VICERRECTORADO DE EXTENSION UNIVERSITARIA
UNIVERSIDAD DE CÁDIZ
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VI Premio de Creación Literaria EL DRAG
año 1996

Poesía PRIMER PREMIO:
“TRÍPTICO ORIENTAL POR CHILDE HAROLD” presentado por Manuel Francisco Román Reina
Relato Corto PRIMER PREMIO:
“INCLEMENCIAS DEL TIEMPO” presentado por Fernando José García Taboada
Cómic PRIMER PREMIO:
“VA POR USTEDES” presentado por José Javier Álvarez García


PRIMER PREMIO POESÍA
Título: TRÍPTICO ORIENTAL POR CHILDE HAROLD
Manuel Francisco Román Reina

Tenáculo Oriental.

Salamandras.

 Miradlas sobre el lecho, yacer, son salamandras.
Parecen la indolencia,
y son carbones encendidos, calmos...
Vedlos dormir un sueño de opio antiguo.
De lotos tersos.
De saurios inmóviles por el aire.
Percibe que ojos se abren igual que un rito.
A fuego lento, sabiendo que estabas.
Nota que son tan bellos que duelen tu existencia.
Han pagado precios muy altos.

 Su aliento emborracha, sus besos hieren,
sus caricias calcinan,
su amor es un misterio pues incinera y mata.
Observa cómo se mueven, tan lentos,
parece que tuvieran
entero el tiempo allí entre las sábanas.
Llevan siglos, años, días, segundos
Fundéndose en su magma, alma y cuerpo.
Son terribles como todo lo extraño.
Llevan aquel incendio consigo. Lo propagan.

Cenáculo Oriental. A Pilar Paz Pasamar.

 Déjame contarte Dama de Gades
Las ondas de los velos en parterres de olas,
Los rojos que insinúan transparencias de gasas,
Los conceptos volátiles en los tropos del aire.
 Fue hermosa la tarde y fondear en tus ojos
Una alquimia de verbos y conceptos sutiles.
La música acallada suavemente
De aquel emprador Rubén Darío.
Como aguas estancas de colores y aromas
Acuarelas ninfeas de Juan Ramón Jiménez,
una imagen liquada de perfumes abstractos,
el azogue de azures sepultando los ruidos.
El papiro de Biblos, el alma de los árboles,
a las luces reviven de diáfanas platas,
y el ébano lascivo del Líbano abrasado
sobre las ondas viene de la elipsis del tiempo
como el rey de la orgía sobre cuerpos exhaustos.

 todo está dispuesto, amiga sabia,
los triclinios undosos de pigmentos y sedas,
el ágape adjetivo de alcohólicos humores,
los pámpanos y los recimos desmayados en la calima.
La tarde con su ocaso de jazmines y rosas
predispone a la palabra en sus amplios tesoros.
 Harenes de doncellas de pétala lindura,
estanques con donceles de lánguido reflejo
indican que la b elleza
es materia de alma.
Que la muerte y la ceniza
ya no engañan con máscara tan sucia.

 El oro de los templos de Astarté o de Melkart,
celestes palidecen a los versos
prenocturnos de la Gran Diosa.
Una orilla ser podría como ajena orilla.
Gadir, Sidón o tiro ante idéntica mirada.

 Déjame escanciarte leve música de oriente.
Aquí donde el sol inclina
su cabeza leónida.
Permite que afluyan los mitos
tan cercanos al hombre.
Que de puntillas dancen los idilios
desnudando las palabras.
Que decoloren el cielo del impudor más cándido.
Que en hexámetros morteros
sean épicos los amores.

 He de marchar esta noche
para yacer con el saurio.
Su lengua en dos hendidas
paladeó mis contornos.
sibilinamente áspera
como el bífido precio
para goar las manzanas del jardín del ocaso.
Impolutas, eternas,
esperando la herida
las líneas del horizonte las travesías aguardan.
Pondré rumbo fijo hacia donde duerme Atlantis,
ese banco de bruma en leyendas in erso…
Pero fue hermosa la tarde y fondear en tus ojos,
remanso de alegría, ensenada de magia,
copa que rejuvenece
de los cansancios y el daño.
Bebe conmigo el brindis
de los que saben
que como una bahía abrazar es
dejar ya en las aguas la sal de lo sentido,
corazón manumiso que que en el aire nos queda.
Brazos abiertos de tierra que siempre reciben
aunque nos lleven lejos
el amor, los destinos o los nombres.
 

Áureo Argonauta. A. Alberto

 Dibujas el perfil del hirzonte,
y en tu rasgo es el confín lo único posible.
el dolor que declina en el sol y su nostalgia,
y tu melancolía marca destino vago, misterio tierno como de culto sonriente.
Buscas el vellocino como en febril pesquisa,
y te agotas jubiloso del ocaso al orto con un ansia que extenúa a los demás remeros
y que alienta mi ánimo de volar apátrida.

 Sobre la proa, silente, te contemplo tácito,
y me pareces la talla del mismo silencio;
salvo que en tu calma palpita la brasa y duele como un fin irrenunciable en naufragios ganado.
 Interpreto palabras que no dices,.
y atesoro tu abrazo como escaso presente de un héroe que no apareceen la gloriosa nómina
por amor a la épica y desprecio de fama.

 A fin toca el puerto y se consuma la leyenda,
y acaso nadie sepa que por ti se consuma, que las pruebas se cumplen y el galrdón se otorga,
ese toisón dorado que entrega la alegría.

 Atrás quedará la noche confesando nieve,
y un crisol de ambición y daño tal prueba secra.
Yo conozco tus labios en ese tono íntimo de hombres cuando abandonan coraza y escudo,
y supe que el vellocino y todos sus dones serían como amarte a gritos o callado,
y luchar a tu lado, y abrazar tu cintura,
y enredar mis dedos, solar rizo de tu pubis,
y perder la consciencia y dormir sobre tu aliento.

 A Pilar Paz Pasamar.

Déjame contarte Dama de Gades
las ondas de los velos en parterres de olas,
los rojos que insinúan transparencias de gasas,
los conceptos volátiles en los tropos del aire.
 Fue hermosa la tarde y fondear en tus ojos
una alquimia de verbos y conceptos sutiles.
La música acallada suavemente
de aquel emperador Rubén Darío.
Como aguas estancas de colores y aromas
acuarelas ninfeas de Juan Ramón Jiménez,
Una imagen liquada de perfumes abstractos.
el azogue de azures sepultando los ruidos.
El papiro de Biblos, el alma de los árboles,
a las luces reviven de diáfanas platas,
y el ébano lascivo del Líbano abrasado
sobre las ondas viene de la clipsis del tiempo
como el rey de la orgía sobre cuerpos exhaustos.

 Todo está dispuesto, amiga sabia,
los triclinos undosos de pigmentos y sedas,
el ágape adjetivo de alcohólicos humores,
los pámpanos y los racimos desmayados en la calima.
La tarde con su ocaso de jazmines y rosas
predispone a la palabra en sus amplios tesoros.
 Harenes de doncellas de pétala lindura,
estanques con donceles de lánguido reflejo
indican que la belleza
es materia de alma.
Que la muerte y la ceniza
ya no engañan con máscara tan sucia.

 el oro de los templos de Astarté o de Melkart,
celestes palidecen a los versos
prenocturnos de la Gran Diosa.
Una orilla ser podría como ajena orilla.
Gadir, Sidón o Tiro ante idéntica mirada.

 Déjame escanciarte leve música de oriente
Aquí donde el sol inclina
su cabeza leónida.
 Permite que afluyan los mitos
tan cercanos al hombre.
 que de puntillas dancen los idilios
desnudando las palabras.
 Que decoloren el cielo
del impudor más cándido.
Que en hexámetros morteros
sean épicos los amores.

 He de marchar esta noche
para yacer con el saurio.
Su lengua en dos hendida
paladeó mis contornos.
Sibilinamente áspera
como el bífido precio
para gozar las manzanas del jardín del ocaso.
Impolutas, eternas,
esperando la herida
las líneas del horizonte las travesías aguardan.
Pondré rumbo fijo hacia donde duerme Atlantis,
ese banco de bruma en leyendas inmerso...
 Pero fue hermosa la tarde y fondear en tus ojos,
remanso de alegría, ensenada de magia,
copa que rejuvenece
de los cansancios y el daño.
Bebe conmigo el brindis
de los que saben que como una bahía abrazar es
dejar ya en las aguas la sal de lo sentido,
corazón manumiso que en el aire nos queda.
Brazos abiertos de tierra que siempre reciben
aunque nos lleven lejos
el amor, los destinos o los nombres.
 


PRIMER PREMIO RELATO CORTO
Título: "INCLEMENCIAS DEL TIEMPO"
Fernando José García Taboada

Andaba aún a vueltas intentando distinguir entre la maleza algún ejemplar de hoja paseadora, insecto de irritante mimetismo, cuando empezaron a caer las primeras gotas. Se le había echado la hora encima por dejar para el final las presas más ariscas, y su paciencia ya rozaba el desaliento después del trajín de agenciarse, sin ahorrar en fatigas, las dichosas parejas de escorpiones, erizos o avispas, bellas muestras de la surtida Creación que, desde luego, no habían sido concebidas para dejarse capturar, ni siquiera por manos bienhechoras.

Su familia ya se había acomodado en el arca, luego de traicionar a parientes y amigos, a los que dejaban a la suerte de un diluvio que convertía el parte meteorológico en sentencia de la justicia divina (jamás había sido tan estricta la inclemencia del tiempo). Atrás quedaban agotadoras jurnadas de persecución frenética, turnadas con el análisis taxonómico más concienzudo, todo ello para cumplir escrupulosamente la voluntad del que les señaló a él y a los suyos como únicos humanos dignos de poder contar la catástrofe.

Noé había puesto manos a la obra semanas antes y, a juzgar por el ensordecedor guirigay que provenía de la embarcación, había hecho un buen trabajo. Aunque no faltan las malas lenguas que le imputan la desaparición de varias especies rarísimas, descartadas por mera antipatía personal (como ciertos anfibios marsupiales o aquel reptil capaz de imitar el coanto de los pájaros que devoraba). Tal vez estos azares son los que acabaron desconcertando a los estudiosos de la evolución en el siglo XIX, quienes desfallecieron en busca de esos eslabones perdidos adrede. Por ser cuestión plémica, la dejaremos en el aire pues para caprichosa, la evolución  de los rumores. Lo que sí es notrio es el sopapo que le propinara el Altísimo a Noé al verle debatirse con un pez martillo, que intentaba meter en el canasto. El muy insentato quería salvarlo de morir ahogado por la anegadora ira de Dios.

El caso es que, descuidos ecológicos aparte, el rescate de Noé logró congregar al pasaje más desigual que la historia de la navegación ha conocido.
Compartieron camarote la iguana verde, el mayestático oso palmero, el escarabajo nasicórneo –ese sobrebio coleóptero- o el contrahecho loris, cuya deformidad espantaba a la gallina ponedora (sus huevos, quizás por eso, dejaron de incluir yema durante la antipática inundación.)

No faltan versiones maledicentes, y hay quien asegura que Noé no tuvo que afanarse para encontrar ladillas, pues ya las había conseguido antes del encargo (que, por cierto, era de obtener una pareja, no toda una legión). Puede que estas mismas habladurías fueran las que, rebuscando en el abundante rpertorio de la difamación, dieron en manchar la memoria del patriarca, insinuando que reclutó todo un harén de tripulantes clandestinas con el pretexto de apuntalar la perpetuación de la especie humana. La avanzada edad de Noé –seiscientos años que, aun muy bien llevados, no permiten muchos alardes- unida al ejemplar decoro por el que había destacado hasta entonces, hacen muy dudosas todas estas claumnias, más bien parto de la tirria que crónica imparcial.

A las pocas horas de desencadenarse el chaparrón, digamos que zarparon, pues el arca empezó a flotar. Créanse que, siendo ruidosa aquella glomeración animal, no pudo sofocar el quejoso alboroto de los que se habían quedado sin pasaje.

Las estrecheces de tal hacinamiento hicieron congeniar a animales de contrastada rivalidad, como el chacal y el puma, los cuales, aunque para la ocasión afectaron la más graciosa cortesía, no hay que olvidar que son pioneros de la ancestral ojeriza que ha enfrentado a perros y gatos hasta hoy.

A pesar de no ser el medio más cómodo para muchos de los bichos embarcados, algunso, el tejón entre ellos, se destaparon como resueltos marineros. No se puede decir los mismo de macacos y chimpancés, que pasaron días enteros acodados en cubierta, vomitando hasta desentrañarse. Los que parecían habituados a conducirse a bse de brincos, volteretas y otras cabriolas, sucumbieron a las náuseas de la mar, mientras que los más insopechados evidenciaron un desparpajo chocante.

Los elefantes estaban tan a sus anchas, si en la aapretada convivencia cabe la expresión, que no ocultaban su dicha y parecían disfrutar de una luna de miel tiempo atrás prometida. Mientras los animales más afanosos achicaban agua como podían, los radiantes paquidermos se dedicaban a hacer cab3cear la nave con el brusco traqueteo de un amor en plena forma. Noé, en un principio, intentó moderar los apareamientos pero, ya fuera por el entretenido espectáculo que ofrecían –milagroso ayuntamiento en cautividad- ya por el puñetero caso que los amantes hicieron a estos regaños, la cuestión es  que no se puso fina a estas zalamerías.

A su vez, los hábitos alimentarios suscitaron algún que otro desaguisado, pero el convincente patriarca casi siempre calmó las ánimos, hasta en las más leliagudas circunstancias, aviniendo las dispares apetencias de aquel batiburrillo.
No evitó, sin embargo, el encarnizado banquete con que se despacharon el león, ya por entonces rey de la selva, y su compañera de viaje. Fueron reponsables de la extinción de varias especies rumiantes en un atracón que aabó con media docena de machos de bella estampa. Todos dejaban hembras desconsoladas, afligidas no tanto por el comañero perdido como por la imposibilidad de reemplazarlo. Con el fin de evitar tales bjas, la mujer de Noé se las avió para egañar a los carnívoros y, con un fraudulento preparado vegetal, los sometió a una dieta totalmente inofensiva para los pasajeros más suculentos.

Como bien se sabe, la Naturaleza despliega gran astucia a la hora de compensar esos deterioros. Así que, gracias a algunos emparejamientos irregulares, se repararon las pérdidas, y vinieron al mundo disparates hoy asumidos como el murciélago o el camaleón, secuelas de sabe Dios qué descabellados cruces.

Lo cierto es que, poco más o menos, Noé embarcó dos ejemplares de cada clase y que, a ojo de buen cubero, la operación fue coronada con éxito. Los más impacientes quisieron apearse en cuanto escampó. De ellos, unos cuantos perecieron, ya que las aguas aún no permitían pisar tierra firme, y otros (arañas, ciempiés, saltamontes…) justo por esas prisas devinieron en pulpos, anguilas, langostinos…

Aparte de esos desertores y haciendo la vista gorda con las víctimas razonables (por enfermedad, inmolación, reyerta o desayuno), lo cierto es que en el escrutinio final a Noé casi le cuadraron los cálculos, con los errores naturales, pues, por ejemplo, la asombrosa fecundidad de las ratas, además de demostrar que hay especies que no necesitan muhcos cuidados para subsistir, lió un poco las cuentas.

El día que desalojaron el arca, ésta ya se caía a pedazos, pues la termitas son más glotonas que solidarias y la dejaron hecha trizas. El desembarco se efectuó después de que una paloma, que había volado a cerciorarse de si el terreno estaba ya seco o todavía impracticable, regresó con un alga dorada en el pico, que la tradición oral ha querido convertir en rama de olivo, disparate inaceptable para todo botánico riguroso.
 
 

Acostumbro a recordar estos hechos en las épocas de sequía, muy frecuentes aquí en el sur, para advertir a los que desesperan por las lluvias que consuelas se esconden hasta en las calamidades.
 
 


PRIMER PREMIO CÓMIC
Título: VA POR USTEDES
José Javier Álvarez García