VICERRECTORADO DE EXTENSION UNIVERSITARIA
UNIVERSIDAD DE CÁDIZ
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VII Premio de Creación Literaria EL DRAG
año 1997

Poesía PRIMER PREMIO:
“EL ITINERARIO DEL OLVIDO” presentado por Luis García Gil
Poesía ACCÉSIT:
“ORIGAMI” presentado por Fermín Gámez Hernández
Relato Corto PRIMER PREMIO:
“SIN TÍTULO” presentado por Alejandro Baturone Massid
Relato Corto ACCÉSIT:
“EL SOL APAGADO” presentado por José Ignacio Serrano Navarro
Relato Corto ACCÉSIT:
“EL VIAJE JAMÁS DESEADO” presentado por Pilar Castro Virlán
Cómic PRIMER PREMIO:
“JOVEN Y REVERDE” presentado por Antonio Palacios Romero


PRIMER PREMIO POESÍA
Título: EL ITINERARIO DEL OLVIDO
Luis García Gil

   I

   De noche y agua está mi boca llena
      Pablo Neruda

 ¿Dónde están mis conocidos,
 mi traje viciado, mi sombra vana,
 dónde la luz que se desangra
 en los albores del tiempo?

 ¿Dónde están los pájaros,
 los mecenas tristes de la noche,
 dónde está mi boca quejosa y umbría,
 pétalo roto que el viento destrona?

 ¿Dónde está mi casa, dónde mi cetro,
 dónde mi cuna de madera, dónde mi estrella,
 dónde el racimo de tu mirada,
 dónde la vida que tú me dabas?
 
 

   II

 ¿Por qué viajo de tal modo,
 sin yelmo y adormecido,
 qué busco en estas regiones,
 en esta querencia de lunas,
 sintiendo cómo hiere la vida,
 cómo quema el recuerdo,
 cómo tus pasos quiebran,
 cómo tu errante sombra
 vaga por el cementerio,
 cómo busco tu nombre,
 cómo duele tu olvido…?
 
 

   III

 Resido donde claman los pinos
 presintiendo la fatiga de los pájaros,
 retornados del corazón roto, sufrido,
 de las muchachas que deambulan
 por la agonía intensa de los puertos.

 Y sé que la noche, terrenal, sedienta,
 azuza en los vestidos de las ninfas,
 las convoca al silencio de la vida,
 las condena a danzar por los eriales,
 donde nada se anuncia ni se tiene.
 

   IV

 Hay lágrimas que acechan insidiosas,
 y dormitorios donde habitaron
 todos los muertos de este mundo,
 tanto sollozo de humo recorriendo
 los pasillos de tu boca desasida,
 donde los besos invisibles luchan
 por encontrarse, por revivirse,
 no quedando más que el silencio,
 el vasto ejercicio del tiempo,
 en los desarmados almanaques,
 en el viento terrible del otoño.
 

   V
  Ya nos lleva la vida por la senda entenebrada,
  solos ante la destrucción de cuanto amamos.
      Felipe Benítez Reyes

 Si alguien recorriera la yerma desazón
 de estos oscuros patios en donde vivo,
 y supiera el precio de la vida que arremete
 implacable contra el fortín de los estantes,
 robando mis libros, compañeros furtivos,
 haciéndome subir a la más alta torre,
 para que con mi soledad libere a los astros,
 para destruir cuanto amo, cuanto pueblo,
 para que mis ojos miren la fatigosa senda
 de los caballos muertos en los combates,
 los blancos pelajes cubiertos de sangre,
 la trémula estampa del animal vencido,
 para que asuma los barcos que zozobran,
 la implacable ley que gobierna los mares,
 la ley del temporal, el aullido de la espuma,
 el marinero ahogado en medio de la nada.
 

   VI
  Mi padre duerme. Su semblante augusto
  figura un apacible corazón…
      César Vallejo

 Busco a mi padre en los abismos
 de este tiempo feroz que me hiere,
 y hay lechos y espejos derrumbados,
 en el aliento varado de la noche,
 sin cuerpos que los dicten,
 sin luna que los llame,
 sin amantes que los cubran…

 Porque la vida pasó y se ha ido,
 y nada queda en esta suma de llagas,
 en esta muerte de sueños y latidos,
 acaso sólo un corazón que recuerda
 la sábana inmensa regando las horas,
 acaso sólo el desvaído eco de una caricia,
 una mano leve demorando el llanto.
 

   VII

 Perder tu nombre que me da nombre,
 perder el clamor del pájaro en la rama,
 perder mi casa, perder mis señas,
 perder el vientre de tu sonrisa,
 perder el tiempo en arruinarse,
 perder tu boca que vibra en cimas,
 perder la noche de los deseos.

 Perder la estrella que ensaya en tu pelo
 el modo de perdurar, de abrazarse
 a los dictados enormes del corazón,
 perder mis trajes, mis herramientas,
 perder el suelo, perder el árbol,
 perder la vida y hallar la muerte,
 perderlo todo, morirse sólo…
 

   VIII

 Fugaz tentativa la del amor,
 la del deseo, la del pájaro
 que alza sus alas al cielo,
 y luego se derrumba sin remedio.

 Fugaces son mis asoladas manos,
 tumba abierta sobre las sábanas,
 fugaz es este susurro desnudo,
 este irse sin haberse ido que voy siendo.

 Fugaz será mi vida que grita, que lucha,
 mi vida que será territorio de las sombras…

ACCÉSIT POESÍA
Título: ORIGAMI
Fermín Gámez Hernández

Deja que la añoranza
 nos revele otra vez el viejo truco
 con que el papel se sacia en nuestros dedos.

 Convinimos en que la soledad
 reparase tortugas y jirafas,
 rinocerontes,
           ciervos
 que adivinasen su propio rescoldo.

 La noche que nos llevará ventaja
 ya ha doblado la luna entre los discos
 de Bob Dylan,
              luego ha desordenado
 la ciudad
 con tal de que parezca
 todo lo que imaginan nuestras manos.
 


PRIMER PREMIO RELATO CORTO
Título: "SIN TÍTULO"
Alejandro Baturone Massid

Marzo amanece entre brumas, y un blanco océano de nubes en calma se extiende sobre los montes, dejando a la vista algunos picos solitarios, como islotes distantes. Él observa el espectáculo desde su islote particular a más de quinientos metros de altura sobre el nivel del mar, sobre el Cantábrico, que a cientos de kilómetros de él, de su pasado, rompe en espuma contra los acantilados de aristas rocosas. El sol se asoma a su espalda y recorta su figura junto a la casa de piedra y vigas de castaño. La primera inspiración del día le llena los pulmones de vida, de aire fresco y húmedo, prendido de rocío. Busca el calor de sus axilas para sus manos frías, siempre frías, y se le ilumina la mirada al notarse caliente bajo el jersey gris de lana que Rosa le regaló las pasadas Navidades. El calor de su piel es el calor de la vida, es el intruso en aquel lugar donde la vida emigra la mitad del año y no aparece hasta la primavera, cuando el perenne verde se ve acompañado por el florecer de los colores ocres del invierno bajo la blanca capa de nieve. Este último invierno nevó mucho, como él nunca vio nevar en los siete años que lleva de convivencia con la soledad,  y eso ha supuesto una dura prueba a pesar del tiempo que hace que decidió no ser más que Juan, o Xan, que es como le dicen Rosa y Carlos, y vivir en el matrimonio con su soledad, pero aquellos dos meses totalmente incomunicado por culpa de la nieve le hicieron mella.
 El ruido del vapor escapando por la boca de la cafetera italiana le ha llevado de nuevo dentro de la casa, que comienza a estirar su sombra sobre la hierba, desperezándose tras una noche fría, entrando en calor con los primeros rayos que alcanzan ya los leños apilados junto al muro de piedra. Con la taza de café negro calentándole la mano izquierda, pasa el pulgar de la derecha por el borde de la pila de folios escritos a tinta negra, haciéndolos rozar el aire de abajo a arriba. Hace ya una semana que terminó el libro, por lo que calcula que hoy o mañana llegará Cosme acompañado de Rosa o de Carlos, o con los dos, según hayan terminado con las vacas esa mañana. Cosme es el único de la editorial capaz de aguantar la caminata de media jornada que lleva de la aldea a la casa. Desde Roca Roxa se puede ver llegar al que ascienda por el sendero dos kilómetros antes, pero a Cosme se le advierte casi desde que sale de la casa de Carlos y Rosa, maldiciendo y blasfemando, que no sería buen gallego si no se acordara de Dios en sus momentos de apuro, y a Cosme cinco horas de camino le dan para mucho apuro. Al principio, Juan hubiera preferido que fuese Paco Suárez el que acudiera a recoger los libros terminados, pero ya le era físicamente imposible después de los dos infartos; así llegó Cosme, y así sólo cuatro personas sabían que en aquella casa de piedra y madera vivía para escribir, Juan, Xan para sus dos únicos amigos y Bouza Vásquez para el resto de la Humanidad.
Fue Paco Suárez quien tuvo la suerte de topar con aquel manuscrito a tinta negra, que permanecía escondido en el segundo cajón del escritorio de su despacho en la calle Rosselló de Barcelona. A pesar del disgusto que le hizo pasar a su secretaria, que se vio despedida durante seis horas, a causa de haber permitido que alguien entrara impunemente en el despacho del tercer editor más importante del país, más tarde, una vez restituida a su puesto, casi le agradeció el hecho de que ella hubiese ido dos minutos a hablar por teléfono con su novio; los dos minutos que cambiaron el destino de Paco Suárez y de su editorial. Cuando el editor soriano leyó aquellos folios supo que tenía que conseguir un contrato en exclusiva del autor para su firma; y es que a la tercera página ya había anulado todas sus citas para aquella mañana, y a las cinco y cuarto, media hora antes de lo que indicaba la nota, igualmente escrita a tinta negra y que acompañaba a la novela, se encontraba ya en “Els Quatre Gats”, meneando nerviosamente la pierna derecha bajo la mesa. A las seis menos cuarto en punto Juan entró en el café y se sentó frente a él.
-Veo que le ha gustado el libro.
 -¿Cómo está tan seguro?
 -Hombre, si fuera basura no estaría usted aquí.
 Juan observa el sendero serpenteando valle abajo casi imperceptible entre la espesura. Los árboles le dan sombra al camino y sólo permiten adivinar al observador avezado por dónde discurre la senda marcada por carretas y vaqueiros durante siglos. Una línea verde delimita los dos surcos de tierra hollados por el peso de las ruedas; el camino ha soportado la madera, el latón y el caucho, rodando monte arriba y monte abajo durante años y éstos han dibujado su sello en él y en todos los que se han perdido en la belleza del paisaje. Juan decidió perderse el mismo día en que habló por primera vez con Paco Suárez en “Els Quatre Gats”; allí, al abrigo de la lluvia y con un café negro calentándole la mano izquierda, Juan impuso sus condiciones al editor y amigo la misma tarde en que se despidió para siempre de Paula.
Jamás imaginó Paco Suárez, ni en sus mejores sueños, que el libro de un escritor novel pudiera venderse de aquella forma tan rotunda, sin haber recurrido a las pertinentes promociones, entrevistas en televisión y radio, ferias del Libro, ni siquiera con el etéreo apoyo de un premio literario de comercial sentido, sin que nadie, sólo él, conociera el rostro del autor. La primera vez que Paco subió a Roca Roxa con Carlos, un joven que vivía en la última casa del pueblo al final del valle, supo que jamás conseguiría que Juan se volviera atrás en su decisión de vivir como un ermitaño en medio de ningún lugar. Es más, él mismo quedó sobrecogido por el lugar y llegó a proponer a Juan “un pisito para dos” en lo alto del monte.
-Tú no aguantarías aquí ni una semana; no es cómodo.
 -¿Insinúas que soy una persona acomodada? Vale, no me mires así, tienes razón, no aguantaría ni dos días…joder, es que hasta fumar aquí da apuro, en cambio, eso de la pipa va mucho con el sitio.
Juan daba chupadas a la boquilla con la cerilla quemando el tabaco de la cazoleta. El silencio cruzó unos segundos el aire y volteó el humo del tabaco haciendo despertar a Paco.
-¿Por qué?
 -¿Cómo?
 -Sí, ¿por qué este aislamiento al que te sometes? Podrías disfrutar tanto ahí abajo.
 -Vaya Paco, hablas como si fuera Dios en una nube.
 -No te imaginas cómo suena el teléfono en la editorial, estoy pensando en cortar la línea, no me dejan vivir intentando saber cosas de ti, o que dé indicios de dónde estás, quién eres en realidad… si hasta han intentado entrevistar a mi secretaria para saber si te vio entrar en mi despacho el día que dejaste tu libro. Te adoran Juan, estás ganando el dinero a manos llenas.
 -¿Y tú qué?
 -No, si yo no me quejo, pero  podría ser aún mejor.
Juan, con la mirada en el suelo como siempre que hablaba con alguien de su trabajo, alzó la vista y miró a Paco a los ojos.
 -Se acabó, todo esto ya quedó claro aquella tarde.
 Unas horas después, Paco Suárez volaba de Santiago a Barcelona sin saber si debía admirar a la pluma más importante e influyente que el mundo alabaría en vida, o si lo que sentía no era más que compasión por su tormento, algo que jamás conocería y que apartó a Bouza Vásquez del resto del mundo. Paco sólo volvería tres veces más a Roca Roxa, a recoger otros tantos libros de Juan y a confirmar si sus ingresos debían seguir siendo destinados a la Fundación creada por el escritor a nombre de la Editorial Vallcort y a favor de la lucha contra el sida. No hubo una cuarta vez, sus problemas de corazón no le permitían soportar la caminata junto a Carlos y Rosa, que se habían casado al segundo año de trasladarse allí su amigo Xan.
 Sólo ellos conocían las razones del escritor; fue en la primera Navidad que pasaron como matrimonio. Xan les invitó a que le acompañaran, y ellos no quisieron dejar solo a su amigo en aquella casa, al fin y al cabo, él era como un hermano mayor para el joven matrimonio, y ellos su único nexo permanente con el resto del mundo. La noche transcurrió alegre y bien acompañada de cordero de la tierra. A Xan se le antojó tomar del aguardiente que Carlos subiera a la casa y que él mismo destilaba; ambos sabían que el escritor jamás bebía, pero la noche era especial y brindaron; él acabó la botella. A la mañana siguiente, Xan no recordaba nada, y ellos nunca le dijeron que conocían la razón de su destierro voluntario, porque, aunque de sus bocas jamás saldría palabra alguna sobre aquello, debían respetar su voluntad de mantenerlo en secreto, permitiéndole seguir purgando en solitario el pecado que le impuso tal penitencia.
 Aquella perdida tarde barcelonesa, después de conseguir colarse en el despacho de Paco Suárez y dejar el libro en el cajón, Juan volvió al hospital junto a Paula, su Paula. Ella sonrió al saber que por fin había conseguido que su marido, el hombre al que más amó, hubiera llevado la novela, escrita hacía ya diez años, a una editorial; aunque para lograrlo, Juan hubiera tenido que hacerlo como promesa a una moribunda. Esa misma tarde, antes de ir a hablar con Paco al café, Juan besó los párpados cerrados de su esposa y decidió evitar volver a causar un daño semejante a otro ser humano.
 Juan Bouza Vásquez observa la espigada figura de Cosme avanzando junto a Rosa por el sendero a la sombra de los árboles; y como cada vez que entrega un nuevo libro, escribirá la misma dedicatoria para Paula que comienza cada uno de ellos, y sigue pensando que renunciaría a todas esas dedicatorias, a todos esos libros, por borrar de su vida el día en que borracho de ron, se acostó por siete mil con una tal Vanessa, heroinómana, heterosexual y seropositiva, que le pasó el castigo de seguir viviendo con un virus que no quiere acabar con él pero que se llevó a la persona más maravillosa de la tierra, a su Paula, el único ser que podría vivir en Roca Roxa y eclipsar la belleza de aquel lugar.
 
 

ACCÉSIT RELATO CORTO
Título: "EL SOL APAGADO"
José Ignacio Serrano Navarro

 Cansado y decepcionado de buscar la Verdad Absoluta, desilusionados por los resultados obtenidos en la persecución de la Gran Receta, y sobre todo hastiado del inmovilismo al que aquella situación me confiaba, decidí probar pequeñas recetas que, al menos, me permitiesen pasar de la expectación exclusiva (hay que tener en cuenta que en la nueva probatura seguiría habiendo expectación) al umbral mínimo de acción que exige una existencia medio digna. No quiero decir que hasta ahora mi vida hubiera estado parada por completo, pero su dinámica no respondía a plan alguno. Se trataba de espasmos eléctricos, de impulsos reflejos productos de estímulos determinados. No me resignaba a la idea de que mi paso por este confuso mundo consistiera sólo en un caminar asimétrico, espasmódico, incontrolado, sin ningún estilo que lo embelleciera y le diera cierto atractivo y carácter, ni aunque en esto precisamente consistiera la Única Gran Receta. Empecé así a poner en práctica diversos métodos globales. Al comienzo, los principios sobre los que construía mi modo de actuar pretendían codearse con los grandes mastodontes morales e ideales que habían informado el hacer de la Humanidad desde muy antiguo. Eran pesados, y cuanto más básicos y ambiciosos menos facilitaban el dinamismo deseado. No obstante, ya sólo el responder bajo un marco de referencia cualquiera, el fijar unas coordenadas más o menos precisas en el mapa de mi vida, reportaba seguridad, tranquilidad, asiento, un poco de asco y tristeza, eso sí, pues nunca podía desmarcarme por completo de la sensación de superficialidad y artificio que a ello acompañaba, pero se podía soportar, y en definitiva el balance era rentable. Fijaba un centro y ese era ya intocable. Unas veces era Dios el que lo ocupaba, otras era la Justicia, la Libertad, incluso en ocasiones, ambas simultáneamente, aunque no tardé mucho en darme cuenta que no era buena táctica la del multicentro si quería obtener el preciado fin. A partir de él, emanaba cual agua de una fuente sagrada toda una doctrina moral que, poco a poco, como un potente virus iba tomando las riendas de mi organismo, a la vez que desterraba del Poder al anterior Emperador vírico. Esto no resultaba un proceso fácil para mí, como pueden comprender. El intervalo que discurría entre la veneración a un principio y el fanatismo por otro, era regado con vómitos y náuseas y diarreas y alcohol, sobre todo mucho alcohol. Pero cuando ya se había controlado toda manifestación subversiva y las aguas volvían tranquilas a un cauce, yo me movía como pez dentro de un coralino mar.

Recuerdo la época en la que, después de un doloroso proceso de purgas, conseguí por fin creer en Dios apasionada y ciegamente. No tenía miedo a la muerte, ni a ninguna consecuencia legal que me acarrease mi actitud, no tenía miedo en verdad a nada. Discutía con fe y con entereza. Pensaba pobres, desconsolados y equivocados ateos, y sentía compasión por ellos. Iba a misa y leía todas las tardes el salmo que me ordenara el sacerdote, daba limosna a los necesitados y no dudaba, sobre todo eso, nunca dudaba. Cualquier cuestión que se me planteara era solucionada con presteza, con estilo y con soltura. Pertenecía a la iglesia de los Testigos de Jehová, pues me parecía aún más radical que la católica ortodoxa en la que me había bandeado de pequeño. El  movimiento era increíblemente rápido. Me acordaba de aquel yo dubitativo, miedoso, apagado, incapaz de resolver la más mínima contradicción y me reía compasivamente de él. Igualito que ahora pensaba. Un día, de los muchos que nutrieron aquel período de felicidad hiperreligiosa, me plantearon una panda de médicos ateos la posibilidad de que mi hijo pudiera necesitar, urgentemente, una transfusión de sangre si se le quería salvar del asedio al que una leucemia lo sometía. Rápida, explosivamente diría yo contesté a la herejía. Recuerdo  mis palabras: Si mi hijo tiene que morir es porque Dios así lo quiere. Días después, Dios así lo quiso, por lo menos así lo pensaba por entonces que es lo que importa. Me entristecí, no vayan a creer ustedes, pero estaba convencido que había actuado como debía y eso me fortalecía e incluso me producía complacencia. Tengo que decir, no obstante, que en algo afectó en mis convicciones la muerte de  mi hijo. Fue bastante después del suceso. No pude aceptarlo eso es todo. Fui poco a poco renegando de Dios, y conforme evolucionaba mi renuncia aumentaba el caudal de vómitos y sangre, esa vez hubo sangre, me corté las venas.

...Pero, al final del túnel, la Justicia. Llegó galopante como un Cid a lomos de Babieca y derrotó al dios infame que había estado usurpando el trono desde donde se gobernaba mi Imperio. ¡ Ah, que alivio sentí !, de nuevo seguridad. Debo reconocer que este nuevo emperador no era tan firme como el otro. Aunque me dotaba inequívocamente de un gran estilo, no imprimía gran velocidad a mis acciones, que a veces se hacían un pelín agarrotadas. Pero ni comparación con el período de vacío de antaño, entonces no había ni velocidad, ni estilo, ni nada. Me hice rápidamente miembro del partido comunista y seguía dando limosna a los pobres, aprendí con urgencia toda la simbología de los justos: el Ché, la Internacional, las doctrinas marxistas, el color rojo... Participaba en manifestaciones gritando, vena en cuello, las proclamas que el camarada jefe me ordenaba. Discutía prepotente a los partidarios del capital y sentía compasión por los desprotegidos creyentes, pensaba que eran corderitos a los que el capitalismo eclesiástico mantenían drogados a base de opio divino. Me encantaba escupirle esta última frase a la cara de los derechones. Me alisté en una organización clandestina que luchaba por restablecer y mantener la igualdad a toda costa. La organización evolucionaba y yo con ella a posturas más radicales. Sus métodos eran violentos, pero es que no había otra forma de restablecer y mantener la igualdad. Extorsionábamos, secuestrábamos, en fin ya saben. Era peligroso pero me movía, ¡ vaya que si me movía !, ¡ me bebía la vida a sorbos! ¡ vivía ! Me acordaba de los consejos que la gente me daba en aquellos tiempos en los que sólo respiraba indecisión. Me decían ¡ Vive !, La vida es para vivirla, y también, no pienses tanto, no te comas el coco, actúa más. Hubiera dado un  brazo por echármelos a la cara en medio de algún atentado u otra argucia de las que utilizábamos para preservar la causa... Una noche me encontré a una de esas personas. Estaba cenando mientras veía las noticias en la televisión, retransmitían en diferido el revuelo que habíamos formado en un supermercado. Aún recuerdo exactamente las palabras del presentador: - el resultado de la explosión arroja, de momento, tres víctimas mortales; una dependienta del establecimiento de 25 años, Mª Carmen Louza Díaz, - conforme el locutor decía los nombres de los afectados sus rostros iban apareciendo en la pantalla, - y dos personas que en aquel instante fatídico estaban realizando sus compras, Antonio Vieira Arturo, de 65 años y Alicia Vera Urbe de 27...-, fue entonces cuando lo vi. Era el rostro de una de esas personas que tanto deseaba echarme a la cara. Correspondía al de una novia que había tenido hacía ya años, antes de que andara construyéndome doctrinas para el movimiento. La había querido mucho y aún la quería. Se me saltó una lágrima, pero en el fondo sabía que tenía que ser así. A ellas la catalogué como una mártir caída en la justa lucha por el restablecimiento y mantenimiento de la igualdad, y también me califiqué yo de esa manera, al fin y al cabo yo también sufrí.

Se habrán ya imaginado que tampoco pudieron mis convicciones superar este duro trance, ¿era justo que hubiera muerto Alicia? ¿ qué causa era esa que comía vidas humanas? ¿quién era yo para decidir qué era qué no era justo? En fin ya saben, el emperador comenzaba a dar señales de clara decadencia; ya advertí que éste no era tan firme como el primero. La justicia como dogma necesita de algo de interpretación humana. Ante un evento siempre hay que decidir si se trata de un acto justo o no, incluso a veces es necesario replantearse la definición de Justicia, no mucho claro. Dios era distinto, ahí si que no tienes que tener en cuenta nada, actúas por ley divina y punto, todo está escrito.

Vómitos y terribles jaquecas, - esa vez no hubo sangre-, dieron paso al tercer rey moral, a tercer pilar a partir del cual se erigiría impetuoso mi destino, un nuevo escultor que cincelaría con su peculiar estilo mi pétrea voluntad, virgen, de nuevo, para él. Se trataba ahora de la Libertad, y tras ella hubo muchos más principios que se sucedían unos a otros mediante guerras de conquista, y algunas de reconquista, que producían tremendas convulsiones fisiológicas en el campo de batalla. La tendencia sucesoria fue siempre la de la simplificación, doctrinas cada vez más simples que permitían una mayor operatividad.

En la actualidad, la moral que sigo es muy sencilla: Leo. Leo mucho, e interpreto las señales que la lectura me ofrece para circular por este difuso mundo. Sí, es un mandato sujeto también a interpretaciones, pero después de una dilatada experiencia como constructor de doctrinas personales, he llegado a la conclusión que la única autónoma, independiente del concurso subjetivo, es la que emana de Dios, y esa ya me costó un hijo. Así que ahora es el turno de la lectura, ¿ no me negarán que por lo menos es original? Y además resulta, te mueves con ella, te mueves, ¡ bueno que si te mueves !, todavía tengo reciente en la memoria la rapidez con que resolví un dilema considerablemente conflictivo que se me presentó. Fue hace justo un año. Estaba todavía casado con mi difunta esposa, ¡ que en paz descanse ! Volvía de la oficina, cansado, ya de noche, a eso de las 8:00 ó 9:00, era invierno. Era la primera vez en mucho tiempo que faltaba a la cita con la relajante partida de mús que echábamos en la peña a la salida del trabajo, y me disponía a abrir la puerta de mi casa. Estaba cacheándome en búsqueda de la maldita llave cuando comenzó a llegarme, desde el otro lado de la puerta, un hilo de ruidos y gemidos que se iban haciendo cada vez más apreciables, tanto que no me quedaron dudas de que provenían de lo más hondo de mi mujer. Comprendí en seguida lo que sucedía. Los sentimientos típicos de estos casos empezaron a apoderarse de mi alma: tristeza, furia, tristeza, odio... No abrí, me encaminé a la calle y de allí a un bar cercano, no el que solía ir diariamente, allí conocía gente, y lo último que quería ver en esos momentos era una cara conocida. Necesitaba reflexionar, tomar una decisión. Reconozco que me costó trabajo calmarme y pensar en frío, dentro del contexto doctrinal y estilístico en el que se encontraba mi voluntad, pero al fin respiré hondo, me tranquilicé y entonces pensé, o más bien interpreté: bien...,- me dije-, ¿ qué estoy leyendo ahora?, comencemos por ahí. ¡Gullilver!, eso es... aunque no...Gullilver no me va a servir para esta situación. Y antes...a ver, a ver que recuerde. Era un clásico... si, - me había dado por ahí a raíz de la reposición del Edipo de Sófocles que fui a ver con esa pécora – pero ¿cuál fue?- me seguía interrogando - ...no era de Sófocles..., era de ¡Eurípides! ¿o no?…sí seguro, de Eurípides, ya recuerdo la trama, me va a venir que ni pintada para decidirme…¿cómo se llamaba la obra?…, era una tragedia… ya está, ya me acuerdo, era ¡Medea!.
 
 
 

<< Si el Sol dudase se apagaría>> (William Blake)
ACCÉSIT RELATO CORTO
Título: "EL VIAJE JAMÁS DESEADO"
Pilar Castro Virlán

La trémula llama de mi lucerna está seduciéndome, cálida y provocadora, fulgente, embriagadora. Juega con mis recuerdos, par que os dé a conocer uno de los episodios más turbadores vividos por este marchito corazón.

Puerto de partida, Alejandría. Puerto de destino, Gades. La razón de tan largo y marino periplo ya os la iré descubriendo. Ni yo mismo, aún siendo capitán de la nave Melqart, conocía los motivos que me llevaban al fin del Orbe.

Las únicas explicaciones recibidas: "Has de llegar a Gades antes del comienzo de la clausura marina. Evita o haz frente, si fuera necesario, a la piratería que llegarás a encontrar. Bajo tu responsabilidad están piezas de incalculable valor que debe recibir, inmaculadas, un influyente prócer gaditano".

Con estas ignotas y escuetas premisas y el sofocante sopor del estío egipcio por única despedida, emprendimos el vieje por Nuestro Mar.
El hermetismo que envolvió nuestra partida, no llegó a ser impedimento suficiente para conocer, ni un ápice, el infantil nerviosismo que se apoderaba de mi tan sólo al escuchar su nombre, Gades. Mis atávicos instintos hacían resonar su voz, incesantemente, en lo más profundo de mi alma y mi mente; ¡Gades, Gades, Gades!.

La placidez vestida de azul y plata acabó al abocar por las Columnas de Hércules. Tras ellas, perlongando con un tenue, aunque impelente levante otoñal, fueron quedando atrás los piadosos y flamígeros santuarios de Carteia, Mellaria, Baelo, Baesippo y Merqablum. Después nos esperaba, como una madre melancólica, la perenne y mítica majestad de la Casa de Nuestro dios, el divino Hércules.

Asomado al brocal de la nave contemplé, maravillado, su incólume figura. Volátiles mantos de acogesora blancura envolvían, aquella mañana, su estela de gloria e historia. Ni tan siquera el aire salino había sido capaz de ajar, a sus vetustos sillares, su colosal y primigenio aspecto.

Embriagado por su turbadora presencia, una devota oración escapó de mis labios impulsada por el soplo emotivo de mi alma; hacia ti me dirijo, hercúleo padre, para libar en tu honor. Hacia ti me encamino, Señor de Gades, para invocar tu sagrada mediación; que Neptuno nos conduzca, por plácidas aguas, hacia nuestro destino final.

Junto a las añosas piedras del pequeño fondeadero un adusto sacerdote parecía esperarnos. Daba la impresión que se impacientaran por ver nuestro parasemo entre sus aguas.

Con inusitada sorpresa, mis ojos fueron descubriendo el rostro que ocultaba su amplia capucha. Dubitativo, una marejada de interrogantes anegaron mis recuerdos; ¿era un fantasmal espectro o era mi amigo al que yo me acercaba?. Si era él, ¿qué quedaba en su cuerpo del vigoroso Tribuno con el cual había compartido innúmeras campañas?. Si era él, ¿dónde estaba aquel semblante de sempiterna felicidad?. Su mohíno aspecto, cuya causa era ajena e incomprensible para mi, me hacía dudar aún más de la verdadera identidad del escuálido personaje.

Presa del estupor y la humedad de mis ojos, le interrogué; ¿eres tú mi querido amigo Aulo con el cual compartí los años más felices de mi vida?, ¿eres tú, escudriñé, el Tribuno Aulo Plocio junto al cual me hice hombre dando mayor gloria al Imperio?.

- Soy el mismo, mi buen amigo - me respondió, lánguidamente-. La ingrata y despiadada vida se ha cebado con mi corazón. Pero no debes apenarte ni atormentar tus recuerdos, pues ellos son serenos para ti. No me hagas preguntas. Guarda esta carta y no la abras hasta que hallas conocido al destinatario de tu celosa mercancía. Entonces léela y comprenderás, llegado el momento, cuán partícipe y principal serás en la longeva historia de nuestra ciudad.

Será mejor que, una vez hechas vuestras ofrendas y plegarias a Hércules, os quedéis a pernoctar aquí. Los dioses son juguetones en eta época del año y no me gustaría que os sorprendiera un feroz temporal.

Con la aurora, y acompañados por mi macilento amigo, partimos rumbo a la cercana gades. Apenas dieciocho millas nos separaban ya del ansiado destino. La sangre hervía por mis venas, provocando la ebullición en mi corazón. Los recuerdos vivificaban mi mente; raudamente, incesantes, pueriles, volátiles, salpicantes como las costeras y argentadas olas. Prólogo irrefutable a la beldad que se escondía tras los cercanos acantilados.

A bordo de nuestra nave, toda la tripulación compartía el idéntico anhelo de alcanzar, a la mayor brevedad, el bolardo del puerto fenicio. Hasta que finalmente, felizmente, llegó el deseado momento. La soñada escena. El archivo más celosamente guardado de mi anaquel. ¡Gades acepta mi pacífico arribo!, suspiró mi alma. Ni el más bucéfalo de los marineros hubiera escapado a tan magnética estampa hecha ciudad.

El estruendoso golpe de la aldaba avisando a los más aletargados tripulantes, me devolvió al mundo de los mortales. Con ávidos y lúbricos ojos los circunnavegantes mercenarios comenzaron a bajar de la nave. Soñaban, libidinosos y delectantes, con las danzarinas gaditanas, el garum, el dulce vino de la Bética y tantos placeres más. Los más eruditos y epicúreos viajeros, sin desdeñar esas banalidades, se mostraban ansiosos por conocer los afamados y elegantes templos de Gades: Venus Marina, Minerva y Saturno, así como sus otras innúmeras y prodigiosas construcciones y diversiones. En absoluto ajeno a sus deseos, aunque consecuente con mis obligaciones, me dispuse presto a ser conducido por mi amigo Aulo hacia la casa de la familia Bebia.
Allí nos esperaban los representantes de los colegios de la ciudad así como los más distinguidos decuriones del Consejo Local.

- Saulio - me espetó mi acompañante con gélida cortesía- se en todo momento respetuoso con quienes te han de recibir. No podré responder por ti si te muestras displicente ante ellos. Te presentaré al Edil Publio Bebio, a él habrás de entregar la mercancía que te ha traido hasta aquí. Después nos despediremos por última vez. No te enojes conmigo. Lee mi carta. Algún día lo comprenderás.

Con el frío protocolo de una indeseada visita, fui recibido como embajador de una desgraciada y póstuma misiva. Jamás olvidaré quel atrio repleto de mustias flores y plañideros lamentos. Jamás podré olvidar aquellos dolientes rostros que tan respetuosamente me acogieron y tan diplomáticamente me despidieron. Pero por encima de todo, como si de una incólume y pétrea diosa se tratara, jamás olvidaré aquel hermoso rostro, aquella delicada y adolescente figura envuelta por un delicado e inmaculado lino. Su cara, inundada de muerte parecía irradiar vida. Ni el póstumo aliento había logrado borrar la serenidad que transmitía su mirada. Entonces lloré desconsolado por no haberte conocido. Junto a ella comprendí a mi amigo. ¿Era aquella la "alegre Gades" de la que hablaba Estrabón?, ¿eran aquellos los joviales y abiertos paisanos que hace años me vieron nacer?. En su rostro, en sus ojos y en la carta de mi amigo encontré la respuesta a mis preguntas.

"Mi querido amigo Saulio, así comenzaba su carta el inolvidable Aulo. Como imagino que tu mente se estará debatiendo entre la confusión y el enojo. Y a sabiendas que tu estancia en la Casa  Bebia más que aclarar tus dudas las acrecentará. Creo necesario darte la más detallada y concisa explicación, en el deseo que el rencor no sea, finalmente, vencedor en tu mente. Pongo en ti mi confianza que no harás publicas estas confesiones. La ciudad, alicaída ante tan infortunado golpe, no desea que la razón de su dolor sea conocida más allá de sus murallas.

Querido saulio, las diminutas, incomparables y hermosísimas joyas de cristal de roca que entregaste al Edil Publio Bebio Hermes, no son objetos de arrogante exposición para mostrar a quienes nos visiten. Tampoco están destinadas a incrementar la riqueza material de alguna potentada matrona. ¡No!. Ellas tienen más triste aunque honroso destino. Llegaron para formar parte del ajuar funerario de la criatura más querida y, posiblemente, más llorada de la ciudad; Gades, su nombre, como la ciudad que le vió nacer; Gades, su nombre, en honor a la ciudad que la vio crecer. La hija del Edil Publio Bebio, la niña de Gades, la hija de todos que con tan sólo quince años nos dejó. Sí nos dejó Saulio y con ella se apagó el último e imperceptible destello que aún le quedaba a mi corazón.

Se nos fue la alegría de nuestras calles. Se marchó, y con ella la vivacidad de sus inocentes ojos. Al morir ella a muerto un poco de todos nosotros. Nos dejó y por más esperado que fuera el trágico momento, no lo conseguimos asimilar. Escudriñamos por todos los rincones del Imperio, en busca de la razón y el origen del mal que la consumía. Pero no hubo mente preclara, sabia, indtruida y afamada que hallara la panacea a su misteriosa enfermedad.

Por ello, la ciudad entera le quiso rendir un último tributo. Por eso, tantos te esperaban en la desconsolada casa. Todos la querían como algo suyo y todos hicieron posible que tan rico ajuar la acompañe al más largo de los viajes.

Cada una de las irrepetibles piezas que, finalmente, pudieron tus ojos contemplar, representa un año de su vida, sinónimo de felicidad para Gades.

Que tus hombres no busquen el baile de las thymelidas. Que tus mercenarios no anden olfateando, de un lado a otro de la ciudad, en busca del preciado Garum. Que no busquen espectáculos teatrales, ni circences ni de gladiadores. Que no lo hagan. Que así lo sepan. Pues Gades, toda, se vistió de luto y de la diversión se olvidó.

Ahora comprenderás la actitud de tus paisanos y si eres de noble corazón sabrás perdonarlos. Si debes maldecir u odiar a alguien o algo, que sea a la diosa Fortuna. Ella se olvidó de nosotros y jamás la perdonaré.

Por mi parte, aunque te extrañe, me despido de ti por última vez. No tengo nada contra ti. Puedes estar tranquilo. Ella alumbró mi cegado corazón. Sin ella todo se ha oscurecido para mí. Desde este día viviré en el más profundo silecio, en la soledad de mis recuerdos, a la espera que el barquero venga a recogerme para llevarme a su lado.

Hasta siempre, mi querido amigo.”

AULO PLOCIO NUMICIO EN EL TRIGESIMO AÑO DE GOBIERNO DE NUESTRO PRINCIPE.

AUGUSTA URBS JULIA GADITANA.

La escuela de la vida me ha enseñado cuan frágil es nuestra existencia sostenida por el fino hilo de una corruptible madeja.

Hoy después de tantos años, y mientras la luz de mi lucerna se va consumiendo, lentamente, como los recuerdos en mi memoria, no les culpo a ellos por su fría despedida, culpo al destino que fue injusto y despiadado con nosotros.

Saulio Cornelio Gaditanus.

 

Este breve y modesto relato desea ser un sincero homenaje a los arqueólogos que descubrieron el tesoro de la calle Escalzo (Barrio de San José. Cádiz). Este tesoro y la niña para la que fue concebido, debieran hacernos comprender que nuestra Historia no es impedimento para nuestro progreso sino más bien un importante acicate para impulsar el turismo, uno de los pocos caminos a la esperanza de renacer que aún nos quedan por tomar.

Saulio Cornelio Gaditano. 4 de Noviembre de 1997

 


PRIMER PREMIO CÓMIC
Título: JOVEN Y REVERDE
Antonio Palacios Romero