verde de tus ojos.
Recuperar el mar,
hacerme ola
 y no decirte adiós
  Más que para variar.
 


PRIMER PREMIO RELATO CORTO
Título: "EL RINCONCILLO"
Beatriz Piñero Guerrero

Poco después del atardecer el autobús se adentró en la carretera provincial, llevaba más de los horas en camino y se detuvo frente a una colina angosta. había venido renqueando a lo largo de todo el trayecto, arrastrándose entre el sopor de las caléndulas y flanqueado por la soledad de los campos desiertos de Andalucía. Cuando finalmente interrumpió su irregular vaivén y se hizo notorio que el trayecto había de daqrse por concluido nos apeamos, aún con esa sensación  perturbadora que trastorna la mente en la duermevela de los sentidos.

El sol agonizaba en le horizonte y las tierras bajas de los pastizales cordobeses negreaban bajo el liçejano cielo arrasado. Al fondo se nos aparecía el pueblo, El Rinconcillo, como un precipitado de copos bancos que salpicaba la amarillenta pardura del paisaje.

 El verano había estrangulado todo signo de manisfetación vegetal h había en el aire una pesadez húmeda que se adhería al aroma envolviente de los rastrojos recién quemados.

 Permanecimos andando calladas durante un buen trecho, recuerdo que íbamos como anestesiadas, temiendo quebrar la solidez de aquel silencio con palabras inadecuadas y torpes, esas palabras reservadas para conversaciones obligadas que hacen que la persona se sienta atrapada por la situación. No me quería sentir así, sobretodo porque aquel sendero banquecino invitaba a una libertad insospechada y supuse que tú también preferías perderte en los páramos del pensamiento, acordarte de los héroes de Delibes en El Camino y sentirte un poco un Quijote en funciones en pleno siglo veinte. Mientras, los bártulos y las maletas se contoneaban peligrosamente y el destino se transformaba en principio y nos absorbía la belleza intacta de las lomas y nos olvidábamos de nosotras mismas abandonadas a la incertidumbre de la caída del sol.

 Al pueblo se accedía por un pedregoso camino que partía desde La Carlota, por eso y porque la escasa vida del Rinconcillo y de otros siente pueblecillos del alrededor giraba entorno a ella, eran llamados pedanías de La Carlota.
Bajo la torre de la iglesia, que venía amenazando ruina desde bastante tiempo atrás, se acurrucaba el pueblo, y las fincas Don Federico, que lo rodeaban como una manta protectora y omnipotente. Don Federico era el médico del pueblo, para muchos era también el Rico, no sólo por sus tierras inmensas de las que dependían en buena parte las ganancias del pueblo sino también porque tenía una casa en las afueras, con una pisicina y con una huerta que Atanasio, el Mudo se encargaba se custodiar en los meses estivales.

 Don fedrico, el Médico, nos había dejado la casa a cambio de pactar con él la realización de unos prácticos servicios sociales y de resucitar en el pueblo su moribunda vida espiritual, que andaba relegada desde el día que Don Antonio, el Cura, vino a sustyituir al anterior párroco. Éste había sido destituido por el mismísimo Obisopo de Córdoba por su conducta “poco acorde con los rpeceptos de la iglesia Católica”. Las gnetes del Riconcillo no acababan de entender el significado un tanto antagónico de la frase; sobretodo porque el anterior párroco era un joven enérgico y bien dispuesto, justo y generoso poer que prefería los progresos contantes y sonantes a la soledad de las albores pastorales realizadas desde el altar. La cosa llegó a oidos del Obispo y Don antonio fue enviado a servir a Dios en las pedanías de La Carlota, y a persar de ser apreciado por su carácter desenfadado y su cara de santón no acababa de caer en gracia. Felisa, nuestra encargada, que se había quedado a medio camino entre ser monja o misionera, y que tripitéa su experiencia como asistente social en El Rinconcillo, era en consecuencia, una fanática de las diposiciones enclesiásticas y defendía a ultranza actitud apostólica y romana de Don Antonio, el Cura.

 El Raíles, el Alcalde también era partidario de Don Antonio, pero más por diplomacia que por pleno convencimiento de ideas, consciente de que el perfecto ejercicio político era fruto de las buenas relaciones con los dirigente de la Carlota y con el señor Gobernador que de vez en cuando también asomaba por la aldea. El Raíles, era un hombre-orquesta traducido a terminos rurales, tan pronto se encargaba de adeecentar las fachadas del pueblo como arrglaba una cañería, tmabién sabía algo de electricidad e incluso tenía un bar donde servían los mejores caracoles del pueblo cuando la tarde empezaba a refescar. Por todo eso y porque llevaba con mucha dignidad eso de ser alcalde pedáneo lo habían erigido en su cargo sus convecinos.

 A parte del bar del Raíles que era el más grande y ostentoso y que estaba situado en la esquina izquierda, había en la diminuta plazuela otros dos bares. El del centro era propietario de la buena de María, que rea la madre de la Cati y el Alfonsito y que tenía un marido al que dejaron lisiado en una reyerta campesina. Al bar de la buena de María iban las mujeres a tomar helados después de cenar, en un alrde de solidaridad lastimera mientras sus maridos se aglutinaban en el bar de la derecha, donde Doña Resu y su hija regentaban una cantina que disponía de televisión y teléfono. Eran los hombre s los únicos que disfrutaban de los avances de la técnica y sólo los jueves se despojaban de su priviligio para la emisión de la película. Los niños del pueblo alborotaban por las pocas callejas del Rinconcillo que se desplegaban decididas desde la plazuela. Pero giraban en torno a nosotras los cuchicheos de aquella noche, mientras la una centelleaba a lo lejos.

 Antes de apuntar la aurora, el canto vespertino del gallo elevó sobre los tesos un sol despiadado, al tiempo que se iba engranando en los campos el sofocado trajín de los mulos y de los aperos de labranza. Teníamos aquella mañana el efervescente nerviosismo del primer día, amainado por el parvo recibimiento con que nos acogieran la tarde anterior.

 Camino de la escuela, donde habíamos anunciado de antemano que comenzarámos nuestras actividades con los niños, el enervante sopor nos nublaba la vista y el aire denso nos aplastaba mientras los chiquillos nos seguían y tú me decías que la escena era digna del flutista de Hamelín.

 Entre las tierras sedientas, se alzabanc chocantes en el paisaje rural, las excueals. Eran unos edificios modernos, bien habilitados, pero sólo dos de sus aulas se utilizaban, una para los pequeños y otra para los que hubieran cumplido los doce años, porque ni había personal ni en El Rinconcillo había tanto niño a quién enseñar. En el pueblo estaban orgullosos de las escuelas, fueron construidas gracias a un estratégico plan de ayuda a los pueblos marginales. Pero viendo toda aquella cantidad ingente de libros almacenados sin estrenar, la masa desordenada de pinceles y las pinturas abigarradas, las escuelas bien parecían el truncado intento de aliviar alguna conciencia o algo aún peor, un suspicaz método de conformar las mentes. Jordi, el catalán, cuyo padre había emigrado a Barcelona y acababa de volver, se enarboló en una desaforada crítica contra las escuelas. Jordi sentía hacia su padre una devoción mal disimulada y lo imitaba en casi todo como queriendo ahuyentar el fantasma de la ignorancia que asolaba al pueblo. -¡Menos libros y más trabajo!, dijo concluyendo alfin. Ana, la Mandona, le hizo una mueca despectiva ero una sórdida sensación de desamparo se extendió, sin remedio, por toda la sala.

 Si Ana, la Mandona, había dejado bien claro que no le simpatizaban los aires de superioridad de Jordi, el Catalán, contra Paqui, la Loca, existía una oposición genralizada.
Paqui, la Loca, tenía la mirada un tanto cabizbaja, pero de vez en cuando un sorprendente impulso la reanimaba y la hacía reir inexplicablemente. Felisa, nuestra encargada,  hablaba de la Paqui con el mismo tono sarcástico que lo hacían sus propios padres, como si el pueblo entero se hubiera compinchado en un cruel complot contra la niña. “A la Paqui no le anda muy bien la cabeza”, “En casa siempre está ahciendo cosas raras” “Ya veréis cuando se os pegue como una lapa”. Entre unos y otros habían hecho que Paqui, la Loca se creyera diferente, que deambulara siempre sola y que intentase haanrse nuestro cariño como si se tratase de una esperanza decisiva. A Paqui, la Loca, le encantaba pasear con el niño de la Puri y comprarle golosinas de fresa, tal vez porqu el niño era como ella, ya desde la mismísima cuna un poco desgraciado. el niño de la Puri no tenía padre y eso en el pueblo era una desgracia igualdada a una locura. La Puri se quedó preñada de Adolfo, el de la furgoneta, dos años atrás y la pobre chiquilla que todavía no contaba los dieciocho años, se devanaba los sesos tratando de pescarle. Pero Adolfo, no estaba por la labor de casarse, y muhco menos desde que tenía una nueva furgoneta con la que su improvisado negocio de transportes y mercancías parecía que, por fin, empezaba a progresar.
Bajo el bochorno, la vida languidecía en El Rinconcillo y el infernal silencio de las horas centrales apenas se rompía con el seguimiento entrometido y sagrado de las telenovelas venezolanas.

 Al ponerse el sol una caricia tíbia decendía de las colinas y las gentes del pueblo aprovechaban la pausa para congregarse en pequeños grupos en las casapuertas. Por el campo se extendía ahora un aroma profundo e inquietante a aceite refinado de los olivos cordobeses. La Morena se reservaba la caida relajada de la tarde para impartir sus clases de sevillanas; se había hecho una pequeña habitación y a menudo organizaba recitales flamencos. En una ocasión se vino a la casa de Don Federico, el Médico, traía un cortejo interminable de palmeros y bailaores que la agasajaban continuamente. Por la Morena había en el pueblo una admiración especial, como si el salto a la fama de la Morena fuera a tener un doble efecto y a sacar al pueblo del anonimato que lo embalsamaba. Por aquellos días, Matías, el Soltero de oro, se devaneaba entre el amor adolescente y platónico que sentía por la Morena y la atracción, al borde del desquiciamiento, que le despertaba su indiferencia. Fue la misma tarde en que  la Morena se vino a cantar a casa del Médico cuando el Soltero de oro se presentó in situ con el pretesto desenmascarado de arreglarnos la piscina. El pobre hombre salió disparado y haciendo aspavientos al toparse de bruces con la Morena y es que Matías según decían las malas lenguas seguía soltero porque era un reprimido, y al fin y al cabo la Morena, con sus sueños de estrella no se la conquistaba con una tienda de modas.

 Mamen, la Alelá, empezó a ser una asidua de nuestra romería a los ancianos del pueblo, pero un anochecer cuando el canto de los grillos acuchillaba el silencio del camino, se puso como istérica e invocaba el espíritu de su padre muerto. Acabábamos de salir de la choza de la señora Domi, una aciana centenaria que vivía sóla y a la que Doña Resu asistía de vez en cuando. Mil veces había intentado, el Railes sacarla de allí y mandarla a un asilo pero otras tantas Doña Domi se había negado en rotundo y se obstinaba en seguir malviviendo en la choza sin agua y sin luz, encerrada en una especie de tristeza espeluznante. A Mamen, la Alelá, la señora Domi le producía un miedo indominable, asociado a las experiencias sobrenaturales que decía sentir desde la muerte de su padre.

 Una vez restablecida la calma, la Alelá nos condujo, a la huerta de Don Román, en el que él y su esposa, se habian recluido voluntariamete desde que sus dos hijos murieran en el mismo accidente de cocho al volver de La Carlota. El abuelo Román creía firmemente que el cultivo de las escarolas, de las acelgas y de los guisantes enanos le aligeraba el lento pasar de las horas, del mismo modo que se afanaba en contar ininteligibles historias de la guerra para evitar la evidencia del presente. Su esposa, dormía de día y velaba de noche desde hacía cinco años y a pesar de su ánimo tranquilo, las lágrimas y la angustia la dominaban y la apresaban en una maraña sin salida.

 Por nuestra Señora del Carmen, don Antonio, el Cura vino a visitarnos. Venía secándose el sudor inconscientemente, confundido en un estado de desconcierto e indignación. A Don Antonio era raro verlo fuera de sí, pero el hecho de que los hombre del pueblo hubieran decido hacer de la iglesia un almacén para los utensilios del campo, era algo que agotaba los límites de su paciencia. Don Antonio, no sabía qué hacer, si comportarse como Cristo en el templo siguiendo el Nuevo Testamento y hacer entrar a los hombres en razones o empezar desde el principio, que era lo mismo que empezar desde la nada.

 La religiosidad era en El Rinconcillo una cto exclusivo para bodas y entierros, y Dios sólo estaba para que se le encomendaran los milagros.

 Fue una tarea ardua y agotadora. Felisa se hizo cargo de las gentes mayores, mientras nosotras, intentábamos imprimir las primeras notas cristianas en los niños. Antoñito, el Pesao, que hasta entonces carecía de mote, se lo ganó a conciencia por las rpeguntas con las que nos asaltaba sin miramientos. Tiburcio, el Manco, fue adquiriendo un progresivo enorgullecimiento de su muñón, como sitintiéndose indentificado con los héroes bíblicos. Una mañana, después de haberle enseñado a los niños a rezar el Padrenuestro y de haber ensayado los cánticos, decidimos arreglar la iglesia. Paqui, la loca y Ana, la mandona limpiaron el suelo y sacudieron le polvo envejecido de los bancos. Un pobre arca de madera, que los niños adecentaron esmeradamente, hacía las veces de sagrario. La Cati y el Alfonsito trajeron amapolas encendidas y Jordi, el Catalán se afanaba en que las ropas de Don Antonio, el cura quedaran impecables.
Los rayos primerizos de luz, se colaban por las ventanas, al día siguiente tendrían lugar las confesiones, dos largas filas se organizaron ante las puertas, viendo aquellas caritas ilusionadas, a Don Antonio se le derretía el alma de gusto.
Una misa, al atardecer, calusiraría nuestra misión, las gentes se vistieron como en las grandes solemnidades y cuando el aroma a incienso se derramó sobre la sala y todo el pueblo, a una, se arrodilló ante el altar y sonó la música del órgano, la voz inocente de La Morena se alzó hasta Dios.

 A cosa de un kilómetro, te vi volver la cabeza hacia atrás. El vasto, solitario y mudo camino de regreso te iba dominando, y extasiada me confesaste que deseabas hacer lo mismo durante toda la vida. Tras el alcor, veíamos desaparecer El Rinconcillo, mientras la torre del campanario se veía flotar y el porvenir se difuminaba entre la colina.
 
 


PRIMER PREMIO CÓMIC
Título: LA DEPRE DEL DOMINGO
Cédric Roul Liat