DOSSIER (puedes bajar el dossier del espectáculo en formato PDF)
“Estoy
haciendo algo nuevo, distinto a mis obras anteriores. Ahora escribo teatro
para muñecos. Es algo que he creado y que titulo Esperpentos. Este
teatro no es representable para actores, sino para muñecos, a la
manera del teatro “di Piccoli” en Italia. De este género he publicado
Luces de Bohemia, que apareció en la revista “España”, y
Los Cuernos de Don Friolera, que se publicó en “La Pluma”.
Manifestaciones del autor al periodista Salvador Bueno, a finales de 1921,
recogidas por D. Dougherty, Un Valle Inclán olvidado: entrevistas
y conferencias, Madrid, Fundamentos, 1982.
Muchas y muy variadas son las interpretaciones que se hacen, se han hecho
y se harán del esperpento valleinclanesco. Realizar una reseña
exhaustiva de todas ellas podría ocuparnos más páginas
de las que aquí disponemos. Sin embargo, un denominador común
extraemos de las que nosotros hemos podido estudiar: la deformación
grotesca de la realidad que propugna el Esperpento sólo se puede
realizar mediante muñecos. La realidad pasada por el tamiz de la
interpretación que de ella puedan hacer los muñecos sufre
ese proceso de transformación que Valle quería, y que Max
Estrella definía como la imagen de los héroes trágicos
reflejados en los espejos del Callejón del Gato.
Ninguno
de los Esperpentos de Valle refleja la esencia de este género por
él creado, como “Los Cuernos de Don Friolera”. Lo hemos visto representado
en varias ocasiones con la supresión del Prólogo y el Epílogo.
No cuestionamos la validez de esa interpretación, ya que el Esperpento
es el cuerpo central del texto, pero son tan significativos y tan clarificadores
sobre lo que Don Ramón pretendía conseguir con el nuevo género
que, en nuestra versión, hemos preferido mantenerlas dentro del
cuerpo del espectáculo, máxime aún cuando, al presentar
la misma historia contada de tres formas distintas, queda aún más
explícito el Esperpento.
Si el compadre Fidel con sus muñecos traslada el nivel de interpretación
a la farsa más bufa, el Ciego de los Romances la sumerge en un mundo
“hiperbólico, truculento y sanguinario”. “Sólo nos pueden
salvar los muñecos del compadre Fidel”, dice D. Estrafalario en
el Prólogo (aunque también podríamos llamarlo D. Esperpento,
o, incluso, D. Ramón), y Valle Inclán no lo discute: toma
a los muñecos, los dota de categoría de personajes y los
hace vivir la tremenda historia del militar cornudo. Y ellos se emplean
en la labor con entrega absoluta. Pero sucede que la tragedia, interpretada
por muñecos (que podrán ser personajes de tragedia, pero
nunca renunciarán a su propia identidad), se convierte en algo risible,
grotesco y fachoso. Ésta, y no otra, es la intención del
autor. Y entonces es cuando nos damos cuenta de que la tragedia, contada
así, se convierte en más trágica, más espeluznante:
ha sido llevada al límite. Nada puede ser peor para los héroes
trágicos que se rían de su tragedia. Y cuando nosotros, espectadores,
tomamos conciencia del alcance de nuestras risas es cuando se nos presenta
sorpresiva y brutalmente la realidad que el autor quería contarnos,
y que nosotros, humildemente, pretendemos transmitir.
CARAMBA
TEATRO
La grandeza del esperpento como concepción estética es su
tremenda asequibilidad. Me explico: el concepto de esperpento parece ser
perfectamente entendido por todo el mundo, de tal forma que llega a ser
un término largamente utilizado a niveles puramente coloquiales,
llegando a aplicarse a cualquier concepto, -un hecho puede ser esperpéntico,
al igual que un objeto, una persona, una comida, o incluso un partido de
fútbol-. Y no parece que, en ningún caso, se aleje demasiado
la utilización del término de la intención que originariamente
Valle-Inclán pretendía darle. El significado de grotesco
(pelele, garabato, fantoche) es perfectamente asimilable a cualquiera de
las expresiones arriba relacionadas. En realidad, siempre que a algo o
a alguien se le pretenda definir fuera de su contexto original, pero sin
perder su esencia, estaremos hablando de esperpento. Entendámonos:
si decimos que un hombre determinado es esperpéntico o es un esperpento
no le estamos considerando éticamente, sino estéticamente.
Lo estamos cargando contextualmente de nuevos giros expresivos hasta hacerlo
parecer otra cosa, pero sin dejar de ser lo que es.
Estamos
hablando, por tanto, de una concepción plástica, pictórica;
de una reversión, sin atender para nada a los contenidos, que, sin
embargo, merced a la asombrosa pirueta del autor, se nos presentan absolutamente
descarnados en su realidad. Es decir, una concepción también
plagada de intenciones.
Todo
esto para el espectador resulta obvio. No hay que explicar nada. Lo esperpéntico
está tan arraigado en nuestra tradición que es perfectamente
asumido por todos. Sin embargo, lo evidente cae por su propio peso cuando
hay que enfrentarse a la puesta en escena de los textos de Valle-Inclán,
que supo recoger todos los códigos que, aisladamente, se nos han
venido dando a lo largo de nuestra historia, sistematizarlos y darles nombre
como género literario. Lo que sucede es que el trabajo de creación
que Don Ramón realizó a partir de este sistema es tan impresionante
que llega hasta nosotros como pura estética. Es por ello que habrá
que realizar un trabajo de búsqueda de signos expresivos que nos
permitan acercarnos al esperpento.
El
camino recorrido en su búsqueda nos ha llevado al resultado que
presentamos hoy. Está repleto de dudas y tropiezos, pero, al final
y en definitiva, la satisfacción de haber podido llevar a cabo este
trabajo ha merecido la pena.
Eduardo Valiente